Imaginar a Godzilla

Por ANDRÉS TAPIA

En una ocasión, para tratar de definir los vericuetos de su oficio, Federico Fellini aseguró: “Cuento las cosas con imágenes, de modo que por fuerza tengo que atravesar esos corredores llamados subjetividad”.

El diccionario define a la palabra subjetivo como “perteneciente o relativo al sujeto, considerado en oposición al mundo externo”, mientras que una segunda acepción matiza: “perteneciente o relativo al modo de pensar o de sentir del sujeto, y no al objeto en sí mismo”.

Tras los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, que pusieron punto final a la Segunda Guerra Mundial, el malogrado imperio japonés hubo de atender no solamente la emergencia que suponía sepultar las decenas de miles de muertos que tuvieron lugar en un solo instante, sino los efectos posteriores relacionados con la radiación que, sobra decirlo, habrían de durar años.

Quemaduras, mutaciones, malformaciones congénitas, sin dejar de lado el recuerdo apocalíptico de la muerte que llegó del cielo y acabó con la vida de una cifra aún discutida que se sitúa alrededor de 200,000 personas.

Una catástrofe de tales dimensiones, hasta hoy la única de su clase que registra la historia, alteró la idiosincrasia y la cultura de los habitantes del archipiélago cuyo nombre significa “el origen del sol”. En consecuencia, el subjetivo Japón de la postguerra tuvo que atravesar forzosamente por los corredores a los que apuntó Fellini y los cuales se sitúan en oposición al mundo externo y por ende representan una forma de pensar o de sentir que concibe o imagina un objeto real.

Godzilla, el monstruo creado por el cineasta y guionista japonés Ishirō Honda en 1954, es una metáfora fantástica (valga la tautología) de la tragedia ocurrida en Hiroshima y Nagasaki, y una representación burda y grotesca de las armas nucleares.

Emparentado morfológicamente con un Tiranosaurio Rex, aunque mucho más grande, amén de estar dotado de habilidades relativas a la mitología de otras culturas (al igual que un dragón puede escupir fuego), Godzilla pasó de ser la encarnación del horror a una estrella de cine cuya leyenda trascendió las aguas que rodean a Japón y también permeó a Occidente, que años atrás había engendrado su propio monstruo si bien éste tenía su origen en los postulados darwinianos de la Teoría de la Evolución de las Especies.

Su ingreso al star system y en consecuencia a Hollywood, devino en una alteración de la consciencia de Godzilla. Repentinamente dejó de ser el monstruo que asolaba a Japón para defenderlo de otros engendros de la muy excitada imaginación de Ishirō Honda y otros cineastas orientales. Godzilla el villano podía ser también una suerte de héroe. Y, en algún momento, víctima.

En una suerte de alegoría revanchista, Honda enfrentaría a Occidente y a Oriente en la película King Kong vs. Godzilla (1962), en cuya secuencia final se mira a los dos monstruos caer de un acantilado de la isla de Faro tras lo cual de las aguas del Océano Pacífico sólo emerge, paradójicamente, el gorila.

Godzilla, al igual que Japón, no murió ni desapareció y al día de hoy ha sido protagonista de más de una treintena de películas, así como de otras cuatro que se hallan en fase de preproducción.

Una de éstas, Godzilla, King of the Monsters, que habrá de estrenarse en algún momento del año 2019, ha sido objeto de rodaje en días pasados en el Centro Histórico de la Ciudad de México, no muy lejos de donde se localiza el Templo Mayor y la Catedral Metropolitana, ambos símbolos del pasado prehispánico de México y de la Conquista Española.

Por fortuna para la Ciudad de México, esta cinta es una secuela del filme Godzilla de Gareth Edwards (2014), en la que Godzilla combate a otro monstruo que ha puesto en riesgo al planeta. Tras vencerlo, no sin antes destruir casi por completo San Francisco, Godzilla se hunde en las aguas del Océano Pacífico al tiempo que los medios de comunicación lo ungen como el “rey de los monstruos” y el “salvador de la ciudad”.

Si nos atenemos a los hechos y a lo poco que se conoce del guion de Michael Dougherty, Zach Shields y Max Borenstein, Godzilla tendría que ingresar a México por las playas del Pacífico (la más cercana y lógica a la Ciudad de México tendría que ser Acapulco) y de ahí avanzar en línea recta, siempre que las condiciones del terreno lo permitan, a la metrópoli que gobierna Miguel Ángel Mancera, cuya administración es en cierta parte responsable de la insólita presencia del más mítico de los monstruos que engendró el Siglo XX.

No está mal. Hace un par de años la capital del país registró la visita del agente 007, James Bond, personificado por Daniel Craig, quien protagonizó una secuencia extraordinaria en pleno Zócalo de la Ciudad de México. Ahora, no lejos de ahí, Godzilla se situará en la Plaza de Santo Domingo, un sitio rodeado de edificios coloniales.

Es sólo que… ¿cómo llegará hasta ahí? ¿De qué artilugios de la imaginación se habrán valido Dougherty, Shields y Borenstein para situarlo en ese punto? Mientras más lo pienso, más divago, quizá tanto como ellos, y me pregunto si es algo más que una coincidencia que hace unas semanas, en las cercanías de la Ciudad de México, se haya abierto un enorme agujero en el suelo de una autopista causando la muerte de dos personas que transitaban en su auto.

Pensar en imágenes, como Fellini, obliga a quien lo hace a recorrer, a veces con paso cansino y otras a trancos, por esos corredores estrechos si bien infinitos llamados subjetividad.

Por uno de esos hoy camina Godzilla, el monstruo que engendró Japón para perfilar el horror de la guerra.

Para bien o para mal, se dirige a la Ciudad de México.

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