Los estigmas de México

Por ANDRÉS TAPIA

Incluso en un país tan fervientemente católico como México, el representante de Dios sobre la Tierra debe caminar de puntillas sobre las inquietas y profundas aguas del mar mexicano del nacionalismo. So pena, claro está, de ahogarse.

Una carta enviada por el Papa Francisco a Gustavo Vera, presidente de Fundación La Alameda, una ONG argentina, en la que el dirigente de la Iglesia Católica expresa su temor ante el avance del narcotráfico en Argentina, ha provocado malestar en algunos sectores de la sociedad de México y una nota de extrañamiento de parte de la cancillería.

“Veo tu trabajo incansable a todo vapor. Pido mucho a Dios te proteja a vos y a todos los alamedenses. Y ojalá estemos a tiempo de evitar la ‘mexicanización’. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”.

El canciller de México, José Antonio Meade, con una diligencia notable que no se percibe cuando las fuerzas de seguridad del estado deben responder por los delitos del crimen organizado, mostró su inconformidad por lo dicho por el Papa Francisco: “Más que buscar estigmatizar a México o a cualquier otra región de los países latinoamericanos, debiéramos buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo y mayor espacio de reconocimiento de los esfuerzos que México y Latinoamérica hacen respecto de un tema que nos preocupa”.

Alumno brillante y destacado del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y poseedor de un doctorado en Economía por la Universidad de Yale, Meade es un hombre culto y puntilloso, y ello lo demuestra la cuidadosa selección de la palabra “estigmatizar” para responder al Papa.

De las siete acepciones que la Real Academia Española ofrece de la palabra estigma, la número dos y la cuatro parecen haber sido las elegidas por Meade para decirle al Papa Francisco que su comentario fue ofensivo: 2. Desdoro, afrenta, mala fama; 4. Marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud. La número tres, en cambio (3. Huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos extáticos, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo), en tanto se halla emparentada con la divinidad y alude a Cristo, fundador de la Iglesia Católica, sirvió de metáfora y analogía a Meade para decirle a Francisco: Touché!

No hay duda que el esgrima verbal de José Antonio Meade es, cuando menos, brillante. Y sería extraordinario sino fuese porque la acepción número 6 que ofrece la RAE, y que paradójicamente está vinculada al ámbito de la medicina, lo exhibe como un ignorante de la historia de México (a él y a todos los que se sintieron aludidos): 6. Lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional y hereditaria.

El 21 de febrero de 1944, un pistolero llamado Rodolfo Váldez y apodado El Gitano, asesinó al gobernador del estado mexicano de Sinaloa, Rodolfo T. Loaiza.

Sinaloa, un estado situado al noroeste de México, es –además del sitio donde nacieron el actor Pedro Infante y el boxeador Julio César Chávez, dos de los máximos ídolos de la cultura popular del país– la cuna del narcotráfico en tanto fenómeno socio-cultural, así como el máximo exportador de criminales dedicados a la producción y tráfico de drogas.

Y lo es porque a finales del Siglo XIX y principios del XX, Sinaloa recibió una pequeña oleada de inmigrantes provenientes de China que, entre otras cosas, trajeron a México una planta y una costumbre: fumar opio.

Desde los tiempos de la Conquista de México por parte de los españoles, las tribus que habitaban lo que entonces se conocía como Huey Colhuacan, se mostraron hostiles con los extraños. Hoy en día, en menor medida, los sinaloenses todavía arquean las cejas cuando un visitante se apersona por ahí. Eso mismo hicieron con los chinos, de los que abominaron sus tradiciones y costumbres. Hasta que cayeron en la cuenta que una de ellas podría proporcionarles dinero. Mucho dinero.

En los jardines de las casas que llegaron a habitar, en un sitio que hoy se conoce como Las Quintas de Culiacán y que es considerado como un barrio en el que hoy residen familias completas de narcotraficantes, los chinos sembraron opio que más tarde utilizarían para su consumo personal.

Los culiacanenses los odiaron por eso. Y por muchas cosas más. Así pues los capturaron, los encerraron y los expulsaron en trenes que se dirigían al sur de México.

Eran los años postreros a la Revolución Mexicana y los caciques que no desaparecieron con ella, contrataron pistoleros para que protegiesen sus fincas de la invasión de grupos de campesinos que todavía guerreaban bajo el grito de “Tierra y Libertad”.

Rodolfo Valdéz El Gitano era uno de esos pistoleros.

El periodista y escritor mexicano, Diego Enrique Osorno, en su extraordinario libro El Cártel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco (Grijalbo, 2009), documenta todo lo anterior y recupera un artículo hallado por Luis Astorga y escrito por el periodista Luis Spota en el periódico Excélsior el 13 de junio de 1944, en relación al asesinato del gobernador Rodolfo T. Loaiza.

El declarante elaboró una versión creíble: Loaiza recibió 80,000 pesos que le obsequiaron los traficantes de opio de Sinaloa para asegurarse impunidad y recoger libremente la cosecha de adormidera a principio de año; el gobernador aceptó el dinero sin comprometerse a nada; luego solicitó los servicios de alguna policía capitalina para que arrasara los plantíos, cosa que se hizo […] los traficantes burlados planearon la venganza, que se ejecutó brutalmente en las primeras horas del 21 de febrero de 1944, durante las fiestas del carnaval mazatleco. Al tiempo que Loaiza caía –y éste es un detalle poco conocido– manos misteriosas saquearon su residencia oficial en Culiacán.

Un hombre llamado Pablo Macías sucedió a Loaiza en el cargo. Hoy en día los sinaloenses aún cuentan que fue él el autor intelectual del asesinato de su antecesor. Y que era cómplice de los narcotraficantes.

Setenta años más tarde, los gobernadores de diversos estados de México –por lo general aquellos donde se producen y trafican drogas, donde se tiene conocimiento probado de la presencia de los cárteles del narcotráfico y donde los asesinatos, la tortura, los secuestros y desapariciones son tan comunes como las aves–, siguen siendo señalados como cómplices del crimen organizado.

Yo no creo en Dios, lo he dicho ya muchas veces. Pero creo que, precisamente por eso, tengo miedo de que exista. Y lo tengo porque he despotricado contra él tantas veces. Y, consecuentemente, temo su ira.

Ese sentimiento no lo comparte José Antonio Meade, canciller de México, padre de tres hijos, católico, y quien el pasado 12 diciembre asistió en el Vaticano a una misa oficiada por Jorge Mario Bergoglio, Francisco I, representante de Cristo en la Tierra, en honor a la Virgen de Guadalupe.

Escribo esto y, mientras lo hago, en las palmas de mis manos me nacen dos heridas sangrantes, una más en el costado derecho de mi torso y otras dos en los empeines de mis pies.

Ahora levanto mi cabeza, rezo, y pido a alguien en quien no creo que Argentina no se mexicanice, que ningún país del mundo se mexicanice. Y concluyo:

“Padre mío, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

Y mucho menos lo que dicen.