Por ANDRÉS TAPIA

El 29 de septiembre de 2016, Kellyanne Conway, consejera oficial de Donald Trump, se presentó en el programa periodístico The View que transmite la cadena estadounidense ABC. Al ser cuestionada por los continuos ataques que Trump había dirigido en el pasado a la modelo y actriz venezolana Alicia Machado, Conway sugirió que la ex Miss Universo “obviamente tiene un pasado conflictivo”.

Cuando los conductores le preguntaron por su sentir en relación a la forma en que Trump suele referirse a las mujeres, Conway argumentó que ella jamás hablaba del peso y la apariencia de la gente y, por el contrario, aventuró que muchos de los televidentes que en ese momento veían la entrevista seguramente estaban publicando tweets en torno a su inteligencia y apariencia. “Nunca supe qué tan fea y estúpida era yo hasta que, se imaginarán, surgió Twitter”.

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Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: NETFLIX

Los Millennials apenas tienen idea de que alguna vez el Mundo estuvo dividido. Que la mitad de la Tierra era propiedad de la libre empresa y sus beneficios económicos –en teoría disponibles para cualquiera, pero en la práctica no asequibles para todos–, mientras que la otra parte había hipotecado su libertad en aras de un bienestar común que, a la menor provocación, aprisionaba los egos individual y colectivo en las mazmorras de un concepto conocido como GULAG que tuvo su origen en los confines de un país mitológico llamado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Ese Mundo era una mierda, pero tenía algo de romántico y de trágico, tal y cual hubiese sido concebido por la pluma de Shakespeare: estaba formado por héroes y villanos y los habitantes de la Tierra disponían de la libertad de situarse en uno u otro bando, en la consciencia o inconsciencia de que podían estar jugando en el lado equivocado.

Por ANDRÉS TAPIA

Otoño 2018, barrio de la Colonia Cuauhtémoc, Ciudad de México. Un camión del servicio de limpia cuya altura regular ronda los cuatro metros pero debido a la cantidad de basura que transporta ha crecido en tamaño, acelera y troza un cable de fibra óptica suspendido sobre una calle principal. De ese cable depende el suministro de Internet de al menos diez hogares.

La compañía propietaria de la línea tarda una semana en atender las quejas de los afectados y repararla. Durante ese tiempo, los usuarios del servicio carecen de acceso a Internet y por ende de canales de televisión y plataformas de música por streaming. No se pierden de mucho si se considera que disponen de una biblioteca mediana y una colección, digamos, humilde de CD’s y películas en formato Blu Ray. Pero si no las tienen habrán de vivir una semana por demás aburrida.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 1992 Charlie Brooker cursaba la licenciatura en Ciencias de la Información en el Politécnico Central de Londres, que por ese entonces se convertiría en la Universidad de Westminster. Había nacido en 1971, de modo que el final de su niñez, su adolescencia y el principio de su juventud tuvieron lugar durante la década de 1980.

Para graduarse, Brooker presentó una tesis en torno a los videojuegos y la industria que los rodeaba, la cual había crecido de manera notable durante los años 80. Pese a esto, su disertación fue rechazada en virtud a que dicho tema no era un tópico aceptable en una institución de enseñanza superior cuyo origen se remontaba al año 1838, entonces bajo el nombre de Royal Polytechnic Institution. Consecuentemente, Brooker no pudo obtener su título universitario.