El joven librero de viejo

Por ANDRÉS TAPIA

Era el año 2002, quizá el 2003. No recuerdo cómo llegué a esa librería de viejo. Una tarde, simplemente, me paré ahí, en la entrada, con una pesada mochila al hombro. Un hombre de mediana estatura, bigote (¿o barba de candado?), quizá de mi edad, atendía a un par de clientes.

Curiosee por ahí, en las mesas, en los libreros, en la sección de cómics. Había cientos de libros fascinantes, revistas antiguas, incluso algunos discos. Pero no compraría nada, era otro el motivo que me había llevado ahí.

Avergonzado conmigo mismo, aguardé a que los otros clientes se marcharan para dirigirme al dueño del lugar.

––Tengo unos libros –le dije–, quisiera venderlos.

––No estoy comprando ahora, las ventas no van bien.

––Al menos míralos –rogué.

* * *

Meses antes había renunciado a mi empleo en un diario, deslumbrado por la aventura de escribir un guión cinematográfico y hacer una película con mi amigo Gustavo Moheno. Pero las cosas no marcharon bien.

El proceso de escritura fue largo e infructuoso, el dinero que tenía se terminó, había que pagar el alquiler y nadie quería o podía contratarme. Apelé entonces a la generosidad de la gente que me quería y pedí préstamos por aquí y por allí: a mi hermano, a mi entonces novia, a mis amigos, hasta que llegó el momento en que me di cuenta que no sólo había agotado el crédito que su cariño y afecto me dispensaban, sino que peligrosa e irresponsablemente estaba haciendo uso del moral.

Vendí lo que tenía un valor económico per se, salvo mi automóvil. Cuando ya no me quedaba más, ingresé a mi estudio y miré los libros. Y una tarde llené una mochila con ellos.

* * *

Mi padre me enseñó a amar los libros, tanto que hubo un momento que comencé a considerarlos como seres vivos, algo tan orgánico y tan vivo como un dedo o un diente. ¿Quién en su sano juicio cogería unas pinzas y se arrancaría un colmillo o se amputaría el meñique?

Mientras miraba mis libros y escogía con no poco dolor cuáles molares y cuáles dedos me extirparía, en mi mente volví a los hogares en los que transcurrió mi infancia, y recordé dos libreros: uno lleno de revistas, la mayoría coleccionables, y otro atestado de libros. Había enciclopedias, varias (una de ellas se titulaba cursi pero certeramente El Tesoro de la Juventud), así como revistas de supercherías y fenómenos paranormales, clásicos ilustrados, y cientos de libros sin orden ni rigor alguno: Moby Dick o la ballena blanca, Fahrenheit 451, Cien años de Soledad, El Decamerón, El Gran Libro de lo Asombroso e Inaudito, Narraciones extraordinarias, El Aleph, Así hablaba Zaratustra, El llano en llamas, Muerte en el Vaticano, Miguel Strogoff, Elogio de la locura…

Eran tantos y tan diversos, como pájaros en un aviario, que incluso los chicos vecinos del barrio pedían permiso a mi madre para consultarlos y hacer sus tareas. “Señora”, decían, “¿me permitiría usar sus libros?”. Y así, usándolos, hubo tardes en que mi casa parecía una biblioteca pública.

Pensaba en eso, en el librero simétrico de caoba, en la colección de revistas National Geographic de la que mi padre se ufanaba no sólo por poseerla, sino porque en algunas de ellas él aparecía como modelo en un anuncio de un restaurante, cuando repentinamente recordé que debía tres meses del alquiler.

* * *

Aquella ocasión el dueño me compró unos cuantos libros. Y a esa primera vez siguieron otras, acaso con una frecuencia de una semana. El viejo y el mar y El Aleph, en versiones ilustradas de Galaxia Gutemberg; una edición especial comentada en dos tomos de El laberinto de la soledad; un libro extraordinario titulado Enciclopedia de lo que nunca existió, y algunos títulos más de los que no puedo ni quiero acordarme, pasaron a engrosar los activos de la librería de viejo de quien, con el paso de los meses, se convertiría en alguien muy cercano a un amigo.

Armando Rodríguez Fabián amaba a los libros tanto como yo. Su librería de viejo, más que un negocio, era una forma de vivir al día y de vivir entre historias. No sólo aquellas contenidas en esos millones de páginas amarillentas, derruidas y vibrantes, sino las que, subrepticia, azarosa, precariamente se presentaban frente a su puerta.

Yo fui una de estas últimas: un escritor y periodista agobiado por las deudas, que había tenido empleos envidiables, generosamente pagados, cuya vida escoraba hacia la bancarrota y el olvido.

“¿Por qué no viniste a verme?”, me increpó un día. “Tal vez no hubiese podido comprarte más libros, pero al menos te habría invitado a comer. Yo no estoy tan mal como ahora estás tú”.

Y estaba mal, muy mal. Sentía que ya no tenía ni dedos ni dientes.

* * *

La librería de viejo de Armando se localizaba en un barrio contiguo al mío, la colonia San Rafael de la Ciudad de México, en el número 69 de la calle Rosas Moreno, frente a una escuela de educación primaria, oculta detrás de un árbol de laurel pequeño, justo al lado de una casa antigua de dos plantas y paredes de ladrillo, no muy lejos de un teatro.

El local de Armando estaba sometido a un proceso legal de desalojo. Más tarde o más temprano, me confesó un día, lo echarían de ahí.

Una de las últimas ocasiones en que vi a mi amigo, me presenté no sólo para venderle más libros, sino para obsequiarle uno.

Era un libro viejo, amarillento, que carecía de portada y sin embargo, a pesar de tal mutilación, parecía un pegaso o un unicornio.

“Tú sabrás qué haces con él”, le dije, “pero es la única manera que tengo de darte las gracias”.

* * *

Conseguí un empleo y más tarde otro. Trabajaba de lunes a viernes de las 8:00 a las 22:30 horas para pagar mis deudas, el alquiler y malvivir al día.

Dejé de visitar a Armando y, un día, pasé por el número 69 de la calle de Rosas Moreno: la librería de viejo estaba cerrada. Tiempo después lo encontré en una feria itinerante de libros de viejo e intercambiamos números de teléfono y correos electrónicos.

“Ahora ya tengo un buen empleo”, le dije. No recuerdo qué me respondió.

Un par de veces quedamos de vernos y charlar, de ponernos al día, pero, por las razones que hayan tenido lugar, tal encuentro nunca ocurrió.

La semana pasada, el día 17 de abril para ser exacto, recordé a mi amigo Armando. Y lo hice porque aquel libro mutilado que le obsequié, era una Edición Príncipe de Cien años de soledad, la misma que tenía mi padre en aquel viejo librero simétrico de caoba, y en el que aprendí a adorar a los libros como si fuesen seres vivos.

Muerto Gabriel García Márquez no me arrepiento de ello. Armando, el joven librero de viejo que me mantuvo a flote cuando el naufragio tuvo lugar en mi vida, es para mí un ser más mítico que todos los personajes de la novela más memorable que se haya escrito desde el Quijote.

Y lo es porque lo recuerdo encerrado en ese local oscuro y pequeño que hoy es una papelería, con la cabeza baja, los anteojos puestos, la barba de candado, la mirada perdida y rodeado de historias… la mía incluida.

Cito de memoria:

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Armando Rodríguez Fabián acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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