Por ANDRÉS TAPIA

La última vez que te recuerdo no fue la última vez que te vi. Han pasado casi dos décadas y aún puedo describirte como una sombra vestida de blanco que apenas mirarme se arrojó hacia mí como si yo fuera la única tabla que flota en el mar después de un naufragio. No era la única, ciertamente, pero así me hiciste sentir.

Aquello ocurrió en el piso que Ana Claudia tenía en la calle de Ejército Nacional, en el barrio de Polanco de la Ciudad de México, durante una reunión exclusiva para mujeres a la que, por alguna razón que no recuerdo, extrañamente fui invitado. Norma, Patricia, Eugenia, Ana, tú… quizá alguien más, quizá alguien menos, y yo ahí, en medio, profanando sin profanar un arrebato feminista.

Pierdo los detalles, o me extravío en ellos. Tu espalda estaba rota, por causa de un accidente automovilístico, y habías pasado meses peleando por mantenerte erguida, disimulando el dolor, fingiéndote más fuerte de lo que eras, de lo que eres, con los cinco sentidos bien puestos y tu hermosa piel pálida enrojecida.

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Por ANDRÉS TAPIA

El Cadillac Coupe DeVille ‘65 se detiene en una esquina del barrio La Condesa de la Ciudad de México. Eso, per se, es extraño. Pero cuando el hombre que lo conduce desciende y entrega las llaves al valet de la cafetería, las miradas mórbidas y lascivas que a un mismo tiempo pulieron y rayaron la pintura del automóvil, cambian de objetivo y alternativamente se posan en el sombrero Fedora que corona un rostro afeitado y helénico, en la gabardina que, una tarde calurosa y ya casi de primavera, extraña y ominosamente cuelga de su antebrazo derecho, y en el anacrónico maletín de piel que sostiene su mano izquierda.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FREDERIC AMADU

No sé cuál es tu nombre, tu verdadero nombre. Pero sé de alguien que te llama Daenerys o para quien eres una princesa llamada Daenerys. Si no tienes inconveniente, te llamaré así. Seguro te preguntarás por el mío, pero no es importante, y no va a decirte nada. No hallarás un rostro aparejado a él o una historia compartida o escuchada. Tú no me conoces. Y yo no te conozco. Aunque bien es cierto que he aprendido a imaginarte a partir de mis rutinas y las rutinas de mi vecino, ese hombre que parecía ser un hombre común y que habita al otro lado de la calle.

Por ANDRÉS TAPIA

Ocurrió en los días postreros de la primavera de 2009.

Con los modos de una guerrilla, feliz e improbablemente, el verano había tomado Londres por asalto y yo había perdido mi vuelo a México. Entonces British Airways sufría una aguda crisis financiera y sus siete vuelos directos a la Ciudad de México se habían reducido a tan sólo tres por semana: martes, jueves y sábado. Era el 2 de junio, martes, y en consecuencia mi regreso a casa se había postergado 48 horas. No lo lamenté.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LU ALEKS

Recuerdo que tenía alrededor de 20 años, que debía tomar un autobús para ir a no sé dónde y que ese día vestía de azul. Caminaba con prisa hacia una cita que no puedo recordar cuando, repentinamente, a unos 10 metros de distancia, miré a una niña de 14 o 15 años asida a la mano de su madre. Su cabello –si recuerdo bien–, de color castaño claro, descendía un poco más allá de sus hombros y sus ojos, aun más claros que su cabello, me parecieron dos piedras de ámbar talladas con el afán de la esclavitud. Mientras me aproximaba a ella, a ellas, y ella, ellas, se aproximaban a mí, me escuché decir que su rostro parecía hecho por la pluma de Borges: finito, geométrico, fantástico, así…

Por ANDRÉS TAPIA

No es mi historia. Sin embargo, se parece. No al modo de la exactitud, acaso tan sólo de la coincidencia, y en cualquier caso de manera circunstancial. Pero se parece, se parece mucho.

* * *

Cogí mi bicicleta y me dirigí al Centro de la Ciudad de México. Necesitaba una bombilla singular que sólo puede conseguirse en una zona aledaña al Barrio Chino, un lugar eternamente repleto de transeúntes, basura, ruido y delincuencia. Aun así, por alguna extraña razón, ese sitio siempre ha sido fascinante. Lo fue para el niño y adolescente que fui; lo es todavía para el adulto que soy.

