El fantasma de Alicia (y la receta de las galletas de Navidad)

Por ANDRÉS TAPIA

No estoy seguro, y es muy posible que nunca lo esté, pero tengo la sospecha que fue mi abuela, y nadie más, quien inventó las galletas que se regalan en Navidad, y que en la actualidad se comercian tan extendida e impunemente, sin que exista, en algún lugar, una placa, reconocimiento o patente con su nombre: Alicia Rodríguez Jiménez.

Mi abuela nació en la ciudad de Torreón, en el estado de Coahuila, al norte de México, el año de 1921. No conozco mucho su vida, de modo que no podría decir cuándo, cómo o por qué llegó a la Ciudad de México, pero estoy cierto que entre las costumbres de su familia y del sitio en que nació, cocinar era una tradición y también una obligación para las mujeres.

Por supuesto, hay un componente machista en esta circunstancia, el cual deriva de la época en que mi abuela nació: tiempos agitados, postrevolucionarios, en los que todavía había facciones de guerrilleros inconformes que se desplazaban de un lado a otro. Sin más, a mi abuelo, con muy pocos años, le tocó combatir en la llamada Guerra de Los Cristeros.

Quizá por ello podría decir que mi abuela no tuvo opción y tuvo que hacer de la cocina su universo… aunque no estoy seguro del todo: más que afán, había en ella deleite; más que obligación, era pasión la que la impulsaba a crear y descubrir nuevos platillos.

Recuerdo vívidamente su cocina, un sitio pequeño y blanco que sin embargo siempre me pareció el comedor de una embajada, con una estufa con hornillas y perillas pintadas en negro, con las que una vez mi hermana se hizo una herida terrible en la cabeza mientras pretendía girar como una bailarina. En ese lugar, Alicia, mi abuela, más que ser una mujer dispuesta a complacer a los demás, hacía las veces de una reina que oficiaba una fiesta simple aunque exquisita e inolvidable.

Pero Alicia tenía un secreto, un secreto que no ocultaba propiamente, en el cual radicaban los misterios de su gastronomía. Cada domingo, mi abuela recortaba las recetas culinarias que aparecían en el periódico Excélsior y las guardaba en uno de los cajones de su alacena. Ese compendio semanal de recortes que yo descubrí una tarde, representaba el Alfa y la Omega de su vida, pasión y quehacer.

Aunque no se decantaba por alguna especialidad, Alicia tenía cierta notable facilidad para moverse por los terrenos de la repostería. Obsequiaba a sus nietos, cada cumpleaños, un pastel o tarta que año con año se sofisticaba cada vez más hasta llegar a las inmediaciones mismas del arte. Yo prefería el chocolate, y ella se esmeraba cada vez en agregarle un nuevo elemento: fuese betún, mermelada o algún elemento de confitería.

Una ocasión –y debería decir que obedeció principalmente a un capricho, aunque hoy creo que lo hice para poner a prueba su talento– dije a mi abuela que en ocasión de mi cumpleaños no quería más tartas o pasteles, sino galletas, lo cual supuso toda una revolución. Sin estar seguro, creo recordar que mi abuela jamás había horneado galletas, y aunque los principios básicos de la repostería no son en exceso complicados, se debe contar con cierta gracia y talento para obrar en consecuencia.

Así pues, en algún momento de mi niñez, mi abuela me obsequió con un tarro enorme de galletas que, a regañadientes, tuve compartir con mis hermanos y primos. Lo que fue una madalena para Marcel Proust, lo fueron esas galletas para mí y estoy seguro que para toda mi familia. Tras años, muchos, de recortar y guardar recetas de cocina, de ensayar y errar, como en el método científico, Alicia había creado al fin la más lograda de sus obras gastronómicas.

A partir de ese momento, cada Navidad mi abuela horneó galletas que solía ocultar muy bien pues yo solía robarlas cada vez que la ocasión se me presentaba; y creo que no fui el único. Una ocasión, ya en la adolescencia, le dije a Alicia que deberíamos montar un negocio y patentar sus galletas, y lo hice convencido de que las creaciones de mi abuela –que con el tiempo comenzó a comprar moldes de figuras y a sofisticar con mermeladas, confites y azúcares sus galletas– tenían el potencial para conquistar paladares y ser comercializadas.

No sé si alguna vez lo consideró, o si su risa, cuando yo insistía en ello, era, mas que incredulidad, una reacción ingobernable a un cumplido al que no se sabe responder. Pero los años pasaron y la gracia con la que Alicia se movía por la cocina, fue disminuyendo de manera ostensible. No quiero decir con esto que la calidad de su gastronomía disminuyese, sino que las toneladas de galletas que horneaba cada año, fueron reduciéndose hasta convertirse en bolsas pequeñas y personalizadas que nos entregaba a modo de regalo el día de Navidad.

El año 2001, el que cambió el curso de la historia a partir del sucesos del 11 de septiembre, mi abuela enfermó. Su cuerpo retenía líquidos, su sangre estaba repleta de hierro, y por ambas razones sólo se le permitía beber un par de vasos de agua por día. Recuerdo una tarde, en la que me recosté con ella y yo llevaba conmigo una lata de Coca-Cola. Cuando mi madre y mi tía, sus celadoras, abandonaron la habitación, con los modos de una niña, para entonces una mujer de 80 años, Alicia, cómplice, me dijo: “Dame Coca-Cola, dame Coca-Cola… tu madre y tu tía me matan de sed”.

La Navidad de ese año, Alicia ya no se pudo poner en pie y no horneó galletas. La cocina, su cocina, su universo, se convirtió en un desierto que nadie quería visitar.

Una mañana de enero del año 2002, luego de una agonía de meses, Alicia Rodríguez Jiménez, mi abuela, murió.

Por un tiempo, las galletas de Navidad desaparecieron de nuestras celebraciones, y poco o nada se hablaba de la abuela. Un mes de diciembre, empero, en una tienda departamental, descubrí bolsas de galletas con las mismas figuras, confites y dulces con que mi abuela solía adornarlas. Compré todas las que pude y se las obsequié a mi familia y amigos. “¿De dónde sacaste esto?”, me dijo una de mis hermanas. Y aunque la respuesta era simple, le respondí que alguien había robado la receta de mi abuela y ahora la comercializaba

A partir de entonces, cada diciembre, en esa y otras tiendas departamentales, las bolsas de galletas se convirtieron en un elemento común, y mis dos hermanas comenzaron a hornear galletas en Navidad.

Y no, no estoy seguro, no puedo estarlo, pero tengo la sospecha, la casi certeza, de que fue mi abuela quien inventó las galletas que se obsequian en Navidad. Y que cada diciembre, como un fantasma, ella vuelve a la cocina, su cocina, y de un cajón de su alacena extrae un viejo y amarillento recorte de periódico en el que, en la parte superior, se lee: “Receta de galletas de Navidad”.

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