Por ANDRÉS TAPIA

Otoño 2018, barrio de la Colonia Cuauhtémoc, Ciudad de México. Un camión del servicio de limpia cuya altura regular ronda los cuatro metros pero debido a la cantidad de basura que transporta ha crecido en tamaño, acelera y troza un cable de fibra óptica suspendido sobre una calle principal. De ese cable depende el suministro de Internet de al menos diez hogares.

La compañía propietaria de la línea tarda una semana en atender las quejas de los afectados y repararla. Durante ese tiempo, los usuarios del servicio carecen de acceso a Internet y por ende de canales de televisión y plataformas de música por streaming. No se pierden de mucho si se considera que disponen de una biblioteca mediana y una colección, digamos, humilde de CD’s y películas en formato Blu Ray. Pero si no las tienen habrán de vivir una semana por demás aburrida.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 1992 Charlie Brooker cursaba la licenciatura en Ciencias de la Información en el Politécnico Central de Londres, que por ese entonces se convertiría en la Universidad de Westminster. Había nacido en 1971, de modo que el final de su niñez, su adolescencia y el principio de su juventud tuvieron lugar durante la década de 1980.

Para graduarse, Brooker presentó una tesis en torno a los videojuegos y la industria que los rodeaba, la cual había crecido de manera notable durante los años 80. Pese a esto, su disertación fue rechazada en virtud a que dicho tema no era un tópico aceptable en una institución de enseñanza superior cuyo origen se remontaba al año 1838, entonces bajo el nombre de Royal Polytechnic Institution. Consecuentemente, Brooker no pudo obtener su título universitario.