Por ANDRÉS TAPIA

Su nombre, dos palabras, no arroja nada en el motor de búsqueda de Google. Es necesario agregar dos o tres más para que el algoritmo se repliegue sobre sí mismo y encuentre seis referencias directas y dos indirectas. Y no habrá más. Y no tendría porqué. Ocurrió hace 30 años y fue una suerte de pequeño milagro que sólo unos cuantos pudimos escuchar.

Llegó a mí en forma de una cinta de audio llamada casete, un formato de grabación de sonido creado en la década de 1960 y cuya extinción tuvo lugar en los primeros años del siglo actual. Fue el regalo de un amiga, Rosario Valeriano, quien el año de 1988 trabajaba en el departamento de prensa de la discográfica EMI Capitol México.

Por ANDRÉS TAPIA

Se llama Juan Carlos, tiene 33 años y, de acuerdo a las declaraciones que hizo a un fiscal del Estado de México (el estado fronterizo que rodea y envuelve a más de la mitad de la Ciudad de México), asesinó a por lo menos 10 mujeres durante un periodo aún no determinado o hecho público. Se sabe, también, que tenía por pareja a Patricia, una mujer cinco años mayor que él y con quien habría engendrado tres o cuatro hijos (las notas periodísticas de los últimos días son confusas, divergentes e imprecisas)

Juan Carlos y Patricia fueron arrestados hace unos días mientras transportaban en un coche para bebés bolsas de basura que contenían restos humanos; su intención era depositarlos en un predio abandonado situado no muy lejos de su casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Photo-Art: JEYLINA

Mi primer encuentro con la muerte fue algo accidental y extraño. Ocurrió cuando era niño, una mañana hace cerca de 40 años, y si bien representó un evento impactante en mi vida, no lo fue por las razones que podrían parecer obvias.

Un grupo de amigos y yo corríamos alrededor del Parque María del Carmen, el cual se localiza en un barrio al norte de la Ciudad de México, acaso increpados por la promesa de la adolescencia que en aquel tiempo todavía se encontraba lejana. A cada vuelta que dábamos, la puerta abierta de un automóvil lujoso nos impedía el paso por la acera, pero en un principio nadie pudo notar nada. Fue a la tercera o la cuarta ocasión en que alguno de nosotros descubrió que en el asiento de conductor un hombre yacía muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

“Deme una línea, Andrés, así será más fácil para mí”. Él se hallaba en su residencia en la ciudad de Xalapa, en el estado mexicano de Veracruz, yo en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Las palabras, entonces, pronunciadas a través de la bocina de un teléfono, aún poseían una facultad que pronto se extinguiría: se desplazaban a través de cables que recorrían distancias largas, o cortas, mas en cualquier caso mantenían una conexión física con la Tierra.

Creo recordar que en ese tiempo leí un cómic del superhéroe de fantasía Spiderman, de modo que, de súbito, le respondí: “Las arañas ignoran su destino”. Escuché el modo silente en que una sonrisa se perfiló en su rostro, y luego las palabras precisas y exactas que no sólo embaucaban y definían, sino también acertaban: “Es un endecasílabo”. Después de eso no recuerdo más.

La mayor parte de mi relación con Sergio Pitol ocurrió de ese modo: a través de un teléfono alámbrico que él solía atender en su casa de Xalapa, no importando si el motivo de mi llamada fuese tan sólo una impertinencia.

Por ANDRÉS TAPIA

Edgar niño: ésta es tu oportunidad. No vas a tener otra si vos deseás llegar a tiempo, justo a tiempo. El hombre de las orejeras ya se ha girado, el carro guía se aleja, los demás se van. ¡Corré, corré y tené cuidado! Lentamente. Dejá que dé la vuelta y se detenga. Ahora, sube los pies, ahora que está quieto. Eso es, muy bien. No, no mirés, nadie está mirando ¿quién podría mirar?, ¿quién va a imaginarte a vos, Edgar niño, aquí, hoy? Trepá la plataforma, muy alta para tu cuerpo, muy pequeña para tu deseo, una plataforma apenas y en ella todo el tiempo reunido: ojos azules casi húmedos, cabello rubio asimétrico y alborotado, brazos delgados y tensos, labios de hielo, la jauría de todos los recuerdos encerrados en tu mochila, once años, el adiós que no dirás, con tus manos de niño, Edgar, que no dirás…

Entrada la noche, cuando el barullo disminuya hasta ser casi inaudible y escuche a papá decirle a mamá: “Será mejor que vayamos a la cama”, comenzaré a orar. Para entonces, los grillos, la lechuza antigua del jardín y los murciélagos rondarán mis ojos y querrán encerrarme en sus ojos y destino y quizá hasta convertirme en Luna. Pero hace noches que soy Luna, tan pálido, no tanto como vos.

