El beso más largo de la historia

Por ANDRÉS TAPIA // © Guy Le Querrec/ Magnum Photos

Era 1976. Desde una ventana del número 38 de la Köthener Straße, en Berlín, David Bowie miró a una pareja besarse. Él era estadounidense y ella, alemana. Detrás suyo se erguían el Muro de Berlín y una torreta de vigilancia. No estaban tan cerca como para provocar a los vigías de la Alemania Democrática, pero a Bowie, en su cabeza, así le pareció.

El cantante británico, que en ese tiempo vivía en Berlín, experimentó entonces una epifanía. Una palabra dramática, mítica, casi en desuso, rebotó una, dos, cien, mil, un millón de veces en su cabeza. Luego, luego no sé… quizá sonrió.

Bowie los conocía a ambos. Él era Tony Visconti, su productor discográfico, y ella era Antonia Maaß, una corista que trabajaba con él. Visconti estaba casado y la chica era su amante. Habían escapado, como solían hacerlo frecuentemente, de una sesión en el Hansa Tonstudio para declararse en el riesgo del ícono de la Guerra Fría lo que en público no podían.

La imaginación de Bowie –y la conciencia de ser depositario de un secreto– retorció esa imagen. Decidió entonces que Tony y Antonia serían alemanes, vivirían en lados opuestos del muro y se encontrarían todos los días en el mismo sitio, justo bajo una torreta de vigilancia, en abierto e insensato desafío a una ideología, a las convenciones y aberraciones políticas de la década de 1970… al destino mismo.

Si el amor, esa alegoría fantástica de la existencia a la que de manera inevitable es proclive el ser humano, es capaz de provocar una agresión, resistirla y perdurar, entonces, quienes la perpetran, –como a costa del odio entre sus familias lo hicieron el Romeo y la Juliet de Shakespeare– merecen el adjetivo de héroes.

Bowie tenía 29 años cuando presenció el beso que daría origen a una de las canciones más emblemáticas en la historia de la música pop. Por supuesto, él y Visconti no lo sabían en ese momento, pero quizá lo intuyeron, y por ello titularon al disco a partir de aquella melodía.

La portada de Heroes, el segundo álbum de la llamada Trilogía de Berlín, exhibió a David Robert Jones en un pose afectada y teatral: la mano derecha a la altura del pecho, casi tocando su cuello, y la izquierda despegada del cuerpo, superando su cabeza, en ademán de agradecimiento; todo ello enmarcado por una chamarra negra de piel y un corte de cabello que estigmatizarían a la década de 1980.

La portada de The Next Day, el disco con el que David Bowie rompe diez años de silencio, es una versión modificada de la portada de Heroes en la que el rostro del cantante ha sido cubierto por un cuadro en blanco que exhibe el título del disco. Es eso y una línea negra que parece tachar-cubrir-ocultar-¿subrayar? la palabra Heroes.

Han pasado 37 años desde aquel beso. Cayó el Muro de Berlín, se fragmentó el Bloque Comunista, desapareció la U.R.S.S, murió una princesa y el que tal vez fue el mejor presidente de los Estados Unidos fue acusado de perjurio. Cayeron también las Torres Gemelas, el mundo se dividió de nueva cuenta, esta vez entre el Islam y Occidente, y un ranchero sátrapa y alcohólico se inventó una guerra y unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Luego, David Bowie desapareció de la escena musical por espacio de una década.

Hay algo de mesiánico en el hecho de que David Bowie haya elegido el día de su cumpleaños número 66 para lanzar, en el primer minuto del mismo, la que fue su primera canción en diez años. Pero hay mucho de poesía en el hecho de que dicha composición se titule “Where Are We Now?” y diserte sobre su tiempo en Berlín Occidental.

“¿Dónde estamos ahora”, se pregunta Bowie, acaso con la inocencia con que lo haría un hombre que ha permanecido en coma durante un largo tiempo y, de súbito, repentina, improbable, sorprendentemente, abre los ojos.

Es difícil decirlo. En un tiempo desconocido, probablemente, en una época en la que Ezequiel, Nostradamus y el mismo Bowie serían incapaces de predecir el futuro. Y es que si bien es cierto que poco antes del advenimiento de Internet Bowie vaticinó que habría un día en que la música llegaría a los seres humanos de la misma manera en que lo hacen el gas, el agua y la electricidad (¡Maldito Jobs, no fue tu idea, cabrón plagiario!), también lo es que entre el comienzo y el fin del coma musical de Bowie, la revolución tecnológica que ha experimentado el mundo ha aniquilado la profundidad del pensamiento de los seres humanos y la ha vuelto instantánea, fútil, intrascendente.

Cómo decirle a ese Bowie que hoy ha despertado, que en la actualidad se predican evangelios de 140 caracteres de extensión cuyos “profetas” en ocasiones ni siquiera se atreven a firmar con su propio nombre, y se democratiza al mundo al estilo del Imperio Romano que hacía uso del pulgar para proclamar la vida o la muerte. Like or not like, dear David… that’s the question.

The Next Day, el día siguiente, es el enunciado de la resaca sin verbo alguno, el blanco impoluto de una mente que ya no puede atisbar el futuro y, en consecuencia, vuelve y se refugia en el pasado porque es ahí, hoy, donde se siente segura.

Escuchen The Next Day con detenimiento y  hallarán el rastro de restos de un hombre que alguna vez se imaginó andrógino, eterno e inmortal. Un hombre que procedía del futuro y que hoy, triste y felizmente, ya no puede regresar a él.

Es 2013 y un hombre despierta tan sólo para no entender nada de lo que ve (yo tampoco entiendo un carajo, David), y en su mente vuelve a 1976, a un sitio de Berlín, cerca de Potsdamer Platz, de Schöneberg, de Kreuzberg, de KaDeWe. Delante suyo hay una ventana y tras esa ventana un hombre y una mujer se besan delante, detrás, a través de un muro.

El hombre que observa los llama héroes, les canta. Luego cierra los ojos. En un instante pasan 37 años.

Cuando los abre ya es el futuro. Pero en su imaginación ellos se siguen besando.

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