Por ANDRÉS TAPIA

En la película Deadline U.S.A. (Richard Brooks, 1952), Humphrey Bogart personifica a Ed Hutcheson, un periodista de la vieja guardia que edita el periódico The Day.

A las vicisitudes de su cruzada diaria en pos de la verdad, Hutcheson suma el conflicto de disuadir a Margaret Garrison, la viuda del fundador del diario, de no venderlo a un competidor cuyo único interés es cesar la operación del mismo.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú despertaste con la sensación de su perfume entre tus ropas: aquella pesadilla harto repetida en que le hacías el amor dulcemente, cientos de veces, y ella besaba tus manos sumisa e infantil, con la devoción de una virgen recién desflorada, los cabellos alborotados, inciertos en su boca, la sangre y el agua de su himen descendiendo los muslos profanados, rosados, gentiles: piel de hembra y no de niña.

Alcanzaste los Gaulloises Bleus, el encendedor adjunto. Entre volutas de humo y el dolor de estar despierto, la fantástica realidad se plegó ante ti y no la descubriste a pesar de la certidumbre de los rayos de sol cuyo trazo al traspasar la persiana dibujaba la geometría invertida de una celda. Mecánico, hundiste una mano bajo el piyama y palpaste el símbolo de tu virilidad: tan fláccido como el tallo de una rosa muerta, casi frío, casi tibio, casi caliente, pringoso, absurdo en su mediana dimensión: incompleto –pensaste.

Por ANDRÉS TAPIA

Rick Blaine no podía enamorarse de ella. No se lo permitían el despecho ni el guion de Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch. Pero ni el sentimiento ni los escritores le pusieron objeciones para que la mirase, desease y sedujese, con tal de paliar el recuerdo de Ilsa, aquella mujer nacida en Noruega de la que se enamoró en París el año de 1940 y la cual lo abandonó sin darle explicación alguna.

Yvonne era, pues, la segunda, la amante de adorno, el refugio en el cual podía guarecer su corazón roto y su ego maltrecho. Y no sólo eso: en términos dramáticos Yvonne representaba el contrapunto necesario para enfatizar la pasión de Rick por Ilsa: sin ella, el tipo rudo no consigue la justificación para su carácter, la emancipación necesaria para beber un whisky tras otro, y mucho menos el aura casi poética del macho alfa abandonado que, pertrechado en el encono de su amargura, halla en esto el pretexto justo para cometer tropelías y exigir en silencio ser rescatado.