Todo era mejor antes de ti, Hannah Baker

Por ANDRÉS TAPIA

Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No ajustes el… cualesquier que sea el aparato en el que escuchas esto. Soy yo, en vivo y en estéreo. Debes saber que no haré una gira del regreso, tampoco bises y en esta ocasión no habrá complacencias. Ve por un bocadillo, ponte cómodo… porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. O, siendo más precisa, las razones de por qué terminó mi vida. Y si estás escuchando este casete es porque tú eres una de esas razones.

Clay Jensen, el amor platónico y adolescente de Hannah Baker en la serie de televisión 13 Reasons Why que produce Netflix, frunció el ceño apenas escuchar las primeras cinco palabras de las líneas anteriores. Yo también lo hice, en ese preciso momento, pero también unos días antes, cuando recibí una llamada nocturna e histérica de mi amigo Gerardo Lammers.

“Andrés, ¿cómo estás? Quiero pedirte algo, ¿tienes una grabadora de casetes que me prestes?”. Estaba a punto de responderle cuando tres pensamientos vueltos ráfagas cruzaron por mi cabeza. El primero fue casi violento: “¿Estás loco? No me digas que aún usas esas cosas”. El segundo, que casi verbalicé, resultó incompleto: “No, no tengo una…” El tercero y último me hizo guardar silencio y volver al pasado: “¿Dónde está mi grabadora de casetes? Yo tenía una y estoy seguro de que no me deshice voluntariamente de ella”.

Reportero y periodista old-fashioned –utilizo esta expresión en su versión más romántica y no en la que hoy sin duda esgrime un filo peyorativo–, Gerardo transcribía una entrevista grabada en un casete y repentinamente la cinta se atascó entre los rodillos y la cabeza magnética. Al intentar extraerla, dañó el mecanismo de reproducción de la grabadora. Arreglarla era posible, pero no de manera inmediata. Y ya se sabe que los tiempos y las certezas del periodismo no admiten dilaciones, mucho menos en la era de Internet.

En una canción que formó parte del soundtrack de la película Alfie y en la que no lo acompañaron el resto de los Stones, Mick Jagger cantaba cursi e irremediablemente: “Old Habits Die Hard”.

Habitante de tiempos idos y arcaicos en los que la trashumancia era una costumbre mal vista, Gerardo se aferró a la posesión y uso de un artefacto que fue inventado a finales de la década de 1970 y comercializado en los primeros años de la de 1980. Un artefacto que en su momento fue un milagro –al grado que devendría en animal mitológico– en torno al cual se desarrolló un culto fanático e insano. Hasta que, un día, como suele ocurrir con los seres fantásticos, se extinguió.

Fui miembro gregario de ese culto. Uno de los más radicales e irascibles cuando los hábitos de nuestra cofradía eran cuestionados acremente por los insolentes, decididos y sorprendentes avances de la modernidad. Es sólo que, un día, sin un porqué y sin renegar de mi pertenencia, me despojé de los hábitos y me marché.

Los lobos aúllan para encontrar a sus pares. La noche que Gerardo me llamó lo hizo abrazando la certeza absoluta de que yo formaba parte de esa manada que por las noches se reunía en torno a la hoguera impredecible de la nostalgia. Tenía razón.

Como si fueran cucarachas, tengo decenas de casetes esparcidos en toda mi casa, evidencia irrefutable de mi paso por la cofradía de la nostalgia. Están repletos de entrevistas, charlas de bohemia y canciones en secuencia. Tengo también un minicomponente de la marca Kenwood, que ostenta un imposible panel revolvente, con capacidad para grabar y reproducir cintas y CD’s. Y en mi memoria, también, una grabadora Sony de reportero, desposada con un micrófono Lavalier, cuya calidad de grabación y reproducción rivaliza con los bits del imperio sátrapa de la tecnología digital.

Infortunadamente, no he podido encontrar esta última.

A la coincidencia de la llamada de mi amigo Gerardo Lammers y la historia de Hannah Baker que proyecta Netflix estos días, debo sumar una nueva tendencia que también respira el oxígeno de la nostalgia y que, para fortuna de la alicaída industria musical, supone una nueva área de oportunidad.

El año 2016, las ventas de casetes en los Estados Unidos crecieron 74% (129,000 copias vendidas) en relación al año anterior (74,000 unidades), cifras que forman parte del informe anual de Nielsen Music. Esto, por supuesto, antes de que Hannah Baker decidiese grabar en siete cintas Maxell de 60 minutos las 13 razones de su muerte.

Gerardo Lammers, un reportero clásico en el más egregio de los sentidos, experimentó la muerte del Pegaso con el que solía observar al mundo mientras cabalgaba (¿volaba?) en él. Entonces me llamó para preguntar –como el vecino que le pregunta al vecino si tiene una podadora– si yo tenía un Pegaso similar al suyo y si podía prestárselo para volar una vez más por encima del Mundo.

En la serie 13 Reasons Why, Anthony, un amigo común de Hannah Baker y Clay Jensen, pregunta a éste si le gustaría escuchar un casete. Casi indiferente, Clay responde que sí, pero objeta: “¿Aún usas esas cosas viejas?”. Anthony replica: “Son mucho mejores”.

La respuesta de Clay Jensen es críptica, simple, pero acaso honra a Gerardo Lammers y a todos los periodistas old-fashioned: “Todo era mejor antes”.

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