Los desasosiegos de Paz

Por ANDRÉS TAPIA

Hacia el otoño de 1999, mientras laboraba en el suplemento cultural El Ángel del periódico Reforma, me descubrí una tarde, leyendo en voz alta, un texto de Octavio Paz en torno a Rafael Alberti. Se titulaba “Rafael Alberti, visto y entrevisto”, y formaba parte de uno de los tomos de las obras completas de Paz que el Fondo de Cultura Económica había editado poco tiempo atrás.

Coincidental, azarosamente, Alberti había muerto unos días antes. La noticia de su muerte nos sorprendió entrada la hora del cierre y cuando todos los reporteros de la sección diaria de cultura se habían marchado. Salvador Camarena, editor de la primera sección, me llamó para preguntarme: “¿Conoces la obra de Alberti, eres cercano a ella?” Como le respondí que sí, ordenó: “Tienes una hora para entregarme una nota”.

Llamé a Jaime Labastida, a Sergio Pitol. El primero se dolió amargamente; Pitol, en cambio, nos dio el encabezado de la nota: “Se habían muerto ya todos los de su generación, y los de generaciones posteriores; pero Alberti parecía inmortal”.

Al día siguiente, el cantautor español Joaquín Sabina visitó el periódico. Se le veía cabizbajo, apesadumbrado. Cuando ya se marchaba, lo alcancé en las escaleras, rodee su cuello con mi brazo y le dije: “Regálame un texto sobre Alberti”. Sabina me miró sin sorpresa y sólo masculló: “Lo tienes mañana; llama a María Ignacia Paxariño.

Mañana era viernes. Y el texto de Sabina no llegó. Al día siguiente, alrededor de las seis de la tarde, cuando ya postergar el cierre de la edición era absolutamente inviable, recibí una llamada. “Te va el texto, guapo”, dijo María Ignacia. Y agregó: “Te paso a Joaquín”. Sabina, entonces, me dictó un soneto:

Si digo Rafael digo torero.


Si digo cal naufrago en tu bahía.


Cabello de ángel, gorro marinero.


Si digo barcos nombro tu poesía. 

Si digo Alberti digo Garcilaso,


Federico, la casa de las flores,


“No pasarán”, Trastévere, Picasso.

Si digo Rafael digo Dolores.


Si digo luto digo que no quiero.


Si digo Juan me abrazo al Panadero

del pan azul de la melancolía.

Si digo octubre mato a tu asesino.


Si se va Rafael se muere el vino


del bar del Puerto de Santa María.

El soneto se publicó el domingo 31 de octubre en El Ángel. Días más tarde, sin pretenderlo, encontré el texto de Paz sobre el poeta gaditano, el cual había sido escrito en 1984. En él, Paz proclama su admiración juvenil por Alberti, la cual poco a poco y casi inadvertidamente, se va difuminando y se convierte en crítica. Paz no ahonda en las diferencias ideológicas que lo separan de Alberti, en cambio es generoso para caricaturizar al gaditano: “…se transformaba al decir en público sus poemas. Los decía muy bien, quizá demasiado bien. A pesar de mi admiración, lo encontré siempre un poco teatral. Al oírlo me parecía asistir a un espectáculo, no participar en una experiencia espiritual”.

Con la prestancia de su prosa y la estética de un gladiador victorioso, Paz no se contiene para decapitar a Alberti: “Entre el sacerdote y el político hay una figura intermediaria: el actor. Los tres son oficiantes en ceremonias donde la acción se confunde con la representación y ésta se resuelve en liturgia. En aquellos mítines en que Alberti oficiaba con pasión y elegancia ante centenares de feligreses entusiastas era difícil distinguir entre la política y el rito, el rito y el espectáculo”.

Los dos últimos párrafos de “Rafael Alberti, visto y entrevisto”, empero, parecen el mea culpa de alguien que ha llegado demasiado lejos y se muestra arrepentido. Paz, el poeta, se aleja de su alter ego político y esculpe con palabras un mausoleo para su otrora amigo y admirado mentor.