Por ANDRÉS TAPIA

Tomé un tren en la estación Zoologischer Garten de Berlín. Era la tarde casi fría del 23 de septiembre del año 2003. Con más de 18 millones de votos, Gerhard Schröder, el abanderado del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), había sido reelegido nuevamente Bundeskanzler de Alemania. Dieciocho millones de votos eran demasiados, pero no habrían sido nada sin la ayuda de un partido incipiente, en apariencia insípido, pero contundentemente disruptor: Die Grünen (Los Verdes).

El Nachtzug (tren nocturno) arribó a la estación y lo abordé con sentimientos encontrados: Yolanda Yebra, entonces mi editora en el periódico Reforma de la Ciudad de México, me había escrito un e-mail horas antes: “Y ahora quiero un texto sobre el día después”. Hasta ese momento, mi cobertura sobre las elecciones federales del año 2002 había rayado en la perfección… hasta ese momento. No tenía un texto, tampoco la previsión de hacerlo: ni por mí, ni por ella, ni por el diario. Tú te habías presentado, la noche anterior, en la Max-Schmeling-Halle de Berlín, y yo había renunciado a verte en la consciencia de que la elección sería muy cerrada y que habría de decidirse a horas muy tempranas de la madrugada del día siguiente.

Por ANDRÉS TAPIA

La imagen posee un dejo de poesía en tiempos en los que la poesía es un commodity arcaico que muy poca gente adquiere. Por ello mismo, se eleva tan lenta y torpemente como un albatros, esa ave marina que necesita de una corriente de aire considerable para alzar su primer vuelo, pero que, una vez que despega sus patas de la arena, excepto en temporadas de apareo, es casi imposible volver a contemplarla en tierra firme.

Tres camionetas modelo Suburban de la automotriz General Motors que forman parte del convoy que protege al actual inquilino de la Casa Blanca, adelantan a una mujer en bicicleta que, al caer en la cuenta que protegen a Donald Trump, levanta su brazo izquierdo y, con la mano correspondiente, exhibe en alto su dedo medio: esa señal rotundamente sexual y machista que, a un mismo tiempo, supone un insulto y una afrenta: “¡Que te jodan, Donald!”.

Por ANDRÉS TAPIA

A Cyn, ella sabe porqué…

El cielo estaba encapotado de nubes grises cuando la voz serena del capitán del vuelo 1029 de Delta Airlines, susurró a través de los altavoces: “Tripulación: 3,000 pies”. Esas palabras son un código y llanamente significan que el aterrizaje es inminente en tanto restan sólo 914 metros para tomar la pista. A esa mínima altura, sin embargo, los alrededores del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York no eran visibles.

Repentinamente, como quien despierta de un sueño, la mancha urbana que rodea el aeropuerto apareció en el horizonte bajo. El capitán sacudió las alas del avión para alinearlo en la pista, pero la humedad, el calor y el viento estaban en su punto más álgido. Cuando dejó de escucharse la aceleración de los motores, la aeronave escoraba a babor. En otras palabras: no sería un aterrizaje simétrico. La parte izquierda del tren de aterrizaje tocó tierra primero y, en consecuencia, cuando la derecha hizo lo mismo, al avión se sacudió. Sin ceder al pánico temí lo peor. Y sólo pude pensar en John Lennon.

Por ANDRÉS TAPIA

Existe un proverbio de origen desconocido –aunque algunas fuentes lo presumen anglosajón– que asegura que “el diablo está en los detalles”. Dicha frase, empero, es una variante de “God is in the detail” que, alternativamente, se atribuye al arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohen, al historiador de arte –también alemán– Aby Warburg y al escritor francés Gustave Flaubert, si bien la estructura gramatical de este último ostenta una mínima pero sutil diferencia: “Le bon Dieu est dans le détail (el buen Dios está en el detalle)”.

