La chica de Hyde Park

Por ANDRÉS TAPIA

La chica recogía basura.

Era el 2 de julio del año 2005 y, tal vez, el reloj marcaba las cuatro de la tarde o algo así.

Un par de días atrás había llegado a Londres para cubrir el concierto de Live 8. Paul McCartney, U2, Madonna, Pink Floyd, The Who, Robbie Williams, Bob Geldof, The Stereophonics, Elton John, Coldplay, Richard Ashcroft, R.E.M.… Nombren a quien crean que me haya faltado, les aseguro estuvo ahí.

El cielo de Londres estaba nublado, pero eso no es noticia. Sí lo es el que tendría que haber llovido y no pasó.

Y también que aquella chica recogía basura, pero eso nadie lo notó.

Cerca de 250.000 personas, la mayoría británicas y una minoría procedentes de todo el mundo, se dieron cita en Hyde Park, uno de los parques más hermosos del Reino Unido y también de todo el mundo.

El concierto en Londres dio inicio a las 14:00 horas. Ocho conciertos más comenzaron en ese mismo momento pero en otras latitudes de la Tierra. En lo que fue una improbable pero cósmica reunión, Paul McCartney y U2 se unieron para interpretar un himno casi olvidado: “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”.

Sería exagerado decir que en ese momento todo se estaba yendo a la mierda, pero sin esa pretenciosa (y dulce) justificación el concierto no habría tenido lugar. Ahora bien, eso no quiere decir que todo en el mundo marchase de maravilla, pero si revisamos la historia reciente, ¿cuándo fue la última vez que lo hizo?

Llevaba una mochila al hombro, una botella de agua, un cuaderno de notas, mi pasaporte y cigarrillos. Acompañado de un amigo ocasional acampé en un claro cercano a las consolas de audio que se ubicaba a unos cien metros del escenario. Era el mejor sitio para ver el concierto y para llegar sin demasiados sobresaltos al baño y a la carpa de prensa. Y también para observar a aquella chica. La que recogía basura.

Se retiró McCartney no sin antes prometer que volvería. U2 entonó “Beautiful Day” y un centenar de palomas que en un principio no supieron qué hacer con su libertad, erráticas dieron vueltas en círculo hasta que al final se perdieron más allá de los confines de Hyde Park. Y, ahora que lo pienso, tal vez de Londres misma.

Yo estaba feliz. Y conforme el concierto avanzaba mi estado de ánimo crecía del mismo modo en que lo haría la fiebre en un organismo desprovisto de anticuerpos: dale a un espíritu escéptico y pesimista un poco de esperanza, y verás cómo en muy poco tiempo funda una nueva religión.

Yo estaba en eso, justo en eso, concibiendo una nueva corriente de pensamiento que haría cimbrar a todos los credos establecidos, cuando apareció aquella chica. La que recogía basura.

No era bonita, ni atractiva. Demasiado delgada para ser británica, y demasiado británica para ser delgada. Con un palo de escoba coronado en su punta por un clavo, pinchaba y recogía los desperdicios de una fiesta a la que, propiamente, ella no había sido invitada.

Lucía triste, tanto como en el imaginario colectivo luciría triste una persona que recoge basura en un lugar donde todos bailan, cantan y se divierten. Esquivos sus ojos, escudriñaban la hierba, la basura, y los zapatos multicolores de cientos de miles de personas; su tímida aunque grácil figura, pareció desvanecerse con el embate de una ráfaga de viento.

Diría que me conmovió su suerte, que el acompañarla con la mirada era una forma de guarecerla de la indiferencia a la que la condenaba su miserable trabajo. Pero no fue así. En aquella chica había rectitud, decencia, femineidad, entereza. Había poesía y también un milagro: algo digno de verse y ser admirado.

Absorto, intentaba develar su misterio cuando en el escenario apareció el rapero estadounidense Snoop Dogg para entonar “Who Am I (What’s My Name?)”. Al instante, una gigantesca marea humana se agitó con rítmica violencia, y amenazó con desbordarse más allá de Hyde Park. Volví de nuevo los ojos hacia aquella chica y la imaginé tan frágil como un velero mar adentro en medio de una tormenta y a punto de naufragar.

Pero no ocurrió así. Mientras continuaba con su trabajo, en algún momento extrajo del bolsillo trasero derecho de su pantalón su teléfono móvil y lo levantó, apuntando al escenario, sobre toda aquella muchedumbre que parecía cubrirla y ahogarla pero que, sorprendentemente, no sólo la mantenía a flote sino también la hacía evidente.

Tomó una foto de Snoop Dogg, sólo una, y de inmediato se guardó el teléfono en el bolsillo derecho, con el dejo de quien ha cometido una falta menor pero al fin y al cabo se ha salido con la suya.

No la dejé de mirar en ningún momento. Y tampoco lo hice cuando se dio cuenta de que la miraba, de que llevaba minutos haciéndolo, y de que la había observado tomar aquella foto.

Enfrentadas nuestras miradas, como si hubiese hecho una travesura, aquella chica me sonrió.

Guardo muchos recuerdos de aquel viaje a Gran Bretaña. Padecí los atentados terroristas de Londres, cubrí la Cumbre del G8 en Gleneagles, los disturbios en Edimburgo y me sorprendió, como a todos, el nombramiento de Londres como sede de los Juegos Olímpicos de 2012. Por lo demás, fui el único periodista mexicano presente en los conciertos de Hyde Park y el Murrayfield Stadium (Edimburgo).

Sin embargo, el recuerdo más luminoso     que conservo de aquel viaje tiene que ver con una chica, no mayor de 23 años, a la que el mundo ignoró porque en ese momento había que cantar, bailar y reír.

Una chica con tanta dignidad que, a casi ocho años distancia, no puedo olvidar.

Hoy, que es el Día Internacional de la Mujer, sólo he podido pensar en ella.

La chica de Hyde Park que recogía basura.

Y sonreía.

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