Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Tenoch López: el pasado es prólogo

Gravitaba en una silla como un planeta que no había nacido jamás. La última vez que la vi, me pareció que recién había tomado un masaje en un spa de Islandia… así la imaginé. Cubierta del cuello a los pies con un albornoz infame, Alicia tenía los ojos cerrados, pero en realidad estaba despierta. Tan sólo tenía miedo de atisbar el futuro, su futuro, que ya no era mucho.

Semanas antes, en ocasión de Navidad, en una tienda de mascotas le compré un ave anaranjada. Le gustaban los canarios y los jilgueros, y en mi memoria, siendo niño, puedo recordarla todas las mañanas —mientras yo engullía en su cocina tostadas de pan con mermelada de fresa— silbándole a aquellos pájaros que, en un extraño código que nunca descifré pero que se parecía a la música, prodigiosamente le respondían.

Por ANDRÉS TAPIA

No estoy seguro, y es muy posible que nunca lo esté, pero tengo la sospecha que fue mi abuela, y nadie más, quien inventó las galletas que se regalan en Navidad, y que en la actualidad se comercian tan extendida e impunemente, sin que exista, en algún lugar, una placa, reconocimiento o patente con su nombre: Alicia Rodríguez Jiménez.

Por ANDRÉS TAPIA

El México que me enseñaron a admirar y a querer en el colegio, comenzó a desmoronarse el verano de 1978. Aquel año se celebró el Mundial de Fútbol en Argentina y la Selección Mexicana, aquel equipo del cual yo coleccioné todas las tarjetas que puso en el mercado la empresa Coca-Cola, perdió frente a Túnez, Alemania y Polonia por marcadores escandalosos: 3-1, 6-0, 3-1.

Yo tenía tan sólo diez años.