La muerte de Tony Soprano

Por ANDRÉS TAPIA

Hace algún tiempo evito recordar la serie de televisión Los Soprano y, consecuentemente, a su personaje principal, Tony Soprano. Tan sólo me permito, de cuando en cuando, escuchar la canción “Don’t Stop Believin’”, de Journey, tema con el cual concluye el último capítulo de la serie.

El bloqueo de tales recuerdos obedece a que me pone mal pensar en un amigo que una noche perdida de hace ya unos años, salió de mi casa con las seis temporadas de Los Soprano. Nunca más lo volví a ver.

“Te las regreso pronto”, dijo cuando se las presté, “no te preocupes”. Yo no estaba preocupado. Tiempo antes se las había prestado a otros tres amigos que tardaron más en pedírmelas que en verlas y devolvérmelas. Con este último amigo no ocurrió así.

Muy a mi pesar, la muerte de James Gandolfini no sólo me devuelve a los recovecos de un recuerdo ingrato, sino que también me sacude porque le admiraba verdadera y profundamente.

Arquetipo de un estereotipo, hasta antes de Tony Soprano, Gandolfini había recibido en el cine papeles secundarios o incidentales en los que personificaba mayormente a mafiosos y criminales. Su calvicie prematura, su figura corpulenta, las rudas líneas de expresión en su rostro y su acento italiano, resultaban muy atractivos para interpretar a perdedores o villanos de poca monta.

Curiosamente, el personaje que encumbraría a Gandolfini era un mafioso con esas características, un tipo vulgar y grotesco que, al experimentar un ataque de pánico, no sólo se cuestiona acerca del sentido de su vida, sino que decide acudir con una psicóloga en busca de algo que él parece asimilar como “redención”.

El acto de personificar a otro, de ser otro, implica una metamorfosis en la que un actor o actriz abandonan su ser durante un tiempo determinado. Dicho cambio puede tener sólo las maneras de un disfraz, es decir, el histrión llega a un escenario, se “coloca” el traje del personaje que interpreta, y cuando el ensayo, la obra o la toma concluyen, se lo quita para volver a ser él mismo. Pero también puede ser que, en lugar de ello, asuma la personalidad del personaje y se comporte como él o ella fuera de los escenarios.

Durante los casi ocho años y medio que duró la serie de televisión más vista y exitosa de la historia, James Gandolfini dejó de ser él mismo para convertirse en Tony Soprano, el capo de la familia de Nueva Jersey que es mal visto y por ende tolerado por las otras cuatro familias de Nueva York.

Quizá porque físicamente Gandolfini encarnaba a la perfección el cliché del mafioso italo-americano, es que se convirtió en Tony Soprano. Pero hoy más que nunca no debe quedar duda de que nadie más, excepto él, podría haber personificado al gángster de segunda, al amoroso padre de familia, al rebelde y sumiso paciente, al macho italiano que golpeaba mujeres, al criminal honorable que pagaba sus deudas y al despiadado asesino que sin remordimientos mataba a sus amigos y familiares.

Se diría que con excepción de la ascendencia italiana y el haber nacido en Nueva Jersey, Gandolfini no compartía ninguna otra cosa con Tony Soprano, pero hay algunos detalles en su biografía que se yerguen paralelos a la personalidad del capo: trabajó como bartender, sacaborrachos y gerente de un club nocturno (no se puede evitar pensar en el Club Bada Bing); en el anuario de la preparatoria en la que estudió recibió el título de “Class Flirt” (el seductor de la clase), y al igual que su personaje tuvo dos hijos: un chico, Michael, y una niña, Liliana, aunque de distinta madre.

Tales coincidencias son meramente circunstanciales y no definen ni inciden en la carrera actoral de Gandolfini, que si bien permanecerá atado a un solo papel en la memoria colectiva, con ello le habrá bastado para alcanzar la inmortalidad.

Hace seis años, en una entrevista concedida a un diario español, mientras se filmaban los últimos capítulos de Los Soprano, Gandolfini manifestó su deseo de alejarse por completo de Tony Soprano. Y, cuestionado acerca de su futuro como actor, no tuvo empacho en reconocer que quizá no sería muy promisorio: “Acabaré interpretando pequeños papeles, el tercero, cuarto, quinto personaje del reparto. Y estará muy bien porque es mejor hacerse a la idea de que eso es lo que acabará pasando”.

Ambas cosas se cumplieron. Se alejó por completo de Tony y de los papeles de mafiosos, pero salvo uno o dos casos, su crédito fue descendiendo al segundo, tercero, cuarto lugar… y a veces hasta el fondo de la pantalla.

No hay manera de saber si Tony Soprano y su familia –Carmela, su esposa, y sus hijos Meadow y Anthony Jr.– murieron asesinados en la imaginación de David Chase la noche del 10 de junio de 2007, fecha en que se emitió el último capítulo de la serie. En el corte a negros que se sucede poco antes de que Meadow ingrese a un merendero típicamente estadounidense, cualquiera tendería a pensar que sí.

Lo cierto es que James Gandolfini vivió un poco más de tiempo: seis años y nueve días a partir de esa fecha, coincidiendo su muerte con el día en que murió el mafioso italiano Sam Giancana (junio 19, 1975), asesinado en la cocina de su casa en Oak Park, Illinois, de siete balazos, mientras freía salchichas y pimientos.

La última secuencia de Los Soprano tiene lugar en el restaurante Holsten’s, ubicado en Bloomsfield, Nueva Jersey, un sitio que verdaderamente existe. Una campana empotrada en el dintel de la puerta anuncia la llegada de cada persona. Ingresan, en este orden, Tony Soprano; una mujer; un hombre que viste un chaleco y una gorra; Carmela; un hombre que parece un matón el cual es seguido por Anthony Jr.; dos hombres de color. La última en ingresar, suponemos, aunque eso no se ve (sólo escuchamos la campana), es Meadow. Nueve personas en total.

Tony Soprano murió ese día. James Gandolfini, seis años y nueve días más tarde.

Escribo esto y creo que estoy sentado en una mesa del Holsten’s. Profunda y vehementemente consternado deseo escuchar dos veces el sonido de una campana. Una me anuncia la llegada de James Gandolfini. La otra, el regreso de mi amigo que nunca me devolvió la serie de Los Soprano.

No hay malteadas, aros de cebollas ni hamburguesas. Lo que hay es un vaso con asientos de bourbon, un cenicero con un cigarrillo humeando y el destello blanquísimo de la pantalla de un ordenador.

En mi imaginación –o en mi reproductor de compactos, no lo sé– suena “Don’t Stop Believin’”…

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