El instante en que el Joker no sonrió

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: WARNER BROTHERS

La secuencia más devastadora de Joker, la película de Todd Phillips que ha roto los paradigmas que hasta hoy se tenían de los conceptos del bien y del mal, es aquella en la que Arthur Fleck ingresa al apartamento de Sophie Dumond mientras ella no está, y se sienta en el sillón a esperarle. El espectador, que hasta ese momento ha visto interactuar a Fleck con Dumond en lo que parece un romance inmemorial entre dos seres marginales, recibe de golpe el acuse de recibo de una mentira: la voz en off de Sophie le dice que vive en el extremo opuesto del piso, que se ha equivocado de apartamento, que por favor se marche, mientras que en las imágenes idílicas que él percibe de ambos en su mente, repentina y sorprendentemente aparece solo.

Todd Phillips es un tipo malo, mucho más que Arthur Fleck, y terriblemente peligroso. A su modo de entender la vida la esperanza es solamente una alucinación en la cabeza de un hombre que está empeñado en mantenerse cuerdo pese a que su entorno y las circunstancias que tienen lugar en él lo remiten a un Mundo en el que ya nada tiene sentido.

Con los codos situados en las rodillas, la cabeza casi desprendida de su torso y un riachuelo de lágrimas que no alcanzan a devenir en torrente, Fleck escucha la súplica temblorosa de Sophie, tanto como la llama de una antorcha en una cueva, y le responde del mismo modo en que lo haría un esposo que ha vuelto a casa por la noche y necesita de un abrazo, no reproches: “Tuve un mal día”. En ese momento ya todo está perdido y Arthur Fleck no volverá a ser nunca el mismo.

Engendrado por la disciplina insana de un actor (Joaquin Phoenix) cuyo talento ha sido probado en innumerables ocasiones, y las obsesiones de un director (Phillips) para el que la comedia parecía su territorio natural y, en consecuencia, no tendría que haber sido tomado muy en serio, Fleck es la suma de todos los fracasos y por ende la humanización del individuo cuyo destino ha sido trazado desde su nacimiento por algo parecido al azar, al infortunio o al capricho de un dios mucho más perverso que la imaginación de un cineasta que busca reivindicación cuando no revancha.

Amparado en la psique de un personaje de fantasía cuya característica esencial es la demencia, Phillips construye el andamiaje de la personalidad de Arthur Fleck a partir de hechos y situaciones que en la ficción tienen lugar en un sitio llamado Gotham City, pero que en la película claramente ocurren en Nueva York, una de las tantas Babeles del mundo contemporáneo que alternativamente podrían ser llamadas a concurso para establecer un escenario en el que la indiferencia, el egoísmo, la soberbia, la envidia y todas esas emociones y actitudes propias del género humano, se entremezclan unas con otras para dar pie al caldo de cultivo de la decadencia.

Phillips crea poesía con su retrato del Joker: el perdedor que aspira a un lugar en el Olimpo de la comedia, debe comenzar siendo un payaso que hace reír a los niños. Es sólo que en los tiempos modernos (y la alusión a la cinta Modern Times, de Charles Chaplin, en la que un empleado de la clase obrera termina por perder la razón no es gratuita), los payasos han dejado de ser referentes de la más prístina ilusión infantil y se han convertido en objetos de escarnio. Arthur Fleck, un hombre que ríe compulsivamente por una condición mental, debe explicarle al Mundo que no se está burlando de nadie aunque así lo parezca. Y en tales circunstancias debe someterse no sólo al escarnio sino a la violencia de una sociedad cada vez más intolerante que no soporta a los comediantes callejeros, pero que admira con preocupante gravedad a los idólatras de Wall Street y a sus pares desparpajados de Silicon Valley.

¡Dios! Es imposible no sentir empatía por Arthur Fleck y sus razones. En “Los motivos del lobo”, del poeta nicaragüense Rubén Darío, ya se advertía de la proclividad y empatía hacia aquellos que en abierta lucha contra su naturaleza pugnaban por adaptarse a una sociedad que pese a todos sus esfuerzos los rechazaría, tan sólo para reforzar, al final, su condición de parias y marginales.

Fleck pierde su trabajo injustamente, el estado le retira la asistencia psicológica por cuestiones de presupuesto y, en consecuencia, su acceso a los medicamentos de los cuales depende su precario equilibrio mental. Cuando asesina a tres ejecutivos de Wall Street que lo golpean por ser un payaso y por su risa, los espectadores de la película, los guardianes de la corrección política, el Mundo entero, le aplauden. Cuando mata a su madre, hablamos de una standing ovation. Y en cada crimen subsecuente, lágrimas de felicidad aparecen en cada nuevo evento de su cruzada.

La única concesión válida al trabajo de Todd Phillips está centrada en el arte y en la poesía: incluso el hijo de puta de más grande tiene una historia y unas razones. Aplaudirlas, empero, supone cruzar una línea, acaso hoy más delgada y sutil que nunca, pero que una vez traspuesta no hay marcha atrás.

Las dos secuencias finales, aquella en la que Arthur Fleck se pone de pie en un taxi mientras una multitud anarquista y rebelde le ovaciona, y esa en la que camina por un pasillo blanquísimo mientras sus zapatos dejan huellas de sangre en el piso, son las más luminosas de una película políticamente incorrecta, devastadora, cierta y brutal, en la que un individuo vilipendiado por la sociedad a la que pertenece, perpetra una venganza cuyos adjetivos mínimos son épica y poética.

Pero no, no puedo abrazar a Arthur Fleck y decirle que lo comprendo por más que me identifique con él. Un asesino siempre es un asesino, y sus motivaciones no lo eximen de responsabilidad por más que su mente se haya extraviado en el más insano de los momentos de la historia de la humanidad. El poema de Todd Phillips –y lo es– a final de cuentas es un poema maldito.

Arthur Fleck, el Joker, el payaso con aspiraciones de comediante, ríe o sonríe en todas las secuencias que aparece en la película de Todd Phillips, sea por su condición mental, sea porque está en su naturaleza, sea porque el guion así lo exige. Excepto en una. Mientras espera a Sophie Dumond, en el sillón de la sala de ésta, en su mente la concibe haciéndole el amor, caminando por la calle, acompañándole en el hospital mientras atienden a su madre, siendo feliz con ella.

Mientras la escucha pedirle que se marche de su casa, él se refugia en la ensoñación de un amor que jamás ocurrió. “Tuve un mal día”, le responde, y sus ojos apenas dejan escapar dos lágrimas que no alcanzan a devenir en torrente.

A ese Arthur puedo abrazarlo. Al que continua la historia, no.

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