Por ANDRÉS TAPIA

Me detuve fuera del Palacio de Westminster, justo en la entrada del estacionamiento utilizado por los Lords y los Commons. Un policía –alto, delgado, portador de un bigote discreto– hacía guardia mientras mantenía una pose que me pareció típica y naturalmente británica: sus manos estaban entrelazadas detrás de su espalda; su mirada escudriñaba el horizonte.

Era mi primera vez en Londres, en Gran Bretaña, y excepto algunos lugares comunes no tenía idea de nada. Le pregunté:

–¿Qué tan lejos está Abbey Road de aquí?

–Muy lejos, amigo –respondió.

Por ANDRÉS TAPIA

La corrupción puede ser un acto legal si se parte del principio esencial del capitalismo: la existencia (y la lucha) de las clases sociales. Pienso en esto mientras pago 31.50 libras (800 pesos mexicanos) para hacer una fila de apenas cinco minutos en comparación con los 60 (o más) que tendrán que esperar aquellas personas que sólo pagaron 19.35 (492 pesos) por hacer el periplo del London Eye, la gigantesca noria con la que la ciudad de Londres y el Reino Unido dieron la bienvenida al último milenio en marzo del año 2000.