Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: QUINN ROONEY (GETTY IMAGES)

A Ethel, que más que yo ha esperado tanto tiempo por este día

El invierno en el hemisferio sur tiene lugar en el verano del hemisferio norte; es el mes de julio del año 2017. Con temperaturas que descienden más allá de los -50º Celsius, un trozo de hielo de cuatro veces el tamaño de la Ciudad de México se desgaja de la Antártida.

Al dejar de formar parte de la placa continental, muta su nombre al de iceberg, no de isla, pues en rigor no se trata de una zona de masa estable, sino de una porción de hielo susceptible de derretirse y de flotar a la deriva durante un tiempo indeterminado.

Los científicos levantan la mirada al cielo –como si interpelaran a Dios– y se preguntan si este fenómeno tiene que ver con el calentamiento global y los seres humanos somos responsables de ello.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía ISRAEL P. VEGA

Padezco acrofobia. Quizá por ello me gusta observar a los obreros que construyen edificios. Y si son altos, muy altos, mucho mejor.

Vivo muy cerca de la Torre Mayor, en algún tiempo el edificio más alto de la Ciudad de México. Hoy en día, las recientemente edificadas torres Bancomer y Reforma, aunque sólo sea por unos cuantos metros, triste o felizmente la han superado en altura.

Cuando construían la Torre Mayor –no sé, no recuerdo, hace unos 15 años o algo así–, solía detenerme por las mañanas durante varios minutos para observar cómo izaban las vigas de acero –de cuando menos dos o tres toneladas de peso– que con precisión milimétrica se integraban a la estructura principal para formar así un nuevo piso.

Por ANDRÉS TAPIA

Escribo a la luz agonizante de la última vela de mi árbol de Navidad.

Hace poco menos de tres horas, 29 bujías iluminaban la sala de mi casa. En este momento, sólo una permanece encendida.

No creo en Dios ni en los ángeles. No creo en Los Beatles o en Elvis. Tampoco en Barack Obama o en Angela Merkel. Mucho menos en Miguel Herrera, en Lionel Messi o en la Selección Nacional. En realidad no creo en nada, pero por alguna extraña razón suelo aferrarme a los clavos más ardientes. Incluso, lo confieso, a una vela encendida.