Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: CORTESÍA ACT MEDIA
En algún momento del año 1987, el cantautor Jaime López descubrió que detrás del Palacio Nacional de México había una calle llamada “Soledad”. Pese a que la vía carecía de historia y alcurnia, López decidió que en ese sitio podía tener lugar una andanza urbano-distópica y compuso una canción llamada “La 1ª calle de la Soledad” que obsequió a Cecilia Toussaint.
Eran aquellos tiempos revolucionarios en todo el mundo y una de las maneras de hacerte notar consistía en irrumpir en las calles y convertirlas en un escenario. U2, la banda irlandesa de rock, lo tenía muy claro y decidió ofrecer un mini-concierto en el centro de Los Ángeles para promocionar The Joshua Tree, su quinto álbum de estudio y el que a la postre los convirtió en estrellas mundiales.
El lugar elegido fue la azotea de una tienda de licores situada en el cruce de East 7th Street y South Main Street; la fecha, 27 de marzo de 1987.
A eso de las 15:30 horas, una multitud cifrada en alrededor de 1,000 personas se arremolinó en torno a esas coordenadas y repentinamente la voz de Bono, la guitarra de The Edge, el bajo de Adam Clayton y la batería de Larry Mullen Jr. comenzaron a tocar furiosamente “Where the Streets Have No Name”, el tercer sencillo del disco que es considerado, según la revista Rolling Stone, el número 27 entre los mejores álbumes de la historia del rock.
Excepto por el hecho de descubrir en la cartografía del centro de la Ciudad de México una vialidad cuyo nombre estaba emparentado con la poesía, “La 1ª calle de la Soledad” de López y Toussaint pasó sin pena ni gloria. No ocurrió así con “Where the Streets Have No Name”.
Inspirada en torno a una historia que Bono escuchó acerca de Belfast, la capital de Irlanda del Norte, en donde la religión de una persona y su ingreso podían determinar en qué barrio vivía, la canción se convirtió en un ícono de la discografía de la banda y en un himno de la música popular.
Aquel concierto en el centro de Los Ángeles, cuyo propósito ulterior era grabar el videoclip de la melodía al tiempo de cometer un delito blando y enfatizar el carácter contestatario del rock, fue interrumpido por la policía de la ciudad sin que se registraran arrestos.
Transcurridos 39 años de aquello, U2 ha querido levantar polvos de aquellos lodos. El sitio elegido es la cierta pero improbable Ciudad de México, con precisión una calle que sí tiene nombre: República de Brasil, una vía que curiosamente se localiza a menos de un kilómetro del sitio que Jaime López inmortalizó sin inmortalizar.
Se dice que en política no hay coincidencias. De la música podría enunciarse algo similar. Curvando los sesenta, todavía con el porte juvenil de aquella década en la que se volvieron dioses, si bien ciertamente maltrechos, Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr se apersonaron con los modos de un mito urbano en las postrimerías del Templo Mayor de Tenochtitlan para grabar el videoclip de “La Calle de los Sueños” («Street of Dreams”), canción que pertenece al que será su próximo álbum de estudio.
En tiempos como estos en los que lo “disruptivo” suele originarse en la plataforma de Tik-Tok, en la cabeza de Bad Bunny o en los pasillos y camarotes de un crucero que navega por los polos, es de bien nacidos agradecer un evento no programado en la agenda. Que el rock irrumpa de nuevo en las calles –y más en las calles de la Ciudad de México donde la música de banda y el reggaetón forman parte de la narrativa urbana– tendría que ser un acontecimiento memorable e inolvidable.
Pero –siempre hay uno– aquí hay gato encerrado. En uno de los momentos más álgidos de su carrera como activista, Paul Hewson, “Bono”, consiguió plantarle cara a Paul Martin, Tony Blair, George Bush, Silvio Berlusconi, Jacques Chirac, Vladimir Putin, Gerhard Schröder y Junichiro Koizumi, dirigentes del llamado G8 que se reunieron en el resort de Gleneagles, Escocia, el verano de 2005.
“U2 no juega golf”, declaró el cantante, a propósito de una promesa hecha en la juventud y también del sitio en el que los líderes del mundo se reunieron en aquella ocasión para debatir en torno al cambio climático y la falta de desarrollo económico en África.
Han pasado 21 años de aquello y “La Calle de los Sueños” suena más al último sencillo de Karol G que a la revolución que alguna vez protagonizaron cuatro chicos de Irlanda. Eso si hablamos estrictamente de música. De lo que ocurre alrededor (la banda fotografiándose con la jefa de gobierno de la Ciudad de México y Bono besándola), mejor no decir nada.
En la imaginación de Bono, ahí donde las calles no tienen nombre hay una que sí: “La Calle de los Sueños”, la cual está situada en el Centro Histórico de la Ciudad de México, muy cerca del Templo Mayor, de la Catedral Metropolitana, del Zócalo y de Palacio Nacional, atrás del cual se localiza la que Jaime López denominó “La 1ª calle de la Soledad”.
En una de sus canciones más energéticas, populares y odiosamente brillantes a pesar de sus tintes pop, U2 y Bono recrean la experiencia de alguien que está en un club nocturno y la está pasando genial sin darse cuenta de la decadencia que tiene lugar a su alrededor.
Hello, hello! (¡Hola!) I’m at a place called México…
Pues eso.