El hombre que disparaba a los aviones

Por ANDRÉS TAPIA

Cursaba los estudios universitarios en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García cuando, una noche, el entonces director de la misma, Manuel Pérez Miranda, contó a la clase una historia extraña a propósito de no puedo recordar porqué. Era algún momento de la década de 1960 –quizá finales– y los técnicos, operadores y personal especializado del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México notaron que algunos de los aviones que aterrizaban por la noche, exhibían en el fuselaje notorios orificios ocasionados por balas. “¿Qué demonios está ocurriendo?”, se preguntaron.

Las huellas dejadas por los proyectiles no eran profundas y en ocasiones ni siquiera horadaban el acero. Eso les dio una pista: quien dispara a los aviones lo hace desde una distancia en la que no puede dañarlos seriamente, aunque, al mismo tiempo, para poder “herirlos” se encuentra muy cerca.

Se procedió a una investigación en base al daño, la trayectoria y la capacidad de alcance de las armas disponibles entonces. La misma concluyó con la siguiente hipótesis: quien dispara a los aviones lo hace desde la azotea de un barrio muy cercano al aeropuerto, lo cual delimitó la busqueda del responsable (el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México contaba sólo con una pista entonces y una única trayectoria de aproximación) a unas diez cuadras.

Se entrevistó a los vecinos, se les preguntó si escuchaban disparos, y la mayoría no pudo responder con certeza. Sin embargo, la investigación los puso en alerta. Así, un día alguien descubrió a un hombre con un rifle que subía todas las noches a la azotea de un edificio y disparaba al cielo.

El hombre fue detenido. Cuando se le preguntó porqué disparaba a los aviones, llanamente respondió: “Tenía un hijo, estaba muy enfermo, padecía una condicion clínica que lo hacía vulnerable a los ruidos. Y el ruido de los aviones lo alteraba; el ruido de los aviones lo mató”.

El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México se encuentra dentro de la ciudad… Poco importa que se trate de uno de los bordes de la misma: cuando un avión desciende, la mitad de los habitantes de la ciudad lo notan por el ruido que provocan sus turbinas y por la trayectoria que sigue. Consecuentemente, los habitantes de los barrios cercanos al aeropuerto tienen que padecer el sonido de las turbinas de un avión, en promedio, cada tres minutos. Y en las inmediaciones del aeropuerto puede resultar insoportable.

La palabra resiliencia, de acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española, tiene dos acepciones: 1. f. Psicol.: Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. 2. f. Mec. Capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación.

El pueblo judío, sometido al Holocausto –a propósito del aniversario 70 de la liberación del Campo de Exterminio de Auschwitz que tuvo lugar ayer–, es el ejemplo por antonomasia de la primera. Pero habiendo visto morir a seis millones de personas, los judíos dijeron “nunca más” y hoy se han protegido a niveles muy criticables y execrables en cuanto a su política de conservación. Ese, empero, no es el asunto a discusión.

Te golpean, te humillan, te matan, te vuelven basura y, un día, por el más mínimo instinto de conservación que le es facultado a un ser humano poseer, éste se rebela. Y dice: “No más”.

Los habitantes de México, los mexicanos, poseemos una capacidad de resiliencia similar o mayor que la de los judíos. Pero, a diferencia de ellos, no sabemos decir no. Ni a la maldad ni a la bondad (ahora bien, hay muchos judíos mexicanos que han adoptado nuestros muy retorcidos usos y costumbres).

Llegado a este punto, debo decir que me gustaría tocar temas mucho más profundos y trascendentes que el que tocaré. Pero no. No es la sempiterna corrupción del Estado mexicano; tampoco las demandas justas, desorbitadas e ingenuas de quienes piden justicia por la desaparición y muerte de sus hijos, hermanos, padres o amigos; y mucho menos situaciones y circunstancias menores que, no obstante, enfatizan, subrayan y apuntalan los defectos endémicos del mestizaje cultural que tuvo lugar en México alrededor del año 1500 de la era cristiana.

