El punto (impropio) del infinito

Por ANDRÉS TAPIA // FotoArte: OTÁVIO VIDAL

Uno de los teoremas de la geometría euclidiana asegura que la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta. En oposición, un teorema de la geometría proyectiva –sustanciada por la Teoría de la Relatividad de Einstein que sugiere que el espacio-tiempo se deforma en presencia de una masa haciéndole adquirir las propiedades de una geometría no euclidiana– asegura que “dos rectas paralelas comparten una dirección, por lo que a esa dirección también se la conoce como Punto Impropio de esas rectas en las que se encuentra”.

Dicho de otro modo: la curvatura del Universo implica que, en algún momento, dos rectas paralelas habrán de tocarse en ese punto impropio, también conocido como Punto del Infinito.

El 25 de septiembre de 1991, dos jóvenes que no se conocían, no tenían amigos comunes, no vivían en barrios cercanos y en consecuencia no tenían idea de la existencia el uno del otro, coincidieron en un teatro al aire libre situado en el Parque Lincoln del barrio de Polanco en la Ciudad de México.

Uno de ellos era hijo de inmigrantes japoneses; el otro, el primogénito de una pareja que se enamoró a partir de un disco de 45 revoluciones en cuyo lado A se leía “Michelle” y, un poco más abajo, The Beatles. Excepto la expectativa por contemplar el concierto de la banda belga Front 242 en México, nada más tenían en común.

El Auditorio Ángela Peralta estaba repleto. Afuera, en las calles de Emilio Castelar y Luis G. Urbina, una multitud pugnaba con los modos de las hordas de Sauron por ingresar al recinto.

En ese tiempo el PET no era un material popular; el cristal sí. Una lluvia de botellas de cerveza y Coca-Cola cayó sobre los asistentes al concierto mientras Front 242 ignoraba el fuego y se concentraba en ejecutar los temas de Tyranny (For You), un álbum conceptual que futurizaba ingenuamente en torno a un mundo en el que las máquinas regían con mano dura la vida de los hombres. La grada respondió arrojando a su vez botellas a los invasores.

Para evitar un desenlace trágico, alguien abrió las puertas del lugar. Reunidos en el centro de ese auditorio, invasores e invadidos se ignoraron. Valía más escuchar esa propuesta sónica, subrepticia y disruptora, que escenificar una batalla campal inconsecuente y pueril.

Aquellos dos jóvenes acaso se cruzaron, se tocaron los hombros, tropezaron, pero si lo hicieron así, a 25 años de distancia son incapaces de recordarlo.

No fue la única vez.

En ese mismo sitio, en ocasión del concierto del grupo francés Mano Negra y las bandas mexicanas Café Tacuba y La Maldita Vecindad el año de 1992, volvieron a coincidir sin tocarse. La música era un territorio afín; el futuro, algo impensable. Se gestaba entonces el Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, pero ni al nikkei ni al chico que fue engendrado al amparo del tono meloso de “Michelle” de Los Beatles les importaba nada. En voz de Manu Chao, Mano Negra cantaba: “Tú me estás dando mala vida / yo pronto me voy / a escapar…”

Eran tiempos inéditos y vertiginosos, lo cual los hacía también incomprensibles y pesimistas.

Por ese entonces una banda nativa de Abingdon, Oxfordshire, lanzó su álbum-debut, el cual fue precedido por un sencillo que resultó un fracaso comercial. La canción era el oscuro lamento de un ser sombrío, derrotista a más no poder que, sin embargo, a contracorriente exaltaba las no virtudes de un perdedor. Por si no bastara, el cantante de aquel grupo era la encarnación misma del arquetipo de un weirdo.

Un productor musical con dos dedos de frente habría advertido lo que más tarde sí hicieron las radiodifusoras: el tema era terriblemente depresivo y por esa razón se negaron a programarla. La melodía, sin embargo, tenía un algo indefinible. Se vendieron sólo 6,000 copias y la canción apenas escaló al número 78 de los charts. Para ser el primer sencillo de una banda desconocida, aquello fue un fracaso rotundo.

Cuando en 1993 apareció el disco Pablo’s Honey, los integrantes de aquella banda optaron por olvidarse de “Creep” y la sustituyeron por “Anyone Can Play Guitar”. Ignoraban que en Israel un DJ programó la canción en una radiodifusora y la convirtió en un hit. Radiohead viajó a ese lugar para cosechar tan sorpresivo éxito, y lo mismo hizo en muchos otros países durante el año 1994.

La noche del 19 de octubre de ese año, en un club pequeño situado en el barrio de la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México, el joven cuyos padres se enamoraron a partir de “Michelle” de Los Beatles, consiguió una acreditación de prensa para asistir al primer concierto de Radiohead en México. El joven nikkei, sin embargo, se quedó fuera y tuvo que viajar un día más tarde a un pueblo cercano a la ciudad para asistir al segundo concierto.

Aquellas líneas paralelas volvían a acercarse, pero no se tocaban.

Conocí a Hiroshi Takahashi en algún momento del otoño de 2012. No lucía como un geek o un weirdo, pero tenía un poco de ambos. No nos hicimos exactamente amigos, pero a cambio descubrimos que sentíamos una admiración profunda el uno por el otro. Admiración que sobrevivió a un naufragio dos años más tarde y propició un reencuentro hace unos meses.

Rectas paralelas que compartimos, sin proponérnoslo, una dirección y nos cruzamos en el Punto del Infinito. El destino de las mismas, sin embargo, es seguir viajando por el universo.

Entre aquel portazo del concierto de Front 242 y dirigir un periódico hay 25 años de distancia y una canción depresiva que en su momento nos volvió locos.

Mucha suerte, Hiro. Y gracias por pasar por aquí.

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