El primer beso

Por ANDRÉS TAPIA

Una noche de hace algunos años, acordé encontrarme con una amiga tan pronto ella terminase con una traducción que realizaba. Dijo que concluiría avanzada la noche o quizá de madrugada; le respondí que la esperaría. Sin embargo, para matar el tiempo, decidí aceptar la invitación de otros amigos para asistir a un bar cercano a la casa de ella.

Las horas pasaron y con ellos las copas. Los teléfonos móviles ya existían, pero no eran moneda corriente. Entrada la madrugada, salí del bar y busqué una caseta telefónica para llamar a mi amiga y preguntarle si había concluido su trabajo. En la esquina del bar, frente a uno de los más hermosos parques de la Ciudad de México, había una ocupada por una chica. Me acerqué hasta ahí y me situé detrás de ella.

Aunque me hallaba a una distancia prudente y respetuosa, escuché la conversación que sostenía. Llanamente le suplicaba a un chico que fuese al bar, que quería verlo, que estaba esperándolo. La chica era hermosa. Tanto, que cuando me di cuenta que empezaba a suplicar, con el desenfado que te regala el alcohol, le dije: “Déjalo, amiga, no le ruegues, tú no tienes por qué suplicarle a nadie”. Ella me miró, entonces. Y sonrió.

Lo que hice a continuación no estaba en mi mente, en mis planes o en mi deseo, fue tan sólo un impulso vagamente calculado: la besé.

Los hombres solemos ser estúpidos la mayor de las veces. Mi acción suponía un estado de estupidez mayúscula. Besar a una desconocida, si bien no a la fuerza, no es un acto común, incluso en el apogeo de la decadencia de Occidente. Empero lo hice. Y fui correspondido.

Mientras su amigo aún permanecía en la línea, aquella chica y yo comenzamos a besarnos hasta que, sin mediar palabra alguna, ella colgó la bocina y abrazó mi cuello. Yo la sujeté por la cintura, jamás con la soberbia del macho vencedor, y permanecimos ahí durante varios minutos, sin preguntarnos ni decirnos nada.

Volvimos al bar, quizá tomados de la mano –eso no lo recuerdo–, y ya delante de sus amigos y los míos, aquel impulso primitivo disminuyó su intensidad. Nos volvimos a besar, pero ahora el mundo nos observaba, y la inocencia, pasión, instinto o lo que haya sido que nos impulsó en un primer instante, velada y gradualmente se evaporó.

Hace un día (a partir de la fecha de publicación de este texto) circula en Internet y redes sociales un video llamado First Kiss de una novel cineasta llamada Tatia Pilieva. Más que un video es una suerte de experimento social: Pilieva solicitó a un grupo de personas que no se conocían entre sí, se besaran en parejas delante de su cámara. Sin especificar si existió un método para “casar” a las parejas, hombres y mujeres, mujeres y mujeres, hombres y hombres, acceden a besar a un desconocido o desconocida.

El video se viralizó. Al momento de escribir estas líneas, cerca de 21 millones de personas lo han visto. Y seguramente esa cifra se duplicará y triplicará mañana, pasado mañana y así sucesivamente.

Estéticamente el video no es extraordinario. Tampoco lo es si se alude al arte como fuerza motriz del mismo. Sin embargo, desde un punto de vista antropológico, es posible que el experimento de Pilieva alcance dimensiones insospechadas.

Todos los participantes entablan contacto verbal antes llevar a cabo lo que previamente aceptaron: besar a un desconocido. Desde presentarse, decir su nombre, quejarse por no conocer el nombre de su antagonista, hasta decir cosas estúpidas como “¿podrían apagar las luces?”, los protagonistas exhiben no sólo un pudor que en los tiempos actuales luce extraño y anacrónico, sino una suerte de candor e inocencia que sólo se corresponden con el escepticismo y el asombro.

Al final todos se besan (para eso están ahí), y lo hacen ejecutando las mismas acciones, los mismos gestos, el mismo ritual y los mismos ademanes: unos brazos abrazan un cuello, otros brazos rodean una cintura; cuatro ojos que se cierran y dos cuerpos que parecen fundirse.

La Encyclopaedia Britannica refiere que el acto de besar es un incentivo a la disposición sexual y, entre los primates, una acción única que sólo ejecuta el llamado Homo Sapiens, acaso producto de la posición erguida que detentan estos individuos, del alto grado de comunicación que se desprende del estar cara a cara con otro ser de la misma especie, y de la disponibilidad de las extremidades superiores de asir (abrazar) al contrario.

Un estudio realizado por la Universidad Estatal de Nueva York en Albany, coordinado por el psicólogo evolucionista Gordon Gallup, afirma que el acto de besar es definitivo en una relación de pareja y que, esencialmente, tiene mayor importancia para las mujeres. De acuerdo a dicho estudio, “los hombres besan para conseguir un fin”; las mujeres, en cambio, “para evaluar a una pareja así como establecer y monitorizar el estatus de su relación, y considerar el nivel de compromiso de un hombre (tales estudios han sido publicados en el portal de Internet Evolutionary Psychology)”.

El estudio de Gallup también refiere que las mujeres son menos propensas a tener sexo con un “mal besador” que los hombres con una “mala besadora”, y que el acto de besarse “es parte de una estrategia, muy evolucionada, de cortejo entre los seres humanos”.

No lo recuerdo ni lo puedo precisar, pero estoy seguro que el primer beso que recibí fue de mi madre. Y que el primer beso que di, o connato de él, fue a ella misma. En cambio, enfrentado algunos años después a la pubertad y al fin de mi niñez, no sé a quién le di el primer beso: si a Carmen, Berenice o Diana.

No las olvidaré nunca, por supuesto, a ninguna de ellas, pero ciertamente hoy me cuesta tanto recordarlas.

En cambio, a aquella chica que una madrugada llamaba por teléfono –en una caseta de la Ciudad de México– a un amigo, un novio, una obsesión o simplemente una mala idea, y le suplicaba se hiciese presente en su vida, la recuerdo todos los días y todas las noches de mi vida.

No porque me hubiese enamorado de ella, no porque fuese la mujer más hermosa que he conocido, ni porque me hubiese besado como nadie.

La recuerdo, simplemente, porque tuvo los arrestos de corresponder al beso infantil, iconoclasta y comprometido de un extraño.

Un niño, un adolescente, un hombre al que después de esa noche no volvería a ver jamás…