El pasado domingo 27 de agosto, viajé de regreso de Las Vegas, Nevada, a la Ciudad de México. Asistí a la convención que anualmente celebra en esa ciudad la automotriz General Motors, y decidí quedarme por mi cuenta el fin de semana.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: TWITTER: JAPANEMB_MEXICO

En los corredores de la muerte de Estados Unidos, cuando un sentenciado abandona su celda por última vez para dirigirse a la cámara de ejecución, el guardia que le franquea el paso anuncia su salida y trayecto con la siguiente frase: Dead man walking!, que literalmente significa “hombre muerto camina o caminando”.

Conocí dicha expresión y de su uso a partir de la película del mismo nombre protagonizada por Sean Penn y Susan Sarandon (Dead Man Walking, Tim Robbins; 1995), la cual es una adaptación del relato homónimo de no ficción, escrito por Helen Prejean, una monja que pertenece a la hermandad de Saint Joseph of Medaille, una de cuyas congregaciones está situada en New Orleans.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú cruzarás la calle un día perdido de tu niñez. Si lo recuerdas bien, persigues un balón que amenaza con fugarse del barrio y al hacerlo te convertirás inadvertidamente en un criminal: tu padre te prohibió no descender jamás de la acera si no es en su presencia. Correrás el riesgo, como se corren los riesgos cuando se tienen siete años: en plenitud de la inconsciencia, con una gorra de béisbol en la cabeza y la inocencia todavía intacta. La muerte, te han dicho, es algo que alguna vez ocurrirá, pero tú serás eterno.

Son los días postreros del verano, una tarde llena de sol. Al otro lado de la calle vive Carmen, la que será tu primer amor, la niña a la que habrás de olvidar cuando termine tu infancia y a la que hoy, en este futuro al que eres incapaz de proyectarte, recordarás como si fuese un trozo del naufragio en el que ahora, mañana, dentro de 42 años, se ha convertido tu ciudad.

Rueda el balón mientras Armando, Aarón, Martín y Miguel Ángel, los amigos más antiguos que recordarás, te gritan “pásalo, pásalo”, pero en la recién nacida soberbia de tu individualidad, esa virtud endémica de los habitantes de una metrópoli, hallarás el recuerdo de tu futuro mientras se implanta en tu alma, a un mismo y absurdo tiempo, un miedo irracional a la soledad.

Por ANDRÉS TAPIA

Durante la Segunda Guerra Mundial, el sonido de sirenas solía anunciar a los habitantes del Reino Unido la llegada inminente de un escuadrón de bombarderos alemanes. La gente corría a los refugios subterráneos, si estos se hallaban cerca, o buscaba cobijo donde pudiera hallarlo. Para desmoralizar más a la población e infundirle miedo, los raids aéreos tenían lugar durante la noche o la madrugada.

Desde hace unos años, la Ciudad de México dispone de una tecnología que en cierto modo imita el sonido de las sirenas que despertaban a los británicos y les recordaban que estaban en guerra. Colocadas estratégicamente, una serie de bocinas se activan cada vez que el Servicio Sismológico Nacional detecta un movimiento inusual de las capas tectónicas del país y emite una alarma.

Cual si fuera un mantra, y emitida con el tono de gravedad que la situación amerita, una tarde o una mañana la capital de México puede escapar de su rutina al influjo de sólo dos palabras: “Alerta sísmica”.

Por ANDRÉS TAPIA

En una ocasión, para tratar de definir los vericuetos de su oficio, Federico Fellini aseguró: “Cuento las cosas con imágenes, de modo que por fuerza tengo que atravesar esos corredores llamados subjetividad”.

El diccionario define a la palabra subjetivo como “perteneciente o relativo al sujeto, considerado en oposición al mundo externo”, mientras que una segunda acepción matiza: “perteneciente o relativo al modo de pensar o de sentir del sujeto, y no al objeto en sí mismo”.

Por ANDRÉS TAPIA

Una frase que se atribuye a Salvador Dalí, asegura: “La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos es la misma que con las joyas: siempre es el falso el que parece el más real, el más brillante”.

La sentencia se ajusta a los destellos de la mente de alguien que trastocó la realidad al punto de convertirla en un mundo alterno, no precisamente ideal pero sí fantástico, en el que los relojes se derriten, los elefantes tienen patas de jirafa y un cuerpo mutilado, desnudo y recompuesto ofrece belleza a quien lo mira por razones inexplicables e incomprensibles.

La memoria, sin embargo, posee sus propios códigos, y entre más intrincados y complejos, más certeza ofrecen en torno a la veracidad de un recuerdo.