Por ANDRÉS TAPIA / Imagen: DISNEY-PIXAR

Una amiga me envía un mensaje para felicitarme por mi cumpleaños, piensa que aún estoy de viaje y escribe: “Ojalá que estés lejos festejando. Ojalá que no tuvieras que regresar al país del horror. Te dejo un abrazo”. El país del horror es México, mi país, en el que nací, en el que nació ella, y en el que nació la mayor parte de las personas que importan en mi vida.

No es ésta la primera vez que escribo del país del horror, y probablemente tampoco sea la última aunque, en los últimos tiempos, me haya resistido a detallar los pormenores de una degradación social y cultural que ha alcanzado niveles para los que el adjetivo más contundente y certero resulta apenas un eufemismo.

Por ANDRÉS TAPIA

A Karen, quien erróneamente cree la subestimo

En el prólogo de sus memorias (Erinnerungen, 1969), Albert Speer, arquitecto de Hitler y Ministro de Armamento del Tercer Reich, escribió a propósito de su juicio en Nuremberg:

Jamás se me borrará de la mente un documento que mostraba a una familia judía caminando hacia la muerte: un hombre estaba a punto de morir con su mujer y sus hijos (…). Fui condenado a veinte años de prisión por el Tribunal de Nuremberg (…) La condena, siempre poco adecuada para medir la responsabilidad histórica, terminó con mi existencia burguesa. Aquella fotografía, en cambio, despojo mi vida de toda sustancia. Sobrevivió a la sentencia.