La Era del Terror 3.0: País de mierda

Por ANDRÉS TAPIA

El 21 de febrero del año 2002, en un video que fue hecho público a través de Internet, lo que podría ser llamado “la Era del Terror propagada a través de medios noveles y alternativos”, fue inaugurada oficialmente a través de la World Wide Web. En dicho video, el periodista Daniel Pearl –estadounidense por nacimiento, judío por religión y corresponsal del diario The Wall Street Journal– fue decapitado por un grupo de radicales islámicos que le secuestraron el 23 de enero de ese mismo año en la ciudad de Karachi, en Pakistán, bajo el argumento de que ejercía labores de espionaje para el gobierno de Washington.

Pearl fue asesinado nueve días después de su secuestro, con precisión el 1 de febrero de 2002, y su cuerpo –fragmentado en diez partes–, sería hallado hasta el 16 de mayo siguiente, en una fosa cavada superficialmente en el pueblo de Gadap, situado a unos 48 kilómetros al norte de Karachi.

La decapitación de Pearl fue la primera gran atrocidad diseñada ex profeso para ser difundida a través de Internet a todo el mundo, pero en ese momento, y pese a las agravantes implicadas, no consiguió una gran audiencia. La cercanía en el tiempo con el 11 de septiembre de 2001 y la falta de pericia de los incipientes internautas que, no obstante su entusiasmo, aún no comprendían del todo los alcances de la World Wide Web, aunadas a la censura ejercida por los gobiernos de Estados Unidos e Israel, depositaron a la infamia cometida con Pearl en la parte más irrelevante de las primeras planas de los diarios del Mundo.

No ocurrió lo mismo con Nick Berg, un contratista estadounidense que fue secuestrado en Iraq en la primavera de 2004, y cuya decapitación el 7 de mayo de 2004 –la cual tuvo lugar antes de la existencia de la plataforma online de videos YouTube– prefiguraría el advenimiento de una de las épocas más abyectas e ignominiosas en la historia de la humanidad.

Convertido Macondo en el centro del Universo gracias a los oficios de Gabriel García Márquez en los años postreros de la década de 1960, en la imaginación de algún visionario no resultó un despropósito imaginar que habría un día en el que las taras de una sociedad retrógrada y tribal la convertirían no sólo en un referente literario, sino también en una absurda admonición que devendría en terrible realidad.

En este sentido tengo noticias no muy gratas a los habitantes de México, el país en el que nací, del que soy y formo parte, pero en el que no me incluyo cuando se trata de mirar el futuro con obsecuencia.

Tras la transmisión mundial de la decapitación de Nick Berg a través de Internet –hay que repetirlo, en el año 2004–, uno de los principales cárteles de drogas de México decidió llevar a cabo la ejecución de un grupo de enemigos, filmarla y subirla a Internet. El sadismo y lentitud que son afines a una ejecución perpetrada con las armas propias, románticas y primitivas de sociedades ancladas al pasado, fueron sustituidos por un disparo a la cabeza con un arma de alto calibre.

Sin drama ni guion de por medio, al amparo de una línea gramatical rupestre, florida y folclórica (“¿Tú qué, puto?”), tal y cual son las costumbres en México, un hombre es asesinado por los afanes de territorialidad y ambición de una panda de delincuentes que no son peores o mejores que él –acaso tan sólo más teatrales– un país se va a hundir en los usos y costumbres de su muy abominable idiosincrasia.

El advenimiento de la Era de Internet, la revolución tecnológica que propició la creación de dispositivos móviles capaces de comunicar, tomar fotografías, videos, definir las coordenadas de una locación, la identificación de una canción, la transmisión in situe inmediata de todo eso y más, también se trastocó en la posibilidad de que seres menores y primitivos hicieran uso de tales prodigios para transmitir la podredumbre de su miseria.

Aquella “presunta” elegancia del Cártel de los Beltrán Leyva de ejecutar a sus enemigos con un disparo a la cabeza frente a una cámara de video (en ese tiempo los teléfonos inteligentes no eran tales ni eran capaces de grabar video), devino en actos teatrales más sádicos. Los cárteles mexicanos, inspirados en las leyendas de sus pares colombianos –rupestres, floridos y folclóricos– y en los desvaríos de las películas “gore” producidas en Estados Unidos, siempre tan asequibles a las mentes débiles, devino en un carnaval de sangre que está disponible en Internet para quienes tengan el estómago duro y la mente ausente de emociones.

Manos, pies, rodillas, piernas, brazos…todo eso trozado a golpes de machete, hacha o cuchillos de exploradores, mientras un idiota que no es capaz de escribir su nombre sin faltas de ortografía hace escarnio del dolor o la entereza de otro idiota que de estar en su lugar haría lo mismo.

La teatralidad de los cárteles del narcotráfico en México ha trascendido el miedo que los alimenta. Lo aberrante de sus actos está inscrito todos los días en las páginas de todos los periódicos; los detalles, en cambio, permanecen ocultos: ¿quién quiere enterarse de que existe un video en Internet en el que a un hombre le arrancan el corazón después de tasajearlo vivo?

Nadie, seguramente.

México lindo y querido, si muero lejos de ti…

Que digan…

Que digan…

Que digan…

Que jamás nací ahí…

País de mierda.

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