Morir sin un beso

Por ANDRÉS TAPIA

En un país en el que se han cometido 293,607 homicidios desde el año 2000 hasta el mes de julio de 2017, besar a los muertos no es el punto climático de la secuencia de un drama hollywoodense, sino un acto insólito que amenaza devenir en costumbre.

Una fotografía que fue la portada de un tabloide mexicano el pasado miércoles 30 de agosto, muestra a una chica de hinojos, postrada sobre el cadáver de un joven de 16 años, que besa los labios de un rostro inerte y ensangrentado.

El titular del diario fue “¡Último beso!”, y en su narrativa definió al chico como un “halcón”. En el argot del México de los últimos tiempos: un vigilante al servicio de una organización criminal.

No es intrascendente si lo era o no. Dados el contexto y el entorno en los que se desenvolvía es muy probable que sí lo haya sido, pero si la hipótesis se sostiene o se descarta no incide más o menos en la perversa poesía –pero poesía al fin– de una imagen que en la plenitud del imperio de las redes sociales tendría que haberle dado vuelta al mundo.

Una fórmula periodística, explotada hasta el hartazgo, supone que la imagen de una mujer desnuda al lado de la foto de un cadáver tiene un impacto demencial en la psique de cualquier sociedad. La de México, por supuesto –si bien no por buenas razones–, no es una sociedad cualquiera.

Un par de senos perfectos, un rostro emparentado con la divinidad, la insinuación de unas caderas que se proclaman infinitas… más el horror de un cuerpo mutilado, trozado, sanguinolento, nos han convertido en un accidente geográfico del universo para el cual no hay metáfora ni definición alguna.

Eros y Tánatos, concupiscentes, se nos ofrecen grotescos con la naturalidad de lo cotidiano. El amor imposible es un motor híbrido que nos devuelve la esperanza. La muerte brutal, o sólo simple, la realidad que nos permea todos los días.

Dos ideas reunidas a partir de una conspiración que halla en tal contraste una estrategia de marketing exitosa y perfecta. Mientras el mundo se vuelca sobre las pantallas de cristal líquido de sus teléfonos móviles, un medio de comunicación impreso consigue desviar su mirada amén de ventas impresionantes.

La chica de la portada del periódico La Prensa no está desnuda. El joven al que besa está muerto. Con una variación significativa, Eros y Tánatos, vida y muerte, se nos ofrecen casi inéditos, casi, cual si fueran Kate Winslet y Leonardo DiCaprio en la escena culminante de la película Titanic.

“En un beso sabrás todo lo que he callado”, escribió Pablo Neruda en uno de sus poemas más célebres. Lo que calla México, y hoy en silencio empieza a gritar, es esa anomalía histórica, histérica y cultural, de amar sin reparos a la muerte.

En la imagen de una chica que besa con algo parecido a la resignación los labios de un muerto, tendríamos que encontrar un motivo de reinvención de nuestra estúpida realidad.

Es eso o morir sin que nadie nos bese.

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