Moby Dick o el narcotraficante blanco

Por ANDRÉS TAPIA

“La mañana del tercer día era fresca y serena. Una vez más, el solitario vigía de la noche fue reemplazado en el trinquete por una multitud de vigías diurnos que puntearon cada mástil, cada verga.

––¿La ven? ––gritó Ahab.

Pero la ballena aún era invisible.

––No tienen más que seguir su estela. Es infalible. Y eso es todo. ¡Eh, timonel, en rumbo! ¡Siempre el mismo! (…)”.

Moby Dick o La Ballena Blanca (La caza. Tercer día)

 

Al mediodía del tercer día de caza, el Capitán Ahab, desesperado, bramó: “¡Listos para izarme! (…) Hay que encontrarla enseguida”. Starbuck, el primer oficial del Pequod, cumplió, temeroso y resignado, la orden. Una hora más tarde, “…a unos tres puntos de proa a barlovento, Ahab avistó el chorro y de las tres cofas salieron tres aullidos como arrojados por lenguas de fuego”.

De acuerdo a la narrativa oficial (no la de Melville, por supuesto), cuando el narcotraficante mexicano Joaquín Guzmán Loera (también conocido como “el Chapo”) fue avistado, ninguno de los vigías y arponeros emplazados en las cofas emitió sonido alguno. Elusivo y poderoso como la Ballena Blanca que le arrancó una pierna al Capitán Ahab, podría escaparse de nuevo ante el menor zumbido de los arpones.

Pero, al igual que Moby Dick, Guzmán Loera dejaba detrás de sí una estela, si bien seguirla no era infalible, como aseguraba Ahab.

Cercado por Marinos mexicanos (¿no es maravillosa la alegoría?) en la ciudad de Culiacán, capital del estado de Sinaloa, “El Chapo” consiguió escapar a través de un túnel ubicado debajo de una tina de baño que conectaba con el alcantarillado de la ciudad. Dicho túnel, una construcción que incluía una escalera y una puerta similar a la de las embarcaciones que incluso disponía de un volante de cierre rápido, tuvo forzosamente que ser diseñada por profesionales de la ingeniería y debió contar con la mano de obra, la complicidad, el silencio y, acaso, la muerte, de un grupo nutrido de obreros y albañiles.

En tanto se descubrió un entramado de estos pasadizos que igualmente desembocaban en el sistema de alcantarillado y conectaban al menos media docena de casas, suponer el concurso corrupto de las autoridades del estado –haya sido mediante connivencia o cooperación–, no es ocioso, suspicaz y mucho menos absurdo, como soberbiamente suelen afirmar (casi con la misma soberbia del Capitán Ahab pero sin su clase ni poesía) algunos periodistas mexicanos.

La fortuna acumulada por Joaquín Guzmán Loera, inconmensurable y al mismo tiempo calculable, le permitió comprar lo imaginable, lo inimaginable y también lo predecible: ropa, mujeres, hombres legos, profesionales de todos los ámbitos, policías y, al fin, políticos miserables y corruptos.

De acuerdo al World Drug Report 2013 de la UNODC (United Nations Office on Drugs and Crime) y a un reporte pormenorizado de la misma institución, un kilo de cocaína en polvo que alcanza la frontera norte de México, se vende en un precio que oscila entre los 12,500 y los 15,000 dólares (la cifra menor consigna los datos que se tienen hasta el año 2009). Una vez llegado a los Estados Unidos, ese mismo kilo puede venderse al mayoreo entre los 12,500 y los 32,500 dólares.

Informes de la DEA (Drug Enforcement Administration) estiman que el Cártel de Sinaloa consigue introducir mensualmente dos toneladas de cocaína a los Estados Unidos. En tanto las siempre acertadas y confiables instituciones de seguridad mexicanas aseguran que la DEA suele mentir y exagerar, afirmaciones de las cuales hacen eco algunos practicantes del periodismo en México, reduzcamos las dos toneladas a sólo una y tomemos el precio menor para calcular las ganancias del Cártel de Sinaloa y del Chapo Guzmán: 12,500 x 1,000 = 12,500,000 x 12 = 150,000,000. Si estimásemos sólo ocho años del imperio del Cártel de Sinaloa, hablaríamos de 1,200 millones de dólares. Hecho esto, restemos costos de operación (pago de importaciones, traslados, sueldos y sobornos), y dejemos la cifra en la mitad: 600,000,000. Ahora repitamos la operación con la marihuana, la heroína y el cristal. Dejo los enlaces a los reportes de la UNODC:

(1)    http://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/WDR2011/WDR_Final_Prices_crop.pdf

(2)    http://www.unodc.org/unodc/secured/wdr/wdr2013/World_Drug_Report_2013.pdf

Ahora volvamos a la elusiva Ballena Blanca y su avistamiento. Un pretencioso émulo del Capitán Ahab (tan obcecado y obsesivo como él) de nombre Felipe, intentó cazar a Moby Dick. Al igual que Ahab, no lo consiguió jamás.

En tanto el tiempo de un ballenero en altamar es finito, Felipe cedió el timón del Pequod a un nuevo Ahab: un joven vigoroso y guapo, si bien intelectualmente no muy bien dotado, llamado Enrique. Aun así, este novel e incipiente marino, con su Starbuck, su Ishmael, su Queequeg, su Tashtego… consiguió hace unos días lo que Herman Melville no imaginó jamás: cazar, al fin, a Moby Dick.

Una tripulación de valientes y honestos marinos mexicanos (permítanme la aclaración: aquí no hay sarcasmo), se dio a la tarea de buscar en las cloacas de una Nantucket no situada en el Atlántico, sino en el Pacífico, a la ballena asesina.

Sin brújula ni astrolabio, se dejaron guiar por las indicaciones de otros balleneros, unos que sí procedían de Nantucket, que no sólo eran capaces de determinar la posición de las estrellas, sino situarse en las estrellas mismas y, desde ahí, observar la estela que la Ballena Blanca dejaba en su huida.

“Tres puntos de proa a barlovento”, gritaron desde un satélite los marinos de Nantucket. Y los marinos mexicanos dieron un golpe de timón y enfilaron hacia el puerto de Mazatlán, el único sitio de ese mar donde se percibía un chorro.

Me gustaría decir que Moby Dick se situó a babor del Pequod; que al sentir el acero frío del primer arpón en su piel se revolvió sobre sí y se lanzó sobre la embarcación para hundirla; que el nuevo Ahab se deslizó en un bote de remos, arpón en mano y, con todo el dolor de su pierna perdida en otro tiempo, en otro mar, en otra caza, se abalanzó para matar al fin al cachalote maldito. Pero ni el nuevo Ahab iba en el Pequod, ni la Ballena Blanca peleó por su destino.

Le capturaron con redes, como si fuera un atún, y luego le midieron a lo ancho y a lo largo, a lo corto y a lo angosto, como si quedase duda –como si hubiese alguna duda– de que la única ballena blanca que surcaba los mares del Pacífico fuese otra y no Moby Dick.

Dos diarios de la época dieron versiones encontradas: The New York Times aseguró que en el Pequod viajaban marinos mexicanos y estadounidenses; Milenio, en cambio, aseguró que sólo eran mexicanos. No hay mucho que decir: The New York Times ha cazado 1000 ballenas y perdido 50; Milenio sigue siendo un atunero.

“¡Listos para izarme! –gritó el novel Ahab–. Hay que encontrarla enseguida”.

Cuando al fin alcanzó la punta de la verga, la Ballena Blanca yacía encerrada y dormida.

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