Flor de azalea y un Dodge blanco en la carretera

10955916_1054322247926795_148657232_n

Por ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA

Para mi hermanita, para mi madre

Cuando las tristezas apabullan, ni siquiera se sabe por dónde comenzar. Si algún idiota me lo hubiera sugerido a manera de terapia los días posteriores a los que ocurrió el funesto hecho, cuando nos dimos a la imperiosa tarea de llorar tanto y tanto frente a lo que era tu cuerpo ya vacío, seguramente habría ignorado su sugerencia. Ni siquiera me lo propuse yo que tan altanero soy con las palabras y que encuentro cualquier pretexto, bueno o malo, para escribir. A fin de cuentas hay que aceptar que frente a un muerto uno se queda tan seco como lo que poco a poco también se va secando en él. Quizás debería comenzar con el tiempo. De cualquier manera, los sucesos siempre terminan por verse distinto desde la óptica que nos brinda lo intangible de nuestra formación como seres humanos.

Este 17 de enero cumpliste siete meses en que la vida dejó de revolotear en cada uno de tus pensamientos. Y han ocurrido tantas cosas desde entonces que otra manera de comenzar sería contártelas, tal y como lo hacía cuando de niño hablaba y hablaba hasta que me pedías guardar silencio. Lo paradójico de tal anécdota es que incluso así presiento lo mucho que nos faltó por hablar. Porque nos hizo falta. Si llegaba el domingo, durante el desayuno, los partidos de futbol del sábado anterior eran el tema. Nunca te enteraste que ni siquiera me gusta tal deporte, que no soporto ver un partido más allá de unos cuantos minutos sin que me quede dormido. Sin embargo, durante la semana me daba a la tarea de leer una que otra sección de algún periódico deportivo, veía con curiosidad la tabla de calificaciones, los partidos próximos, y hasta me aprendía el nombre del jugador que había metido el mejor gol de la jornada, o el de aquel que se perfilaba como campeón en otra de las tablas, la de goleo. Esa tarde el partido de México contra Brasil fue toda una sorpresa en cuanto al resultado. Si tú la alcanzaste a celebrar es algo que ya jamás sabremos. Si fue así, seguramente te fuiste contento, ya casi moribundo en esa cama desvencijada desde donde con trabajos veías la televisión.

Había otros temas para el desayuno de los domingos y uno de ellos era el box. Hasta la fecha procuro no perderme las funciones de los sábados por las noches, y lo hago no porque me guste el pugilismo, sino por la nostalgia que me provoca el reconocer entre esos dos hombres que se agarran a golpes uno más de tus gustos.

Con la música ocurre lo contrario, ya que ahí sí coincidíamos en nuestras preferencias. Si por alguien llegué a la música fue porque cuando yo era niño apareciste con un paquete de discos de música clásica que, tan luego abrirlo, te diste a la tarea de poner en el enorme estéreo Stromberg Carlson que meses antes habías adquirido en mensualidades en una de las tiendas Salinas y Rocha. Y si por alguien llegué a Javier Solís fue porque con sus boleros rancheros nos amenizabas las salidas a carretera en ese Dodge 68 blanco que tanto cuidaste. Hay ocasiones en que cierro los ojos y vuelvo a mirar ese paisaje como lo hacía entonces: casi trepado en la orilla de la ventana, mirando pasar el verdor de los árboles siempre aguijoneados por las luz del sol del medio día. Para mí era una recompensa que los domingos decidieras salir con nosotros en el coche, tomar la carretera libre a Cuernavaca, encontrar una zona despoblada y recostarte en una sábana en compañía de mi madre mientras yo, junto con mis dos hermanos, nos dedicábamos a correr, a sentirnos libres, a alzar los brazos, a dejar que el sol nos golpeara en el rostro, a reírnos por cualquier tontería y luego entristecer cuando nos decías que ya era hora de regresar a casa.

