El regalo del Chelito

Por ANDRÉS TAPIA

“Quitaos la ropa, chavales, aunque el clima sea malo. Y si por desgracia alguno de ustedes tiene que caer, hay peores cosas en la vida que una caída sobre los brezos. La vida en sí misma no es otra cosa más que un juego de fútbol”.

Sir Walter Scott

César Delgado corrió como un demonio por la banda derecha. Penetró al área grande justo por la esquina y, con un movimiento impredecible, quebró la cintura de dos defensas que, inertes, cayeron fulminados en el césped. Luego alargó la pelota con la punta del pie, casi con la delicadeza de un billarista a tres bandas –tuvo que hacerlo así para dejar sin oportunidad al portero de los Jaguares– y la metió al arco. No sé cómo ni por qué, pero en ese momento volví a un pasaje de mi infancia, un pasaje que, aunque ruinoso, de alguna extraña manera se mantenía en pie.

Yo estaba solo. Y puede ser que me hubiera quedado solo. O simplemente que quisiera estar solo. Las mañanas de sábado las ocupaba para correr o dar paseos en bicicleta por el Bosque de Chapultepec y el barrio de Polanco. Cuando mi recorrido concluía, compraba algo de comida; a veces algunos discos; otras, películas, y, las menos, un videojuego. Y entonces volvía a casa. Casi siempre en punto de las 17:00 horas o algo así. Como no tenía nada que hacer (o puede ser que no quisiese hacer nada), solía encender el televisor y miraba el fútbol. En ese horario, cada dos semanas, jugaba el Cruz Azul.

Eran los tiempos de Chelito Delgado y Luciano Figueroa, el otoño de 2004, la época en que la crisis del equipo parecía haber concluido y la ilusión del campeonato crecía en los aficionados como la esperanza de un condenado a muerte que la mañana de su ejecución aguarda por el indulto.

No me gustaba tanto el fútbol, al menos no lo suficiente como para enfundarme en una casaca y emprender una cruzada. Pero una tarde me sorprendí gritando ¡gol! y levantando el puño en alto. Yo, un ateo circunspecto, había ingresado a un templo y estaba venerando como un poseso la improbable existencia de Dios. Y lo repito: estaba solo.

La rutina pasó a ritual. La indiferencia devino religión. Cada semana, sábado o no, encendía el televisor para mirar los juegos del Cruz Azul. Adiós a Luis Fernando Tena, bienvenido Rubén Omar Romano. Y también Richard Núñez. Y el Kikín Fonseca. Y Gabriel Pereyra y César Villaluz y Gerardo Torrado y Joel Huiqui y Gerardo Lugo y Sergio Markarian. La vida es azul. Y si no lo es, no tiene sentido.

“Te volviste cruzazulino a tus treinta y tantos… ¿cómo puede ser?”, me dijo mi ex novia. “No lo sé…”, respondí, “…pero qué importa”. Y no, no importaba nada. Lo que en verdad valía la pena era mirar al Chelito deshacerse de rivales, horadarles el alma con un túnel, con un regate y luego enviar la pelota a las redes o a la pierna de un aliado. Y ¡gol! –¡maldita sea! – ¡gol!

Es sólo que el campeonato no llegó. Es sólo que, luego de una ofensiva devastadora, épica inmemorial, en la última batalla, la más insignificante de todas, el Cruz Azul se venía abajo. Su imperio, nuestro imperio, era un imperio de papel. Y no, no hubo campeonato: “La próxima temporada, tal vez”; “cometimos errores, pero hemos aprendido”; “hicimos todo, pero nos faltó suerte”; “nunca volverá a pasar”.

De mi conversión hasta ahora han pasado cuatro años. Muchos jugadores se han ido, muchos permanecen. Mi rutina mis rituales, han cambiado. Hace tiempo, he perdido la cuenta de cuánto, que no me paro en el templo, en punto de las 17:00 horas de los sábados, para venerar lo que clandestinamente aún venero y deseo ver alguna vez.

Vuelvo a tener nueve años y corro como un demonio por la banda derecha… ingreso al área grande por la esquina y dos grandulones me salen al paso… giro sobre mí y los dejo tendidos en la hierba… me queda solamente el portero que ya se adelanta para cortar mi carrera, la carrera de un niño que en ese momento arriesga la vida y todo lo que es –casi nada, ciertamente– con tal de lograr una hazaña legendaria… Y entonces, no sé cómo, se me ocurre pegarle a la pelota con la punta del pie, con el dedo gordo, con la uña del dedo, con todo lo que soy sólo por no ser nada y el portero se me rinde…

Lo demás es fácil.

Gracias, Chelito, gracias siempre por haberme devuelto a ese momento en que estando tan solo el mundo entero me acompañaba.

Qué importa que, otra vez y ya sin ti, no hayamos conseguido el campeonato.

*Columna publicada el mes de julio de 2008 en la revista GQ

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