Al igual que el hijo del hombre que disparaba a los aviones, yo no soporto el ruido. Y el ruido en la Ciudad de México es insoportable.

En El mundo como voluntad y representación, un texto idealista, nihilista y realista del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, en algún pasaje se deja entrever al ruido como un asesino de las ideas.

Schopenhauer estaba loco. Pero era un loco genial. Y estaba tan loco que el ruido que producían los cascos de los caballos y las ruedas de las carrozas que transitaban por su calle, lo trastornaba. Muchos alemanes son así: habituados a un silencio sólo comparable con el que puede concebirse en el espacio exterior, pueden adoptar la psicosis de un asesino serial a partir del zumbido de una mosca. Pero los alemanes no me importan, me importan los mexicanos… porque soy uno de ellos y convivo todos los días con ellos.

Recuerdo vívidamente el verano de 1984. A mi hermosa novia Bettina, la mudanza que mi familia realizó ese año, mi tránsito de una escuela de ciencias matemáticas a una de ciencias humanitarias, y los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, California. Todo eso y mucho más, “amenizado” por la voz, expandida a través de un altavoz, de un individuo que ofertaba varias veces al día “tamales oaxaqueños”,  un producto de la gastronomía mexicana oriundo del estado de Oaxaca… me explico.

Como cualquier vendedor furtivo e itinerante, un individuo o grupo de individuos decidieron que para vender una de las joyas de la gastronomía de Oaxaca, podrían valerse de una grabación y un altavoz para vender sus productos de calle en calle. La idea no era precisamente original: años antes,  un vehículo que vendía helados y gelatinas pasaba por la calle de mi casa los días sábados y para anunciarse hacía sonar una melodía ejecutada por campanas.

Tampoco era una idea original. Los afiladores de cuchillos se hacían anunciar haciendo sonar un silbato de varios tonos, y los vendedores de un tubérculo llamado camote en México (batata en algunos países de América del Sur) hacían (hacen) sonar un silbato tan agudo y brutal que te destemplaba (destempla) los dientes.

Pero, original o no, llevo escuchando al tipo que vende tamales desde hace 30 años. Treinta años de la misma historia con alguna variación sónica. Chicos de no más de 20 años que recorren la Ciudad de México en bicicleta con un altavoz montado en ella, ofertando tamales que sólo unos pocos inciertos compran.

Además del extraviado de la voz de los tamales, un individuo que ha llegado a pedir regalías por el uso indiscriminado de su voz (¿no es México el país más absurdo de la Tierra?), hoy en día se ha vuelto popular la voz de una niña que compra todo lo posible y lo inimaginable, y que nos ha vuelto, a todos los habitantes de la Ciudad de México, potenciales asesinos en serie (oh, sí, no soy el único que quiere callarla). Eso sin contar, por supuesto, los ruidos habituales: autos, obreros trabajando, pésimos músicos callejeros, etc.

La resiliencia de cada individuo tiene un límite. Al menos la mía lo tiene. No puedo más asumir con flexibilidad situaciones ruidosas y sobreponerme a ellas.

Claridosos y ruidosos, los mexicanos necesitamos al ruido para existir porque somos incapaces de escuchar el silencio de nuestros pensamientos. En el ruido que nos vuelve sociópatas, encontramos la clave para vivir: si no gritamos nadie nos escuchará. Pero en esa dialéctica absurda, nos volvemos sordos cada día.

“Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos”, escribió alguna vez Carlos Fuentes. No imagino a nadie disparando a las bicicletas o a las camionetas de la gente que hace sonar las grabaciones de un hombre y una niña que lo mismo venden y compran lo que nadie quiere.

Pero alguna vez existió un hombre al que sí puedo imaginar y cuyo hijo murió por causa del ruido. Un hombre que, por las noches, disparaba a los aviones.