Siete meses. El tiempo. Quien dice que se va muy de prisa sin que nada se pueda hacer se engaña, pues uno de los mecanismos que inventó el hombre para aprisionarlo en el principio de los días es la memoria, de ahí que en realidad somos más recuerdos que tiempo, y éste permanece inmóvil cuando consigues recurrir a él una y otra vez, lo mismo que se hace con una fotografía. No hay reloj que valga entonces y las manecillas hacen de alfileres en cuyas puntas se sostienen los instantes que conseguimos colgar de un gran muro, o en las paredes de una galería, porque si se quiere hay hasta quien presume de los buenos o de los malos recuerdos. Fue lo que hice cuando tú decidiste que era la hora de partir: la maldita diabetes comenzó a aniquilarte, ya no hacías sino padecer en silencio y cuando la ceguera empezó a poblar tu mirada supiste que lo mejor era largarse o apagar la luz del todo. Ya lo ves, junto con Séneca, quien también murió con muchas dudas a pesar de ser el gran hombre que fue, podemos ahora coincidir con lo que opina del tiempo en sus tratados morales: no es que el tiempo del hombre sea poco; lo que ocurre es que desperdicia mucho, y he aquí una de nuestras peores condenas existenciales.

Tras mucho pensarlo, ese día llegué a casa con la idea en la cabeza. Sólo quien se ha visto frente a los procesos de la escritura sabe que éstos se presentan como ligeras pulsaciones que terminan por volverse incontrolables, que se vuelcan sobre ti tan sólo para obligarte a emprender una actividad cuya importancia radica en que es una más de las expresiones con las que contamos para intentar explicarnos un mundo cada vez más ajeno a nosotros. No era por obligación que tenía que escribir algo para ti y en un momento dado me llené de tantos y tantos ejemplos cuya temática nos habla de la relación entre los padres y los hijos que estuve a punto de desistir. Pero era mi única forma de agradecerte en la distancia. Las tantas y tantas lecciones, buenas y malas, que nos brindaste con tanto empeño. Lo único con lo que contaba era con el aliento y las pulsaciones, mis únicas herramientas para componer fallidamente el mismo mundo que habías abandonado tras hundirte en la tierra, en un cementerio de quinta, donde para fortuna hay un gran roble que te cubre un poco del sol.

Me senté frente a tu fotografía, aquella que me obsequió mi hermana los días posteriores a tu muerte, abrí la libreta de pasta verde, tomé el bolígrafo y lloré, lo hice como hace mucho no lo había hecho; no conseguí escribir nada, eso si no es que las lagrimas también consiguen hacerse palabras. Fue cuando realmente sentí tu ausencia. Llegué a la conclusión de que entre todas las ausencias, las peores son las que se convierten en un cáncer que te carcome poco a poco, incluso cuando intentas engañarte y crees que ocurre de golpe. Como el suero del deshidratado, a cuentagotas, así cae la ausencia de un padre, lo entendí porque luego de aquel episodio no hice sino beber de ahí y embarrarla hasta el hartazgo en mi mirada: todo un mar que se persigue y que termina como río frente al monumento del primer hombre que conociste.

Te despedí con la canción “Flor de Azalea” en la voz de Jorge Negrete. Me gusta inventarme la historia y luego contarla a los demás: tú me dices que con esa canción enamoraste a mi madre y no dejaste de tocarla con tu guitarra hasta el último momento, incluso con la voz ya quebrada por el cigarro y el alcohol; cada que escuchábamos en casa la tonada desde tu recámara te sabíamos más vivo y alegre que nunca.

Te alcanzaste a despedir de todos y al parecer no dejaste ningún asunto pendiente antes de morir. Por ejemplo, cierta noche de domingo, sentados en la sala mi madre y tú, le pediste que bailaran el danzón que en ese momento interpretaba una orquesta en el programa musical de Jorge Saldaña. A mí me lo contó mi madre, y eso me basta para recrear la escena en mi imaginación.

Querido padre: siete meses tiene que partiste y, contrario a lo que tú fuiste, yo aún tengo muchos pendientes antes de morir, tal y como dicen que se quedan los vivos frente a los muertos, con las armas abajo porque comprenden que ya no volverán a verse sino hasta que aguante la memoria. Procuro sanar uno de esos pendientes y no hay día en que no hable contigo en ese otro lenguaje, paralelo al real, que nos dimos a la tarea de inventar para acariciar con mayor consistencia a las personas que queremos: los pensamientos. Entonces te platico de las cosas de por acá, pongo algo de Jorge Negrete o de Javier Solís, te vuelvo a admirar como el hombre que eras de carne y hueso y comprendo que así como existen tantas y tantas historias, no habrá una que se le parezca a la de un hombre que aún tiene muchos pendientes antes de morir.

Pero escribir y hablar con su padre, ya no.