Anthony Bourdain: la hamburguesa más triste del mundo

Por ANDRÉS TAPIA

A Andrea Ornelas, por todos estos años

El último tweet que Anthony Bourdain escribió —no literalmente el último que aparece en su cuenta pues éste fue un retweet—, estaba relacionado con una versión que el compositor Michael Ruffino hizo de la melodía “Rising Sun Blues” para el programa Parts Unknown de CNN. A la letra dice: “Esta canción del score del programa de esta noche en Hong Kong de Parts Unknown de CNN va a quedarse conmigo”. No lo hizo por mucho tiempo.

Era el 3 de junio de 2018. Bourdain y el equipo de filmación que lo acompañaba viajarían posteriormente a Francia. El viernes 8 de junio, el cadáver del más rebelde de los chefs que ha conocido la gastronomía mundial, aparecería colgado en una habitación del hotel Le Chambard, en la nueva comuna de Kaysersberg-Vignoble, en la región de Alsacia.

“Rising Sun Blues”, también conocida como “House of the Rising Sun”, es una de las canciones más versionadas y populares en la historia del rock. Fue el grupo británico The Animals el que la catapultó a la eternidad, si bien unos años antes Joan Báez ya había conseguido colocarla en el inconsciente colectivo de una generación idealista y contestataria que aún no se recuperaba de las secuelas y cicatrices de la Segunda Guerra Mundial.

El origen de la melodía es incierto. En tanto se trata de un pieza con raíces folk hay mucha tradición oral en ella, y lo mismo se ha trazado su creación a los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, con coordenadas que alternativamente señalan a los estados de Kentucky y Louisiana, así como a la propia Inglaterra. En consecuencia, sus líricas han sido alteradas en ocasiones innumerables y, por exagerado que suene, es casi imposible encontrar dos versiones que coincidan.

Sea como quiera llamársela, “Rising Sun Blues” o “House of the Rising Sun”, la pieza es terriblemente depresiva, pese a los ingenuos esfuerzos de agrupaciones como Santa Esmeralda, que en la década de 1970 intentaron transmutar a un Tiranosaurio Rex en un osito de felpa.

La canción habla de una casa que existe, existió, en Nueva Orleans, y que en el imaginario colectivo lo mismo pudo haber sido un prostíbulo, un salón de juego, un bar, un hotel o todo eso junto. Esa casa es visitada por un viajero, un hombre o una mujer, y pese a los infortunios que ofrece (And it’s been the ruin of a many poor boy), él o ella siempre regresarán a ese lugar.

En un episodio de Parts Unknown que se transmitió en noviembre de 2016 y que se tituló “Buenos Aires”, Anthony Bourdain se sometió a una sesión de psicoterapia en la que dejó entrever su tendencia a la depresión y los síntomas de aquel que aspira a doctorarse en suicida y que ha empezado a coquetear con la locura.

Un asesino serial suele hallar en los eventos traumáticos de su infancia el guion de su carrera homicida: abuso sexual, físico, incomprensión o indiferencia… Un artista, en cambio, en algo en apariencia tan inocuo e inofensivo como una hamburguesa, descubre razones absurdas e incontestables para atentar contra su propia vida.

“Me encuentro en un aeropuerto, por ejemplo —dice Bourdain y su voz tiembla—, y pido una hamburguesa de las que venden en un aeropuerto. Es algo insignificante, una cosa nimia, ¡una hamburguesa! Pero no es una buena hamburguesa. Repentinamente la miro y caigo en una espiral de depresión que permanece en mí durante varios días”.

Una estadística de los últimos años de vida de Anthony Bourdain, muestra que solía viajar cerca de 250 días al año, eso es un poco más de ocho meses, reservándose los cuatro restantes para estar en casa. En todo eso tiempo, visitó lo mismo las comunidades más recónditas de Nigeria, los restaurantes más populares de Vietnam y las cocinas más tradicionales e ignoradas de Oaxaca, México. En unas y otros y otras, Bourdain parecía feliz y no sólo eso: irradiaba una felicidad sólo propia de un ser que no pertenece a la especie humana, sino que ha venido de otro mundo y ha encontrado en éste, pese a la imperfección y podredumbre que lo habita, una razón muy poderosa para existir, para vivir, para ser feliz.

Inexplicablemente, Anthony Bourdain no lo era.

“Me gustaría ser feliz. Me gustaría ser mucho más feliz”, dice Bourdain a la psicoterapeuta durante el episodio “Buenos Aires” de Parts Unknown. “Debería ser feliz: soy increíblemente afortunado. Me gustaría ser capaz de asomarme a la ventana y gritar: “Sí, la vida es hermosa”. La terapeuta, entonces, pregunta a Bourdain: “¿Siempre te sientes así, Anthony?”. La respuesta de Bourdain es lacónica: “No”.

A contracorriente del glamour que siempre lo envolvió y a final de cuentas le sirvió para camuflarse, Anthony Bourdain encontró en las cosas más simples los actos más felices de la humanidad. Barack Obama descubrió su secreto y, tras su muerte, lo exhibió al mundo: “Banquillos de plástico, fideos baratos pero deliciosos, cerveza fría de Hanoi: así es como recordaré a Tony. Él nos enseñó tanto acerca de la comida y, mucho más importante, sobre su capacidad de reunirnos, de hacernos perder el miedo a lo desconocido. Lo echaremos mucho de menos”. DfLlGTqWsAAIoVi

En aquel programa de Parts Unknown en el que Anthony Bourdain decidió no sólo ser sincero con aquella terapeuta ocasional sino también con el mundo, le contó acerca de un sueño recurrente en el que se miraba atrapado en las habitaciones y los pasillos de un hotel con modos y arquitectura victorianos, del que no podía salir en modo alguno. “Buscaba el lobby para hacer el check-out con la intención de volver a casa, pero era incapaz de recordar dónde estaba mi casa”.

Anthony Bourdain se suicidó en un hotel de Francia cercano a la frontera con Alemania. Sus formas arquitectónicas no son francesas, tampoco alemanas, y distan mucho de ser estrictamente victorianas. Pero se parecen mucho.

Tengo muchas ganas de escupir en la tumba de Anthony Bourdain. De llamarle cobarde, ingrato, absurdo. Pero yo también he sido víctima de la depresión que puede ocasionarte una hamburguesa de aeropuerto.

La vida es tan contradictoria y simple como eso: en una hamburguesa triste el sol se levanta sobre una casa gris que no es tu hogar, pero de algún modo es el sitio al que siempre has podido volver.

Hay ocasiones… maldita sea… en que la tristeza gana.

 

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