Mi cuaderno Moleskine (o el déficit de 10 euros)

Por ANDRÉS TAPIA

Una madrugada de otoño del año 2003, un alemán llamado Phillip Kuebart halló en un asiento de la línea 1 del U-Bahn de Berlín, un cuaderno de notas Moleskine de tapas afelpadas color gris. Pertenecía a un extranjero que la noche anterior se había emborrachado en un bar español del barrio de Neuköln y que, semiadormilado, dejó caer de una gabardina Hugo Boss de color caqui que había comprado casi tres años antes en París.

Kuebart no hablaba español, pero sí inglés, de modo que al día siguiente escribió a la dirección de correo electrónico que aparecía en la primera página del cuaderno y en la que, también, el dueño de la misma ofrecía una recompensa de 20 euros si, en caso de extravío, alguien la devolvía.

“I found your ‘Tagebuch’. I have not a handy number, but you can write me or call my friend Hannes (0179-9843818) to give it you back. Phillip”.

El extranjero leyó aquel mensaje la noche de ese día en un ordenador público localizado en el cuarto piso de la librería Dussmann, la cual aún existe en el número 90 de la Friedrichstraße, a tan sólo unos pasos de la avenida Unter den Linden. El extranjero le respondió a Kuebart agradeciéndole, pero no pudo recuperar el cuaderno: se marcharía de Berlín a la mañana siguiente. Sin embargo, le contó que tenía una amiga en Berlín, Araceli Vicente, y le aseguró que ella le llamaría para recuperarlo.

Unos días más tarde Araceli contactó a Kuebart, pero ella nunca se presentó a recoger el cuaderno: fue el propio alemán quien una tarde llamó a la puerta de su apartamento en Neuköln para entregarlo. “Esto le pertenece a tu amigo”, dijo sin reclamar la “recompensa” de 20 euros. Y se marchó.

Aquel cuaderno que el año 2002 el extranjero adquiriese en la tienda del Judischës Musem de Berlín, atravesó el Océano Atlántico y volvió a su dueño unos meses más tarde: un amigo común (Yaotzin Botello) que se había enamorado de una alemana fenotípicamente atípica (Wiebke Hollersen) fungió de intermediario.

Entonces la marca de cuadernos Moleskine no se conocía en México. Poseer uno de ellos equivalía al descubrimiento y posesión del vellocino de oro. Bruce Chatwin, el escritor y viajero inglés fallecido en 1989, fue de un modo romántico e indirecto el promotor de su actual fama.

En el libro The Songlines, un relato que entremezcla ficción y realidad, Chatwin narra un viaje a Australia en el que en un apartado cuenta la historia del cuaderno Moleskine.

“En Francia estos cuadernos son conocidos como carnets moleskines. ‘Moleskine’, en este caso, se refiere a sus cubiertas negras de imitación piel. Cada vez que visitaba París, solía abastecerme de una buena dotación de ellos en una papelería ubicada en la Rue de l’Ancienne Comédie”.

Como la decencia y la honorabilidad, los cuadernos Moleskine fueron haciéndose cada vez más difíciles de conseguir: así se lo hizo saber una mañana la dueña de la papelería a Chatwin cuando éste, en vísperas de su viaje a Australia, le solicitó un ciento.

Ella prometió llamar a la ciudad de Tours, la capital del departamento de Indre-et-Loire, donde una familia aún seguía fabricándolos, y lo citó a las 17:00 horas de ese día en la Brasserie Lipp, el famoso restaurante localizado en el numero 151 del Boulevard Saint Germain.

Cuando aquella mujer entrada en años se presentó ante él, llanamente le dijo que el proveedor había muerto y que sus herederos habían vendido el negocio. Acto seguido se quitó sus anteojos, “y con un dejo que parecía de luto”, anunció a Chatwin: “Le vrai moleskine n’est plus” (el auténtico moleskine no existe más).

Como cualquier escritor que se precie de serlo, Chatwin describía a la realidad y a fuerza de adornarla también la alteraba: The Songlines es, quizá, el mejor ejemplo de ello. Sin embargo, excepto admiración, fetichismo y redención, no tenía ninguna otra razón para falsear la historia de los cuadernos Moleskine, a los cuales él solía signar en la primera página con su nombre, dirección, número telefónico y la oferta de una recompensa en caso de extraviarlos (“Perder un pasaporte era la última de mis preocupaciones; perder un cuaderno era una catástrofe”, escribió).