“Mientras recita, Niebla corre de un lado para otro, desaparece en una arboleda amarilla, reaparece entre dos troncos negros, fantasma centelleante. Las palabras se disipan, Rafael Alberti y su perro se alejan entre los árboles, yo escribo estas líneas”.

Hijo de 1968 en el sentido real y figurado, mis desencuentros con Octavio Paz son paralelos y equidistantes a los que él pudo haber tenido con Alberti y otras figuras literarias. Sin embargo, se convierten en agravio cuando el Paz autoritario, el mismo que acaso con corrección califica a Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez de “apologistas de tiranos”, el que descalifica a Mario Vargas Llosa cuando este acuña la expresión “la dictadura perfecta” y reprende a Enrique Krauze por coincidir con aquel, se acerca al poder y valida a Carlos Salinas de Gortari como un reformador.

“Han sido decisivas las reformas económicas y políticas realizadas por Carlos Salinas y su equipo. Más jóvenes que los políticos anteriores y con mayor sensibilidad histórica, se dieron cuenta de los cambios de la sociedad mexicana y obraron en consecuencia. Así han logrado sacar al país del pantano en que había caído”, respondió Paz a Julio Scherer en una entrevista publicada en 1994.

En el mundo de las ideas nadie puede ser el guardián de la verdad. Ni el filósofo, ni el estadista, ni el historiador… tampoco el poeta aunque sus palabras hayan sido laureadas con el ascenso al Olimpo. Los desatinos políticos de Octavio Paz no descalifican ni a su persona ni a su obra, siempre y cuando no se nieguen o se pretenda su inexistencia. El propio Enrique Krauze ha reconocido en innumerables ocasiones que el pensamiento político de Paz no siempre fue atinado. Y en abono del mismo Krauze, sus palabras y su presencia tras la muerte de Carlos Fuentes, restañen la figura del historiador, cuyo ensayo “La comedia mexicana de Carlos Fuentes” provocó la ruptura entre Fuentes y Paz.

Poco antes de recibir el Premio Nobel, Paz volvió sobre sus pasos y en “Saludo a Rafael Alberti”, sin negar sus diferencias, se mostró conciliatorio con el gaditano: “No revivo querellas; tampoco reniego de lo que pensé y pienso; digo, simplemente, que siempre he visto a Rafael Alberti, desde la otra orilla que es mi orilla, como uno de nuestros pararrayos poéticos…”

Pienso exactamente lo mismo de Paz: siempre lo he visto como uno de nuestros pararrayos poéticos. Tanto así, que en aquel ya lejano otoño de 1999, cuando leí por primera vez el texto que escribió sobre Alberti, lloré. Y lo hice por la emoción simple que unas cuantas palabras, ordenadas como si fueran los vagones un tren en movimiento, provocaron en mí. Ese es el Octavio Paz al que yo recuerdo y celebro.

El otro, el intelectual soberbio, autoritario, el que denostaba a sus pares no sólo por sus ideologías, sino porque poseían algo de lo que él carecía: “teatralidad” y carisma, y que pretendía adelantarse a su tiempo y perfilar los acontecimientos de un país que, si algo ha demostrado la historia, es absolutamente imprevisible, a ese Paz desasosegado, no puedo celebrarlo ni recordarlo.

En “Rafael Alberti, visto y entrevisto”, Paz rememora un momento en el que Alberti elogió los poemas de un joven que entonces tenía 20 años: “En lo que escribes hay una búsqueda de lenguaje, y por eso tus poemas, en el fondo, son más revolucionarios que los de ellos. Tú te propones explorar un territorio desconocido –tu propia intimidad– y no pasearte por parajes públicos en donde no hay nada que descubrir. No he olvidado nunca sus palabras. ¿Las recordará Alberti?”.

Alejado ideológicamente de Rafael Alberti, acaso hubo un momento en que Paz olvidó aquellas palabras y abandonó ese territorio desconocido –su propia intimidad– para pasearse por los parajes públicos de la política donde no había nada que descubrir.

Y acaso ahí, sin darse cuenta, se extravió.

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