Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: JIM GLAB

Hay dos leyendas acerca de Andy.

Una es la imagen de un vaquero triste y furioso que, luego de hacer el amor con una mujer improbable, se marcha a galope en un caballo negro cuyos cascos levantan el polvo agreste y la tierra miserable de Santa Fe, Nuevo México. Escucho una voz decir: “Adiós Milva, soy Andy… nunca te olvidaré”.

Pero eso está en mi mente, esa es mi idea de la vida. Lo tuyo, Andrés después de Andrés, es otra cosa.

También eres un vaquero triste. Y furioso. En realidad eres el más furioso que he visto, que se ha visto, en el Oeste. Y el más triste.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TOM CHAMBERS

Quienes lean estas líneas y no estén familiarizados con la expresión que da título a esta columna, tendrían que saber que esta última forma parte de la ideología, la idiosincrasia y los modus vivendi y operandi de la gente nacida en México. Paradójicamente, a pesar de que se halla situada entre dos signos de interrogación, no se trata de una pregunta, sino de una afirmación. Y lo que afirma es una verdad de Perogrullo, matizada con el singular cinismo de una sociedad poco adepta al cumplimiento de las reglas y en cambio adicta a la impunidad: “un poco no es demasiado”.