El algoritmo del pasado

Por ANDRÉS TAPIA  /  Foto: LUBOMIR BUKOV

En 1929, una idea expuesta en un cuento llamado “Chains” del escritor húngaro Frigyes Karinthy, planteó el teorema de que cualquier persona del mundo puede estar conectada a otra sin que para ello intervengan más de cinco intermediarios; en ese entonces la Tierra tenía tan sólo 1,500 millones de habitantes.

Aunque planteada de modo ficticio, la premisa de “Chains” consiguió arraigarse en el inconsciente colectivo por su extravagancia y audacia, así como por la popularidad que Karinthy llegó a conseguir como literato. Por eso se fueron casi 20 años antes de que, a finales de la década de 1950, el matemático austriaco Manfred Kochen y el sociólogo estadounidense Ithiel de Sola Pool se propusieran demostrar la idea de Karinthy científicamente. Entre ambos realizaron un estudio titulado Contacts and Influences en el que desarrollaban de modo matemático el concepto planteado en “Chains”, si bien añadían un dígito: no eran cinco sino seis los enlaces existentes para conectar a dos personas.

El manuscrito de Kochen y De Sola Pool circuló sin publicarse durante cerca de dos décadas, pero en el momento en que lo redactaron no consiguieron probar nada. Sin embargo, su entusiasmo contagió a Stanley Milgram, un psicólogo estadounidense que en mayo de 1967, en la revista Psychology Today, publicó un ensayo titulado “The Small-World Problem” en el que retomaba el teorema de Karinthy y las ideas de Kochen y De Sola Pool, a quienes había conocido años antes en París.

Aunque Milgram no mencionó la frase como tal, su ensayo dio origen a lo que se conocería como “la teoría de los seis grados de separación”, la cual se haría popular a partir de la puesta en escena de Six Degrees Of Separation (1993), del dramaturgo estadounidense John Guare, y de la creación de un juego de computadora ideado por Brett C. Tjaden en la web de la Universidad de Virginia en 1996.

En el año 2003, el concepto surgido de la imaginación de un escritor húngaro más de 70 años atrás, germinó al fin con la aparición del libro Six Degrees: The Science of a Connected Age, del sociólogo estadounidense Duncan Watts, y el plagio que un jovencito llamado Mark Zuckerberg realizó de una idea concebida por unos condiscípulos suyos en la Universidad de Harvard.

Dicha idea era muy simple: subir a la red local una lista de todos los compañeros de clase –de toda la universidad incluso– con nombres, atributos, aficiones, materias, etc. Pero Zuckerberg fue un poco más allá. Apocado, simple y ratón de biblioteca, arquetipo pues de lo que se denomina nerd (geek hoy sería más preciso), decidió ejecutar una venganza a partir de una decepción amorosa: modificó el programa para que fuese posible calificar a las chicas de la universidad y lo llamó Facemash.com.

Lo que vino después lo saben hoy más de 1,000 millones de personas en todo el mundo y no tiene caso recordarlo.

Compartir gustos, aficiones y sentimientos fue la piedra angular bajo la que Facebook, la red social más popular del mundo, fue edificada, si bien la motivación original fue un arrebato emocional de Zuckerberg. El crecimiento exponencial de su popularidad, la cual supone una séptima parte de la población mundial, permitió probar lo que Frigyes Karinthy imaginó en “Chains” y que el propio sitio de Internet perfiló en el año 2011 con la publicación del estudio “Anatomy of Facebook”: son necesarias un mínimo de cinco conexiones y un máximo de siete para enlazar a dos personas en el mundo, no importa si una de ellas es un lustrabotas que vive en Madrid y la otra el Presidente de los Estados Unidos.

En la práctica, empero, los usuarios de Facebook no se decantaron por demostrar la teoría de los “seis grados de separación” sino que, al igual que Zuckerberg, fueron un poco más allá. “¿Qué habrá sido de aquel novio, de aquella amiga, de aquel amante, de aquel idiota que conocí hace tantos años?”, se preguntó el mundo. Para hallar la respuesta bastaba con teclear su nombre en el espacio de búsqueda. Y ¡voilá! diez, veinte, treinta años se recorrían a la velocidad de la luz.

Amigos de la infancia, novias de la escuela secundaria, amores platónicos, enemigos eternos, todos –en realidad casi todos– mostraban su nuevo rostro: el rostro de los años perdidos, olvidados o simplemente justos. Facebook era una maravilla. Y Mark Zuckerberg un genio.

Al menos eso fue lo que pensamos al principio.

La red social semejaba una suerte de máquina del tiempo, una nave espacial que le daba vuelta al universo y te depositaba en un rellano del pasado: el sitio en el que fuiste feliz, aquel absurdo instante en el que lloraste, el recuerdo en el que te volviste loco o ese en el que repentinamente recuperaste la cordura.

Yo he viajado a ese “pasado” muchas veces y la mayoría me he decepcionado. Muchos de esos recuerdos están rotos, algunos más son ruinas, los menos permanecen casi inalterables y pocos, muy pocos, conservan el resplandor de las maravillas.

Dice el diccionario que un algoritmo es un conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema. ¿Cuál es entonces el problema del presente que nos insta a través del algoritmo de Facebook a demostrar la teoría de los seis grados de separación y a viajar continuamente al pasado?

Cuando Karinthy, Kochen, De Sola Pool, Milgram, Guare, C. Tjaden, Watts y Zuckerberg pensaron lo que pensaron e idearon lo que idearon, estaban imaginando y edificando el futuro.

Cuando nosotros, todos –más de 1,000 millones de usuarios–, ingresamos un nombre en el buscador de Facebook y oprimimos la tecla “enter”, viajamos al pasado con una sonrisa en el rostro esperando encontrar una sonrisa tan diáfana como la nuestra.

Pero el algoritmo del pasado, calculado a partir de la historia y seis grados de distancia, es matemáticamente cruel y perverso: no viajamos al pasado sino al futuro del pasado.

Es decir, al presente.

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