Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EUROPEAN SOUTHERN OBSERVATORY

Habituados a mirar las cosas de la Tierra, la mayoría de los seres humanos hemos visto aniquilada nuestra capacidad de asombro y la curiosidad que en tiempos antiguos permitió y posibilitó la navegación, así como el descubrimiento de la esfericidad de la Tierra, su íntima relación con la Luna, y sus movimientos en torno a sí misma y al Sol que, dicho sea de paso, suponen unidades de tiempo.

Basta con un simple vistazo en una noche clara para contemplar la presencia de Venus en el cielo, la más brillante de las estrellas que se observan en el firmamento, si bien por tratarse de un planeta no emite destello alguno: su luz, el reflejo del sol sobre su superficie, es plana y constante. Lo mismo ocurre con Júpiter, el planeta más grande del sistema solar, y en menor medida con Mercurio, Marte y Saturno.

Por ANDRÉS TAPIA

Pensarán que estoy loco, pero los edificios ya estaban ahí. Desiguales se proyectaban del asfalto a la noche y se escondían de ella o se perdían en su oscuridad. No había nadie esa ocasión. Y en realidad nunca hubo nadie. No tenían que exhibirse para existir. Cerradas las cortinas había que imaginarlos, crearlos a partir del devenir de sus siluetas. Y uno podía equivocarse. Ciertamente.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú despertaste con la sensación de su perfume entre tus ropas: aquella pesadilla harto repetida en que le hacías el amor dulcemente, cientos de veces, y ella besaba tus manos sumisa e infantil, con la devoción de una virgen recién desflorada, los cabellos alborotados, inciertos en su boca, la sangre y el agua de su himen descendiendo los muslos profanados, rosados, gentiles: piel de hembra y no de niña.

Alcanzaste los Gaulloises Bleus, el encendedor adjunto. Entre volutas de humo y el dolor de estar despierto, la fantástica realidad se plegó ante ti y no la descubriste a pesar de la certidumbre de los rayos de sol cuyo trazo al traspasar la persiana dibujaba la geometría invertida de una celda. Mecánico, hundiste una mano bajo el piyama y palpaste el símbolo de tu virilidad: tan fláccido como el tallo de una rosa muerta, casi frío, casi tibio, casi caliente, pringoso, absurdo en su mediana dimensión: incompleto –pensaste.