Despierto. Es la realidad, una película que hoy encarna las fantasías más atroces y en la que la gente muere todos los días por causa de una enfermedad que la ficción imaginó hace años y que muchos negaron con la convicción inválida que se origina en la fe y en la superchería

Por ANDRÉS TAPIA

Por ANDRÉS TAPIA

El 8 de junio de 1990, poco después del mediodía, en algún sitio de la calle 5 de febrero, en el centro sur de la Ciudad de México, me detuve en una caseta telefónica y llamé a mi amigo Álvaro Capistrán para decirle que avisara a todos los integrantes de la editorial en la que trabajábamos ambos, que se asomasen a la ventana.

–Voy a pagar mi apuesta –le advertí y colgué la bocina.