La agente federal no sonríe

Por ANDRÉS TAPIA

Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Marzo 17, 2014.

19:00 horas.

Una agente federal de aproximadamente 1.65 metros de estatura, me detiene tras haber superado el semáforo del control de aduanas. En México se práctica una inspección aleatoria para detectar el ingreso de mercancías susceptibles de pago de impuestos al país. Dicha inspección es muy simple: un panel electrónico exhibe un botón de color rojo que los recién llegados, nacionales o extranjeros, deben oprimir luego de haber sometido a un scanner todo el equipaje que portan consigo. Si luego de oprimir el botón la pantalla se ilumina de color verde, el viajero obtiene un salvoconducto para evitar la inspección; si en cambio es rojo, deberá someter todo su equipaje al escrutinio de los “feds”.

Yo obtuve el salvoconducto electrónico aleatorio. Pero la agente, una mujer regordeta, ni fea ni bonita, con anteojos de graduación mediana y una blusa azul de manga corta con el logotipo de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa es el acrónimo, pero, si se analiza, no es exacto… ¿qué es exacto en México) decide que mi persona y mi equipaje es objeto de revisión.

–¿Porta comida con usted?

–No, comida no: traigo café.

–Nada de comida…

–No… bueno, quizá le he mentido, traigo conmigo dos botellas de whisky, para mí eso es alimento.

En los Estados Unidos, por ejemplo, un agente de aduanas hubiese reído. La agente mexicana sólo hace una mueca. Y ordena:

–Abra su maleta.

La agente ignora mi mochila, las bolsas con los souvenirs, el café y la botella de Jack Daniel’s Master Distillers que recién adquirí en el aeropuerto. Su interés se concentra en mi maleta. Yo retiro un candado; ella desanuda unas correas y procede a inspeccionar mis objetos personales.

En la parte superior se hallan unos jeans Levi’s que remueve. Debajo de estos, dos correas sujetan mi ropa y algunos obsequios del patrocinador de mi viaje. La agente remueve las correas y, una a una, inspecciona mis prendas. Una camiseta color rojo de Nike huele mal (la utilicé para correr dos días en Cartagena), su olfato de sabueso, empero, no parece dar acuse de recibo. La mujer extrae mis camisas (perfectamente dobladas como si formasen parte de un aparador de Ralph Lauren, aunque ciertamente sucias), las desdobla, las coloca sobre la plancha, y luego hace lo mismo con las camisetas, con mis calzoncillos y con mis medias.

En un par de éstas percibe algo. Y yo percibo que, a pesar de que porta guantes, siente un poco de asco (pues qué demonios: corrí 13 kilómetros y secreté sudor y feromonas):

–¿Qué trae aquí? –pregunta.

No le digo, por supuesto, que hace unos años, en un viaje a Francia, alguien abrió mi maleta y me robó un encendedor Zippo que oculté entre mis prendas.

–Un encendedor, un Zippo, con un grabado de la portada de Abbey Road, de Los Beatles… ¿a poco no es lindo?

La agente, nuevamente, no sonríe.

Finalmente, escudriña dos bolsas que contienen mis zapatos y extrae una caja con una botella de Johnnie Walker Blue Label con mi nombre grabado.

–Me la regalaron en el viaje –le digo–, y tiene mi nombre. Mire: Andrés Tapia, ese soy yo.

La agente, nuevamente, no sonríe.

Luego de eso, la mujer reincorpora mis prendas y posesiones dentro de mi maleta… pero con los modos de una amante despechada en las películas hollywoodenses. En ese momento el que no sonríe soy yo:

–¡De esa manera no van a entrar mis cosas!

La agente, entonces, ejecuta su venganza: sin decir una palabra, coloca mis jeans sin consideración, mesura ni decencia y se marcha. Aplasto todo con violencia (menos la botella de Johnnie Walker, por supuesto), y hago ademanes de disgusto enfrente de al menos una docena de agentes federales mexicanos.

Los vuelos que proceden de Centro y Sudamérica que arriban a México, son objeto de un singular y detallado escrutinio (valga la tautología) por parte de las autoridades federales. Durante las últimas tres décadas del siglo XX y la primera del XXI, a México han ingresado tantas toneladas de distintas drogas procedentes de esas regiones –muy específicamente de Colombia–, que situaciones como la que viví hace el lunes pasado son el pan de cada día y no deben ofender ni incomodar a nadie.

Es sólo que a mí, hoy, me incomodan.

Joaquín Guzmán Loera, alías El Chapo, el narcotraficante más buscado del mundo, se fugó de una prisión mexicana de alta seguridad en el año 2001. Reaprehenderlo tomó 13 años.

En todo ese tiempo se gestó una guerra de cárteles en México que costó la vida de miles de personas –una gran mayoría, sin duda, criminales; otros tantos, también miles, inocentes–. El gobierno mexicano, vestido de distintos colores que van de un azul desteñido a un tricolor cursi y a un amarillo incandescente pero intrascendente, ha sido incapaz de contener, minimizar y detener la violencia generada por ese flagelo llamado narcotráfico que en el pasado asentó su imperio en Colombia, y hoy lo hace en la región que se localiza entre Belice, Guatemala y los Estados Unidos.

Hace apenas unas horas, se filtró una noticia que asegura que el Cartel de los Caballeros Templarios, ubicado en el estado mexicano de Michoacán, practica el secuestro, asesinato y tráfico de órganos de niños. Suena tan perverso e indecible, que ninguna persona decente quisiera dar crédito a tales rumores. Pero cuando en México, a través de Internet, se han visto decapitaciones, torturas, secuestros, ejecuciones y existe el antecedente de dos masacres de migrantes –una de 193 personas y otra de 72–, el escepticismo es un lujo que ya nadie puede darse el lujo de pagar.

Capturado el Chapo Guzmán, resuenan los vítores a los héroes que le sometieron. Los periodistas mexicanos Carlos Loret de Mola y Ciro Gómez Leyva, entre muchos otros, niegan la participación de fuerzas de seguridad estadounidenses en el operativo que consiguió detenerlo. Sin embargo, no dicen nada respecto a la complicidad entre narcotraficantes y gobierno (municipal, estatal, federal, o todos juntos) que debió existir –que debe existir– para que Guzmán Loera haya conseguido horadar túneles por debajo de ciudades que le permitieron escapar una y mil veces.

La agente federal, disfrazada de funcionaria de la Sagarpa, que me detuvo en el Aeropuerto de la Ciudad de México e inspeccionó y desordenó mi maleta, sólo hacía su trabajo: investigar a personas decentes que parecen indecentes (oh, sí, yo soy eso y me enorgullezco: una persona decente que parece indecente).

Pero que inspeccionen a Genaro García Luna, ex secretario de Seguridad Pública en el gobierno de Felipe Calderón y eterno defendido de Ciro Gómez Leyva, Carlos Marín y Carlos Loret de Mola: una persona indecente que parece decente.

Les juro que, si lo hacen, se hallará algo más que whisky en su maleta.

Y entonces, quizá, la agente federal al fin habrá de sonreír.

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