La imprevisibilidad de Marina y Ulay

Por ANDRÉS TAPIA

–Si ese avión despega y tú no estás con él, te arrepentirás. Quizá no hoy, quizá no mañana, pero será pronto y por el resto de tu vida.

–¿Y qué hay de nosotros?

–Siempre tendremos París. No la teníamos… la habíamos perdido, hasta que llegaste a Casablanca. Y la recuperamos anoche…

–Cuando te dije que nunca te dejaría…

–Y nunca lo harás. Pero tengo algo que hacer y a donde voy no puedes seguirme. Y lo que tengo que hacer… tú no puedes ser parte de ello. No soy bueno siendo noble, pero no es difícil darse cuenta que los problemas de tres personas insignificantes no cuentan mucho en este loco mundo. Algún día lo entenderás…

Quienes perpetran este diálogo son dos personajes de ficción. Él se llama, previsiblemente, Rick Blaine y es dueño de un bar en la ciudad de Casablanca, en Marruecos. Ella se llama –también previsiblemente– Ilsa Lund y es la mujer de Victor Laszlo, uno de los líderes de la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Tiene lugar en la secuencia final de la película Casablanca (Michael Curtiz, 1942). En ese final, en el que un avión está a punto de despegar y un líder nazi intenta evitarlo, dos amantes vuelven a separarse (la guerra ya los había apartado, años antes, en París). Pero esta vez será para siempre.

Es 1988 y dos amantes que parecen haber sido extraídos de la más innoble y bella de las ficciones, emprenden un viaje absurdo tan sólo para decirse adiós. Situados en los extremos de la Muralla China, él en el Desierto de Gobi y ella en el Mar Amarillo, emprenden una caminata de 2.500 kilómetros cada uno para encontrarse justo a la mitad de una de las dos edificaciones realizadas por la especie humana que pueden ser vistas desde el espacio.

Ella se llama Marina Abramovic y nació en Yugoslavia. Él, Uwe Laysiepen pero ha adoptado el nombre de Ulay y es alemán. Se conocieron el 30 de noviembre de 1976, en Amsterdam. En tanto ambos eran artistas de la disciplina conocida como performance, ese día fueron invitados a un programa de televisión en el que se hablaría del concepto del Body Art. Esas ya eran dos coincidencias, su profesión y el programa, pero habría una más: los dos celebraban su cumpleaños ese mismo día.

Quizá fue esto, o todo junto, o tal vez nada de ello. Pero se hicieron amantes y a partir de entonces –y durante 12 años– permanecieron juntos realizando escenificaciones artísticas que rayaban en lo absurdo, en lo grotesco… y quizá en la locura. Y en esto no hay exageración.

Una ocasión se desnudaron y postraron uno enfrente del otro, dejando un espacio apenas suficiente para que una persona lo cruzase de costado, teniendo que enfrentar, así, el rostro y la desnudez de él o de ella. Otra más se colocaron de nuevo de frente, durante 15 minutos, esta vez para gritarse al unísono mientras se acercaban cada vez más. Hubo una más en la que él sostenía la cuerda en tensión de un arco y una flecha, en tanto ella enfrentaba el peligro de ser perforada si él cedía a la presión. Y alguna vez también, sentados en dos sillas, se dieron uno al otro de bofetadas durante varios minutos.

Como es previsible, sus performances levantaban cejas, sacudían conciencias, les generaban algunos aplausos y ciertamente muy poco dinero. Así fue que, durante cinco de los 12 años que permanecieron juntos, vivieron una vida nómada a bordo de una furgoneta en la que –también es previsible– se juraron permanecer juntos toda la vida.

Sus promesas y su arte los condujeron feliz y temerariamente por diversos países de Europa, Asia, Australia y América. Es sólo que, un día, luego de padecer los problemas y tensiones que –sí, es previsible– deben enfrentar un hombre y una mujer que han decidido estar juntos y se han atrevido incluso a mencionar a la eternidad, Marina y Ulay decidieron separarse.

A diferencia de la de Rick Blaine e Ilsa Lund, su separación no fue producto de la imaginación de alguien más, sino de la de sí mismos. Dos mil quinientos kilómetros –distancia que en línea recta le tomaría a un hombre cerca de 24 horas recorrer en auto a una velocidad standard– fue lo que caminaron Marina y Ulay para abrazarse, darse un beso y decirse adiós.

Con este plot, cualquier guionista de Hollywood tendría más que suficiente para escribir una historia tanto o más extraordinaria (y maravillosamente trágica) que la de Rick e Ilsa en Casablanca. Pero no, no fue así. Acaso la marginalidad de Marina y Ulay, y el poco aprecio por su arte, evitó que Mr. Hollywood metiese sus superficiales y muchas veces corruptas manos en ello.

El épico adiós de Marina y Ulay se hubiese quedado en algo tan mítico e improbable como la historia de Rick e Ilsa en Casablanca, de no ser porque en la primavera del año 2010, en reconocimiento a la trayectoria de Abramovic, en el Museum Of Modern Art en Nueva York se realizó una retrospectiva en torno a su vida y su obra. Bajo el título de The Artist Is Present, Marina realizó un performance de 736 horas y 30 minutos de duración, tiempo en el cual permaneció sentada en el extremo de una mesa mientras los visitantes a la exposición eran conminados a sentarse del otro lado para enfrentar, durante cerca de un minuto, la mirada de la artista. Ataviada con un vestido color rojo, Abramovic miraba a sus visitantes sin emitir expresión alguna de por medio, luego de lo cual hundía los ojos en el suelo, los cerraba y, tras percibir una nueva presencia delante suyo, levantaba la cabeza y los abría nuevamente.

La noche de la inauguración, un hombre delgado, con barba y cabello canos, que vestía unos skinny jeans, zapatillas Converse y un saco oscuro de solapas con vivos en color rojo, tomó aire, se alisó las solapas y, con pasos decididos y vacilantes, se aproximó a la mesa.

Apenas abrirlos, el inamovible semblante de Marina esbozó una sonrisa. El hombre delante suyo quiso negar con la cabeza, sacudió los hombros, inhaló oxígeno, exhaló. Marina quiso contenerse, pero el movimiento de su garganta y el peso de las lágrimas en sus ojos la delataban. Pasaron segundos, no muchos, por cierto, pero tuvieron los modos de las semanas que empleó para recorrer 2.500 kilómetros y decirle adiós a su amante, a ese alemán al que había conocido el año de 1976 en Amsterdam, y del que se había despedido 23 años atrás en la Muralla China.

Marina se echó para adelante y extendió las manos en medio de lágrimas furtivas. El hombre se las estrechó en medio de la más feliz de las sonrisas que he visto jamás.

Sí, Rick e Ilsa, lamento mucho que hoy se desbarate su maravillosa leyenda y Casablanca se vaya al carajo. Pero ese hombre, imprevisiblemente y a pesar suyo, no era otro más que Ulay.

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