Spiderman Blues

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: PAVEL GOGULAN-INSTAGRAM

El día que Spiderman escaló un rascacielos de la Ciudad de México, un diario estadounidense reveló tres secretos que ya conocías: los superhéroes no existen, los villanos siempre ganan y los políticos son una especie que debería haberse extinguido hace mucho tiempo.

Son días estos en los que el sol vuelve a asomar detrás de las nubes, luego de semanas en las que el gris del asfalto se confundió y pertrechó con y bajo el gris del cielo. Las tormentas cayeron –un día sí y otro también– como si fuesen maldiciones bíblicas. Y cuando no fue así, una sutil pero infame lluvia londinense se encargó de diluir el azul cerúleo con el que los más optimistas suelen pintar esa cursilería llamada esperanza.

La lluvia, sin embargo, no borró ni lavó el carmesí que todos los días se filtra y escurre en las alcantarillas.

A Pavel Gogulan eso no le importó. Con su insolente juventud y en consecuencia nada que perder, decidió escalar los 17 niveles de una de las torres del complejo Terret Polanco que alberga las oficinas de la multinacional Nestlé. Excepto unos guantes y la bendición de un dios inexistente, Gogulan no hizo uso de nada más.

Trepaba Gogulan, temerario, mientras los oficinistas encendían un cigarrillo tras otro y alguien se apersonaba con dos bandejas de café de Starbucks con tal de atemperar los nervios de un colectivo excitado y atónito.

“Un loco más en esta ciudad”, dijo alguien. Lo que no sabía es que era un loco que no pertenecía a la ciudad que eligió para exacerbar su locura. Acaso, quizá, porque la locura de la Ciudad de México le ofrecía el camouflage pertinente y necesario para llevarla a cabo.

Mientras Gogulan ascendía un piso más, el cadáver de un hombre llamado Benjamín Delgadillo descendía tres metros bajo tierra. Había muerto el día anterior, tras una agonía de dos semanas, luego de ser asaltado y despojado de su auto. Tres decenas de dolientes se arremolinaron en torno a un hueco rectangular en la tierra que recibió el cadáver de un hombre de 49 años. Polvo eres, y en polvo te convertirás.

Delgadillo se convirtió en una víctima más de la locura que campea desde hace tiempo la vida de la Ciudad de México. No sólo estás destinado a perder tus posesiones, sino también a morir por ellas. Es eso o convertirte en un testigo de piedra que contempla cómo todo se derrumba mientras nadie parece prestar mucha atención.

Las miradas, sin embargo, estaban puestas en la insólita figura de Gogulan, un hombre que nació en San Petersburgo cuando la Cortina de Hierro ya había caído y la Guerra Fría era sólo el rumor lejano de una leyenda urbana.

La locura de Gogulan se remonta justamente a esa ciudad. Él y un grupo de amigos decidieron escalar hace tres años el puente Bolshoi Obukhovsky, una estructura colgante que atraviesa el Río Neva y que en su punto más alto alcanza 120.5 metros de altura. Como si el acto de trepar no fuese en sí mismo un evento suficientemente llamativo, lo hicieron vistiendo disfraces de conejos.

Tránsfuga de la oligarquía con la que acabó Vladimir Putin, Gogulan abandonó Rusia en busca de estructuras más altas y célebres a las que trepar. Ascendió al Coliseo de Roma y también al edificio Seagram de Nueva York. ¿Qué linaje miró en el complejo Terret de la Ciudad de México que lo llevó a escalarlo? Acaso ninguno y sólo quiso continuar con su locura.

Trepa Gogulan y mientras paradójicamente su figura disminuye a los ojos de quienes lo observan, en el inconsciente colectivo se convierte en un gigante que, al menos por un momento, hará olvidar a una ciudad que el crimen ha dejado de ser una serie de eventos aislados para convertirse en una pandemia.

¡El Hombre Araña está en la ciudad! ¿Podrá combatir a los villanos? Quizá el Jefe de Gobierno debería entrevistarse con él y preguntárselo. Mientras tanto, Gogulan, sigue trepando, es posible que desde allá arriba, vista la metrópoli desde otra perspectiva, la simple aplicación de un sistema jurídico funcional y la implantación real de un Estado de Derecho converjan con la realidad que hoy parece distorsionada no sólo porque la gente ya no contempla los milagros con la óptica rudimentaria del asombro, sino a través de las lentes de un smartphone.

¡Trepa, Gogulan! Acaso desde las alturas puedas contemplar la fosa excavada en una colina donde hoy yace Benjamín Delgadillo, uno más de nosotros que desde hace unos días es también uno menos.

¡Trepa, Gogulan! Y dinos qué hay allá arriba. Si lo que se ve es una ciudad, las ruinas de un imperio, un accidente en la geografía del mundo o la idea inacabada, siempre incompleta, a veces resplandeciente pero las más oscura de lo que puede ser un país, de lo que pudo ser un país.

Lo más gracioso es que no hallarás nada, no verás nada, y apenas dispondrás de tiempo para tomarte una selfie mientras pendes majestuoso y vencedor del borde más alto de un edificio donde ya te espera la policía para detenerte por haber llevado tu locura tan lejos y hecho lo que nadie se atreve.

Abajo, en el suelo, la multitud ya se disipa mientras lentamente comienza a olvidar tu crimen. La gente baja la mirada y la devuelve a sus celulares, a su rutina, a enterarse de un nuevo robo, de una nueva muerte, de la normal anormalidad de todos los días.

El día que Spiderman escaló un rascacielos de la Ciudad de México, recordaste algo que ya sabías: los superhéroes no existen, los villanos siempre ganan y los políticos son una especie que debería haberse extinguido hace mucho tiempo.

Anuncios