La enfermera que fingió vacunar a un hombre en la Ciudad de México para hacerlo inmune al virus SARS-CoV-2, debería ser localizada e interrogada para saber si lo que hizo -que no hizo- fue por convicción propia o una consigna de terceros

Por ANDRÉS TAPIA

Por ANDRÉS TAPIA

El 8 de junio de 1990, poco después del mediodía, en algún sitio de la calle 5 de febrero, en el centro sur de la Ciudad de México, me detuve en una caseta telefónica y llamé a mi amigo Álvaro Capistrán para decirle que avisara a todos los integrantes de la editorial en la que trabajábamos ambos, que se asomasen a la ventana.

–Voy a pagar mi apuesta –le advertí y colgué la bocina.