El tonto de la Cuauhtémoc

Por ANDRÉS TAPIA

Postrado sobre una piedra, las manos en descanso sobre ésta, la figura de un hombre mantiene su rostro (un rostro plano, inexpresivo, informe y vago) extraviado en algún punto que trasciende los árboles y los edificios que lo rodean. Lo que mira, sin embargo, está más allá de las nubes que cercan estos días el cielo de lo que alguna vez fue llamado la gran Tenochtitlan. Se halla en el infinito, en el universo, en el multiverso o en todo –nunca mejor dicho– eso junto.

No es un hombre en un sentido estricto, sino tan sólo la representación de uno. Una estructura colosal que desde hace 17 años permanece en un sitio conocido como Plaza Necaxa, justo en la intersección de las calles Río Sena y Río Pánuco, en el barrio de la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México.

En un costado de la base, escrito con la caligrafía errática de un niño, se lee: “Homenaje a Bertha”. En el mismo lado, pero en dirección noroeste, una signatura caprichosa y estilizada deja entrever un nombre y un año: “José Luis Cuevas. 2000”.

El nombre de la escultura es “Hombre mirando al infinito, homenaje a Bertha” y es obra de José Luis Cuevas, alguna vez el enfant terrible de las artes plásticas de México.

Esa piedra, ese hombre, esa escultura no tendrían nada qué hacer en una plazoleta menor (valga la tautología) situada en un barrio céntrico que en los últimos años se convirtió en el distrito financiero de la Ciudad de México. Un hotel, un restaurante, un Kindergarten y no muy lejos de ahí la Embajada del Reino Unido, le rodean circunspectos mas soberbios, a medio camino entre la indiferencia y la futilidad, acaso acostumbrados ya a su serena, insólita y silenciosa existencia.

A pesar de la polución que la asfixia, la Ciudad de México siempre ha sido un lugar sorprendentemente verde. Miles de árboles enmarcan las calles y las avenidas de los barrios más precarios o exclusivos. No ocurre así con el arte, el cual, desde el siglo XIX, estuvo destinado a ornamentar el imperial Paseo de la Reforma y los parques de algunos barrios adyacentes.

Sin el señorío aristocrático y snob de los barrios de la Condesa, la Roma o la Juárez, sin la pujanza económica que los inmigrantes judíos y los terratenientes victoriosos de la Revolución Mexicana impusieron a Polanco y las Lomas de Chapultepec, el barrio de la Cuauhtémoc –mucho más joven que los anteriores– ejerció el papel del pariente pobre al que por lástima o simpatía se le asignó un sitio para vivir y existir.

De eso a albergar una obra de arte, había una distancia tan indefinida e infinita como el universo mismo.

Bertha Riestra, la esposa de José Luis Cuevas y madre de sus hijas, falleció el año 2000. Su muerte no fue el catalizador de la etapa más azul y brillante de un hombre que en los hechos fue un provocateur, un niño mimado que a pesar de ello fue capaz de entrever la universalidad del arte mexicano contemporáneo, y que actuó en consecuencia en función de la soberbia en la que fundamentó su talento. Autodidacta, Cuevas se pertrechó detrás de una actitud, de un personaje, de una máscara, y eso le bastó para promover una ruptura con el establishment y apuntar a una nueva dirección.

Acaso fue un farol. Una apuesta arriesgada para darle sentido y profundidad al personaje que de sí mismo creó y del cual no estaba del todo seguro. Lo tacharon de payaso, de efectista, de provocador. Y acaso era todo eso, y mucho más. Pero también, a pesar de sí mismo, era un artista innato con una propuesta que contravenía los principios más sagrados de la idiosincrasia de México.

Isaac Masri, un odontólogo judío-mexicano y promotor del arte en México, es el responsable de que la escultura “Hombre mirando al infinito, homenaje a Bertha” esté situada en un sitio improbable, de abolengo reciente, en el que incluso las palomas no se detienen. Tras la muerte de Bertha Riestra, José Luis Cuevas creó esa figura de un hombre sentado que mira al infinito y buscó un lugar donde ubicarla. Masri halló una plazoleta perdida en la cartografía de la Ciudad de México y le dijo: “Aquí”.

Habitante del barrio de la Cuauhtémoc desde hace 18 años, una tarde tropecé con la escultura de Cuevas. Y me sentí muy pequeño. Sin pensarlo ni proponérmelo, en mi mente escuché una canción:

Día tras día, solo en la colina,

el hombre de la sonrisa ridícula permanece perfectamente inmóvil

pero nadie quiere conocerle.

Lo que ven es sólo un tonto

que nunca ofrece una respuesta.

Pero el tonto de la colina

Mira el sol descender

Y los ojos en su cabeza

Ven al mundo girar.

Dandy, seductor y mujeriego, Cuevas no ocultó jamás las facetas de su lado más oscuro, como tampoco reprimió el amor profundo que sentía por Bertha Riestra, a ratos la musa, en otros la ausencia, pero siempre el sitio al que Cuevas podía volver.

Su muerte devastó al hombre que era, pero a cambio entregó al artista un boleto de vuelta a las regiones de la soledad creadora, la más infinita y pura, pero también la más dolorosa. Cuevas pudo haber idealizado a su mujer como lo hizo en tantas ocasiones, pero en lugar de ello escogió representarse a sí mismo.

Y al igual que en “The Fool on the Hill”, lo hizo imaginándose sereno y a la vez perdido, escudriñando la inmensidad del todo y la nada que ofrece el infinito a todo aquel que esté dispuesto a levantar la mirada.

A despecho de su soberbia, el acto más humilde en la vida de José Luis Cuevas fue imaginarse a sí mismo mirando el universo, su universo, como lo haría un tonto, un loco, alguien que ya no tiene nada que perder.

En el negro insondable del infinito, es posible que hoy José Luis Cuevas vuelva a encontrar la luz eterna de Bertha Riestra.

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