No se habla de Bruno (sí de Will y Chris)

Por ANDRÉS TAPIA

La noche del domingo 27 de marzo, así como todo el día siguiente, lunes 28, y algo menos el martes 29, la Internet, en todas sus expresiones (redes sociales, portales de diarios y revistas, plataformas de noticias, sitios especializados, etc.), tuvo que haber registrado un tráfico de datos tan elevado en torno a una misma tendencia que, de ser medible (y lo es), debe haber implantado algún tipo de récord.

La razón de ello fue la bofetada que el actor Will Smith propinó al comediante Chris Rock durante la entrega de los premios Oscar. Doy el contexto mínimo: Smith se sintió ofendido por una broma que hizo Rock a costa de la condición médica que padece Jada Pinkett Smith, esposa del primero, y que está relacionada con su cabello. Queda claro que la falta de sensibilidad del comediante y la violencia perpetrada por el actor están fuera de lugar.

El incidente, empero, está muy lejos –me atrevería a decir que a millones de años luz–, de ser uno de los eventos más graves, trágicos, terribles y dolorosos que ha contemplado la raza humana en directo a través de la televisión, y visto después, millones de veces, vía Internet.

Sin embargo, dado el nivel de indignación exhibido, parece que rivaliza con actos tales como genocidios, la actual invasión de Rusia a Ucrania, las masacres perpetradas por cárteles de la droga y grupos paramilitares en Latinoamérica durante los últimos 40 años o la irrupción de una pandemia que llegó a confinar en sus hogares a casi la mitad de la población mundial en algún momento del año 2020 y que a la fecha se ha cobrado la vida de poco más de 6,150,000 personas.

Ya se sabe que Hollywood siempre ha sido muy hipócrita en cuanto a sus usos y costumbres: en la pantalla puede mostrarse la condición humana tan cruda como es, no así en la realidad porque no es permisible que esta sea exhibida como lo que es, es decir, realidad.

Puestas las cosas así, el día de mañana habría que comenzar a borrar la escena en que Michael Corleone abofetea a Kay Adams cuando esta le dice en El Padrino II que abortó a su hijo; aquella otra en la que Jennifer Lopez y Jane Fonda se cuecen a bofetadas en una comedia tan simple como Monster in Law; la secuencia en la que J.K. Simmons abofetea repetidamente a Miles Teller en Whisplash por no ejecutar el tempo de la batería correctamente y, si me apuran, ese maravilloso momento en que Leonard Hofstadter golpea brutalmente en la mejilla a Sheldon Cooper para hacerlo reaccionar y se dé cuenta que ha ganado el Premio Nobel en la última temporada de The Big Bang Theory.

Pero Hollywood es Hollywood y no hay que tomárselo muy en serio. Aunque eso, precisa y paradójicamente, fue lo que ocurrió la noche del domingo y dio pie a que un montón de extraviados que precisan más que nunca de los 15 minutos de fama que alguna vez Andy Warhol predijo le corresponderían a cada ser humano –incluso a los más insignificantes– se montasen en una campaña suicida para hacerse evidentes.

En lo personal Will Smith me parecía un gran tipo, un gran actor, quizá haya dejado de ser lo primero, lo segundo no. Chris Rock, por otro lado, no es el tipo de comediante que me toca las fibras más íntimas del humor, pero nada tengo en contra de él y me simpatiza. Ambos cometieron un error, ciertamente, pero de eso a invocar a Sigmund Freud como lo hizo la desubicada feminista del diario El País que se atrevió a escribir un “ensayo” para subsanar sus traumas personales y llevar agua a su molino, hay una distancia, insisto, que está cifrada en años luz.

Dos borrachos se confrontaron en un bar muy exclusivo: uno agredió con palabras, el otro con violencia física. Dos integrantes de una misma familia se pelearon en una cena: uno cometió una indiscreción aviesa, torpe y de mal gusto; el otro lo agredió con un golpe atroz delante de toda la familia.

¿Dónde está lo inédito en todo eso para hacer correr ríos de tinta? (perdón… ya no hay tinta en estos tiempos, ni periódicos, tan sólo opiniones de gente que, por poner un ejemplo burdo y absurdo, son pediatras especializados en el dedo pequeño del pie y necesitan de una campaña promocional para llevar pacientes a su consulta).

En este momento, si uno escribe en el buscador de Google el nombre de Will Smith, la plataforma creada por Sergey Brin y Larry Page arroja una cifra de 2,240,000,000 resultados. En el caso de Chris Rock, los números se reducen a la mitad: 1,220,000,000. La frase o las palabras “Russia Ukraine War”, en cambio, exhiben un número de 2,050,000,000. Queda claro, pues, cuáles son las prioridades.

Amante irredento del cine, hubo un tiempo en que seguía, año con año, la ceremonia de premiación de los premios Oscar. Ahora lo hago menos, y menos, cada año. En el actual, simplemente la ignoré porque el ruido de fondo del Mundo me hizo ignorarla. Sin embargo, una canción que no estuvo nominada y que formó parte del soundtrack de la cinta que obtuvo el premio a la mejor película animada, me ha mantenido hipnotizado desde hace meses.

No, no fue esa cosa llamada “Dos oruguitas”, una sensiblería sólo propia de Latinoamérica que sí fue nominada como mejor canción y por fortuna perdió. No podía ser de otra manera: el clip de la misma exhibe, de manera muy velada, la violencia que ha padecido Colombia desde hace más de 60 años y sin embargo se decanta por la esperanza. En ese sentido, Hollywood sigue siendo Hollywood.

La canción a la que me refiero se llama “We Don’t Talk About Bruno” y versa en torno al miembro de una familia cuya sola mención de su nombre produce e invoca desgracias: un outsider que debe mantenerse en la oscuridad, así sea parte importante de la familia.

El tema ha sido y es un éxito, pero la corrección política impidió fuese nominado como mejor canción.

Da igual: “No se habla de Bruno, no, no, no; no se habla de Bruno (sí de Will y Chris)…»