Por ANDRÉS TAPIA

Edgar niño: ésta es tu oportunidad. No vas a tener otra si vos deseás llegar a tiempo, justo a tiempo. El hombre de las orejeras ya se ha girado, el carro guía se aleja, los demás se van. ¡Corré, corré y tené cuidado! Lentamente. Dejá que dé la vuelta y se detenga. Ahora, sube los pies, ahora que está quieto. Eso es, muy bien. No, no mirés, nadie está mirando ¿quién podría mirar?, ¿quién va a imaginarte a vos, Edgar niño, aquí, hoy? Trepá la plataforma, muy alta para tu cuerpo, muy pequeña para tu deseo, una plataforma apenas y en ella todo el tiempo reunido: ojos azules casi húmedos, cabello rubio asimétrico y alborotado, brazos delgados y tensos, labios de hielo, la jauría de todos los recuerdos encerrados en tu mochila, once años, el adiós que no dirás, con tus manos de niño, Edgar, que no dirás…

Entrada la noche, cuando el barullo disminuya hasta ser casi inaudible y escuche a papá decirle a mamá: “Será mejor que vayamos a la cama”, comenzaré a orar. Para entonces, los grillos, la lechuza antigua del jardín y los murciélagos rondarán mis ojos y querrán encerrarme en sus ojos y destino y quizá hasta convertirme en Luna. Pero hace noches que soy Luna, tan pálido, no tanto como vos.

Por ANDRÉS TAPIA

La noche del 31 de octubre, de acuerdo a una tradición de origen celta que festinaba el final de la temporada de cosechas y el verano (Samhain), en lo que hoy es el Reino Unido, Estados Unidos, Canadá e Irlanda, todos ellos países de tradición anglosajona, se celebra la festividad conocida como Halloween, una variante de la expresión escocesa All Hallow’s Eve (víspera de todos los santos)

El día de todos los santos, en la tradición cristiana, tiene lugar el 1 de noviembre y de origen solía celebrar a todos los santos, canonizados o no, muertos o no, que forman o formaban parte de la Iglesia Católica Romana.

Por ANDRÉS TAPIA

Incluso en un país tan fervientemente católico como México, el representante de Dios sobre la Tierra debe caminar de puntillas sobre las inquietas y profundas aguas del mar mexicano del nacionalismo. So pena, claro está, de ahogarse.