Por ANDRÉS TAPIA

Lo pienso una y otra vez. Regreso en el tiempo, en mi vida, tanto como puedo, y trato de hallar el momento primigenio en que mi imaginación quedó marcada de una forma oscura y fantástica… para bien y para mal.

Siendo muy niño (¿a qué edad se es muy niño?), mi padre, mi madrina, me obsequiaron distintas ediciones del compendio Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que constituye una puerta de entrada a una de las más egregias manifestaciones de la literatura, así esa puerta sea la del infierno. Escritor y poeta maldito, tan sólo por endilgarle los adjetivos y lugares más comunes, Poe se convirtió en mi Virgilio y me condujo por los círculos de un averno mucho más real que el concebido por Dante. Ahí, en los recovecos de una mente atribulada por circunstancias que no se correspondían con las expectativas de su vida, descubrí emociones que no por insanas resultaban ajenas e insustanciales a la naturaleza humana.

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Por ANDRÉS TAPIA

En la obra de teatro Esperando a Godot, de Samuel Beckett, dos vagabundos, Vladimir y Estragon, aguardan a la sombra de un árbol por alguien a quien llaman Godot, con quien presumiblemente tienen una cita, pero esto no queda del todo claro. Mientras lo hacen, dos personajes más aparecen: Pozzo, un hombre cruel que afirma ser el dueño de la tierra en la que están postrados, y Lucky, su criado.

Tras sostener alguna interacción, Pozzo y Lucky se retiran, y Vladimir y Estragon permanecen a la espera de Godot, que jamás llega. En su lugar, aparece un chico que porta un mensaje del ausente. Llanamente les dice que Godot no ha podido presentarse, pero que “mañana seguramente lo hará”. Vladimir y Estragon, que han pasado largo tiempo a la espera de alguien que probablemente no existe, o quizá sí, deciden marcharse… pero al final no lo hacen.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando era niño era menester que los padres firmasen la boleta de calificaciones de sus hijos cada mes: esa era la forma en que en México los colegios de educación primaria enteraban a los progenitores o tutores de los alumnos de su desempeño escolar. No puedo hablar por el resto del Mundo, pero supongo y estoy casi seguro que dicha práctica es común y, quizá, universal.

Durante su infancia, mi padre vivió una transición que acaso no fue tersa –como no lo suele ser nada de lo que ocurre en México– en cuanto a la enseñanza de la escritura. Nació justo a la mitad de la década de 1940 e ingresó al colegio en los primeros años de la de 1950. Entonces la mayoría de las personas alfabetizadas había sido educada para escribir con letras cursivas, también llamadas de carta o manuscritas.

Por ANDRÉS TAPIA

Germán Loza era mi amigo. Murió hace casi 17 años. Esto no es del todo cierto. Germán no murió: lo asesinaron.

Nos conocimos por azar, por cercanía, por casualidad. Por todo eso junto.

Mi hermano Pablo y su hermano Alfredo acudían a la misma escuela secundaria. Ahí se conocieron y trabaron amistad. Pronto descubrieron que vivían a una sola calle de distancia. Y que yo y Germán estábamos inscritos en la misma escuela preparatoria.

Por ANDRÉS TAPIA

No es mi historia. Sin embargo, se parece. No al modo de la exactitud, acaso tan sólo de la coincidencia, y en cualquier caso de manera circunstancial. Pero se parece, se parece mucho.

* * *

Cogí mi bicicleta y me dirigí al Centro de la Ciudad de México. Necesitaba una bombilla singular que sólo puede conseguirse en una zona aledaña al Barrio Chino, un lugar eternamente repleto de transeúntes, basura, ruido y delincuencia. Aun así, por alguna extraña razón, ese sitio siempre ha sido fascinante. Lo fue para el niño y adolescente que fui; lo es todavía para el adulto que soy.

Por ANDRÉS TAPIA

Dicen que en política no hay coincidencias. Por lo menos los políticos no creen en su existencia. Han escuchado de ellas, sí, pero nunca han visto una. Y si se diese el caso que ocurriese una y la viesen, no la reconocerían. Básicamente porque se rigen bajo el principio de que en política las coincidencias no existen.

Luego entonces, el estreno en Netflix de la primera temporada de la serie de televisión Narcos México, dos semanas antes de la asunción de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México, no es una coincidencia… aunque así lo parezca.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 2002, David Bowie, refiriéndose a los cambios que a partir de la tecnología se estaban gestando en la industria musical, aseguró que un día la música llegaría hasta nosotros de la misma manera en que lo hacen el agua o la energía eléctrica. Bowie, que ciertamente tenía mucho de visionario pero también era un hombre culto y actualizado, estaba consciente de la reciente creación del iPod (2001) y de la revolución musical gestada por Napster (2000).

Sin embargo, faltaban todavía algunos años para que el mundo pudiera disponer de la música de una manera tan simple y sorprendente como girar una llave u oprimir un interruptor.

Por ANDRÉS TAPIA

Su nombre, dos palabras, no arroja nada en el motor de búsqueda de Google. Es necesario agregar dos o tres más para que el algoritmo se repliegue sobre sí mismo y encuentre seis referencias directas y dos indirectas. Y no habrá más. Y no tendría porqué. Ocurrió hace 30 años y fue una suerte de pequeño milagro que sólo unos cuantos pudimos escuchar.

Llegó a mí en forma de una cinta de audio llamada casete, un formato de grabación de sonido creado en la década de 1960 y cuya extinción tuvo lugar en los primeros años del siglo actual. Fue el regalo de un amiga, Rosario Valeriano, quien el año de 1988 trabajaba en el departamento de prensa de la discográfica EMI Capitol México.

Por ANDRÉS TAPIA

Se llama Juan Carlos, tiene 33 años y, de acuerdo a las declaraciones que hizo a un fiscal del Estado de México (el estado fronterizo que rodea y envuelve a más de la mitad de la Ciudad de México), asesinó a por lo menos 10 mujeres durante un periodo aún no determinado o hecho público. Se sabe, también, que tenía por pareja a Patricia, una mujer cinco años mayor que él y con quien habría engendrado tres o cuatro hijos (las notas periodísticas de los últimos días son confusas, divergentes e imprecisas)

Juan Carlos y Patricia fueron arrestados hace unos días mientras transportaban en un coche para bebés bolsas de basura que contenían restos humanos; su intención era depositarlos en un predio abandonado situado no muy lejos de su casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TWITTER @CH14_

El 5 de mayo de 1862, el ejército de México, al mando de los Generales Ignacio Zaragoza y Porfirio Díaz, logró repeler y derrotar al ejército francés, el cual era comandado por Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, en lo que se conoce como la Batalla de Puebla, una de las efemérides más celebradas en los libros de historia del país.

Compuesto por tropas que lo mismo eran militares de carrera y formación, así como civiles y facciones paramilitares opuestas que, ante la invasión de Francia, dejaron de combatir entre ellas para defender a la República, algo menos de 5,000 mexicanos enfrentaron a un ejército formado por cerca de 6,000 hombres, y en cuyo palmarés su última derrota había tenido lugar casi medio siglo atrás en un lugar llamado Waterloo.