Hacia finales del otoño del año 2009, vi con mi amiga y cómplice Adriana Amezcua, la película París (Cédric Klapisch, 2008), protagonizada por Juliette Binoche y Romain Duris. Cuando la película terminó, abandonamos la sala discutiendo la premisa de la misma: un bailarín (Duris) es diagnósticado con una enfermedad terminal que requiere de un transplante de corazón que puede o no salvarle la vida. Su hermana (Binoche) al enterarse de esto se presenta en su casa y lo increpa por no haberle avisado a tiempo. Él le responde llanamente: “Voy a morirme y aun así me regañas”.

Adriana y yo no tuvimos tiempo para más. Descendíamos unas escaleras eléctricas cuando percibí cierta ominosa liviandad sobre mi hombro izquierdo: mi mochila, mi backpack, no estaba conmigo. Regresamos corriendo a la sala… pero ahí no había nada. Mi pasaporte, mi iPod, una cruz islandesa labrada en plata con una cadena del mismo metal, una navaja suiza, dos libros, varias revistas, y dos cuadernos Moleskine, uno de los cuales contenía apuntes realizados ex profeso en Londres el verano de ese año para la escritura de una novela, habían desaparecido. El otro era un cuaderno viejo que tenía siete años de antigüedad y que, tiempo atrás, un alemán llamado Phillip Kuebart encontró en un vagón del metro de Berlín y tuvo la decencia de devolverme sin pedir, a cambio de ello, lo que yo había ofrecido.

El sábado pasado perdí mi billetera en el más afamado de los almacenes de tiendas departamentales de México. Siete tarjetas de crédito, una de débito, mi licencia de conducir, 200 pesos y 10 euros se fueron al carajo mientras yo maldecía a mi país, a la mexicaneidad, y a ese malnacido que no fue capaz de devolverme mi mochila y mis cuadernos de notas Moleskine cinco años antes.

La mañana de ayer leí un mail que fue enviado pocos minutos después de haber perdido mi billetera: “Buenas noches señor Andrés, encontré su cartera en Palacio de Hierro en el área de Mango. Le dejo mi teléfono para que se comunique y se la pueda entregar”. Andrés Cruz

Andrés Cruz, un contador público que trabaja en la zona centro de la Ciudad de México, no fue propiamente quién encontró mi billetera: fue su hija, María Fernanda, una chica de 16 años que pretende seguir profesionalmente los pasos de su padre, quien lo hizo. Acompañada de su madre, Angélica Guzmán, una mujer de 51 que asegura que “los hijos son el reflejo de sus padres”, permaneció ahí durante algunos minutos a la espera de que alguien reclamara la billetera.

Pero Andrés las esperaba ya y tenían que irse. “¿Qué hacemos?”, preguntó la chica. Su padre, Andrés Cruz, respondió: “Cenaremos por aquí y le enviaré un email para que la recupere”.

Yo, mientras tanto, maldecía mi estupidez, mi mala suerte, y a la gente con la que me ha tocado vivir y convivir durante toda mi vida.

Ayer, a eso del mediodía, luego de anunciar la creación de una comisión que investigará si el presidente de México, su familia, y algunos políticos cercanos cayeron en un conflicto de intereses al adquirir residencias de una empresa beneficiada por el actual gobierno de México, Enrique Peña Nieto, ante el silencio que le prodigaron los periodistas que atendieron la conferencia de prensa cuando ésta termino, exclamó lacónico: “Ya sé que no aplauden…”

No aplaudí al alemán Phillip Kuebart cuando el año 2003 entregó mi cuaderno de notas Moleskine a mi amiga Araceli Vicente, porque excepto hacer lo correcto y ser una persona decente, él no hizo nada más.

En esa misma dialéctica de pensamiento, no tendría porqué aplaudir a unos padres y a una chica que encontraron una billetera y la devolvieron a su dueño. Pero lo hago, claro que lo hago, y ofrezco disculpas por mis prejuicios.

Es el otoño del año 2003 y un alemán que encuentra un cuaderno de notas de un mexicano en un vagón del metro, lo recoge y lo devuelve, no importa que su dueño se encuentre al otro lado del mundo

Es el otoño del año 2009 y un mexicano que encuentra una mochila llena de documentos y pocas cosas de valor, se queda con ella.

Es la mitad del invierno de 2015 y una chica mexicana de 16 años encuentra una billetera… lo único que le pasa por la cabeza es devolverla a su dueño.

En esta billetera que hoy me devuelven María Fernanda, Angélica y Andrés, guardo desde hace meses un billete de diez euros.

Me hacen falta diez más para cumplir con mi palabra y homenajear a Bruce Chatwin y a Phillip Kuebart.

Pero los conseguiré.