Las mentiras de los “conspiracionistas”

398587_10150581824723465_1922897934_n

Por ANDRÉS TAPIA

El acto de mentir ostenta dos facetas: la benévola y la malévola. La primera es utilizada para salvarse a uno mismo (en La Biblia, con tal de no ser apresado, Pedro el Apóstol miente y niega a Jesús tres veces). La malévola, en cambio, tiene por objetivo engañar a los demás y obtener una ventaja (sin existir contacto alguno, Cristiano Ronaldo se arroja al césped dentro del área y finge haber sido tropezado por un contrario con tal de que el árbitro señale un tiro penal a favor de su equipo).

En el primer caso, la mentira se halla patinada de cobardía. En el segundo, de perversidad.

La frontera sutil que debería existir entre ambas, en México se halla difuminada por el tránsito constante que, desde tiempos inmemoriales, los mexicanos hemos realizado de uno a otro extremo.

En la mitología del pueblo azteca, al año de 1519 se le designaba como el año en el que Quetzalcóatl regresaría. El dios civilizador no regresó, pero en cambio apareció el conquistador Hernán Cortés. Obnubilados por su fe, los aztecas creyeron que Cortés era Quetzalcoátl… y sobre esa piedra –una piedra tan piadosamente mentirosa como Pedro el Apóstol– fundamentaron su historia.

En el inconsciente colectivo de una sociedad primitiva, una pregunta dialéctica y retórica democratizó la tragedia: “¿Era en verdad Quetzalcóatl… y si lo era, se volvió malvado?”.

La respuesta es aun más dialéctica y retórica: ni una cosa ni la otra. Pero desconcertados como estaban ante lo desconocido, los aztecas no supieron qué responderse y fue en ese momento –y a partir de una coincidencia extraordinaria y monumental– que acogieron a la mentira como su religión.

Muchos años después, con precisión el lunes 22 de marzo de 2010, una niña mexicana llamada Paulette Gebara, fue reportada como desaparecida. De acuerdo al relato de sus padres y sus niñeras, la noche anterior se le recostó en su cama como a cualquier niño. Al amanecer, empero, la niña se había esfumado.

Familiares, amigos, medios de comunicación, policías, se hicieron presentes y registraron el apartamento en que vivía la niña y, aun más, su habitación. Se habló de un secuestro, se culpó a los padres, a las niñeras, se mencionó, incluso, por más absurdo que pueda parecer, que seres extraterrestres habían abducido a la niña. Lo único cierto es que ella no estaba ahí.

Nueve días más tarde, el cuerpo de Paulette apareció a los pies de su cama, oculto por mantas y frazadas, en el mismo lecho en que su madre había concedido entrevistas a reporteros y en el que, incluso, había dormido una persona cercana a la familia.

De acuerdo a lo declarado por las autoridades, el cadáver no estaba corrupto, y si lo estaba jamás despidió el hedor de los muertos. Nueve días y la incontrovertible verdad de la muerte no se hizo presente en todo ese tiempo. La versión oficial es que la niña rodó sobre la cama, cayó en ese hueco y se asfixió.

Quien haya sido el culpable no es precisamente lo de menos; pero lo que no está de más y se sobreseyó, es que pasaron nueve días antes de que se encontrara el cuerpo: un cuerpo que no se movió, no se corrompió, no despidió hedor alguno.

Pasado un tiempo prudente (ignoro cuánto es prudente), la sociedad mexicana dejó de preguntar por el misterio de la niña Paulette. Y se olvidó de ella.

La mentira es nuestra religión y debemos respetarla, jamás contradecirla. En México lo inverosímil no puede serlo porque nosotros mismos somos inverosímiles. La anormalidad es la normalidad (Carlos Fuentes dixit), luego entonces lo que debería ser normal nos parece absurdo y fuera de lugar.

Tras descubrirse el cuerpo de la niña al pie de su cama, el diario mexicano Milenio publicó en primera plana la foto de su cadáver; si tal acción resultó falta de ética o era moralmente criticable, es tema de otra discusión. Que el director de ese diario, Carlos Marín, haya citado a Edgar Allan Poe y a su personaje, el Chevalier Auguste Dupin, para aclarar el misterio de la muerte de Paulette, supone el acto más exquisito –y execrable– sobre el cual se ha edificado jamás una mentira

(“Por lo que se tiene claro ya en esta deplorable nota roja plagada de misterios y aparentes absurdos, bien puede terminar como el cuento de Edgar Allan Poe, donde el perspicaz Dupin debe hallar “La carta robada” de las habitaciones reales por un supuesto ministro “ladrón”, cuyo contenido puede afectar a otro importante personaje; la mansión había sido revisada y vuelta a revisar, hasta que el detective, con simple sentido común, descubre el documento en un miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea…

“Nadie se sorprenda, pues, si Paulette se asfixió contra la base del colchón y su cuerpecito estuvo siempre donde se encontró”).

Al igual que las religiones, la mentira requiere de apóstoles. Pedro miente tres veces para no sufrir el destino de su maestro; más de dos mil años después, un periodista mexicano declara que Lázaro se levantó, sin Cristo ni conjuro de por medio, y volvió a andar tan sólo para morirse nuevamente a los pies de su cama. Cuatro son los evangelios reconocidos por la Iglesia Católica, pero parece que existe uno más: el de San Carlos Marín (palabra de Dios).

Fox Mulder, uno de los dos personajes principales de la improbable serie de televisión X-Files, dice a Dana Scully, su compañera y antagonista, lo siguiente en el capítulo titulado “Conduit”: “Ésta es la esencia de la ciencia: haces una pregunta impertinente con tal de conseguir una respuesta pertinente”.

Periodistas como Carlos Marín, Sergio Sarmiento o Pablo Hiriart, llevan años denunciando “la conspiración de los conspiracionistas”, que no es otra cosa más que un grupo de idiotas negándose a aceptar las versiones oficiales como las verdades únicas e indivisibles, y que además hacen preguntas impertinentes.

“Señor Mulder”, dice otro personaje de los X-Files, atinadamente llamado Deep Throat en franca referencia a uno de los mitos del periodismo contemporáneo, “¿por qué aquellos como usted, que creen en la existencia de vida extraterrestre en la Tierra, no han sido persuadidos por toda la evidencia existente de lo contrario”.

Adormecido, aletargado, drogado, el tal Fox Mulder –un agente del FBI confinado a los sótanos por sus pensamientos estrambóticos–, responde:

“Porque toda la evidencia en contra no es enteramente disuasiva”.

Soy un hijo de la mentira, igual que ustedes, señores Marín, Sarmiento, Hiriart y los que falten. Y soy un poco peor porque hago preguntas impertinentes. Un idiota “conspiracionista” de acuerdo a sus cánones.

Pero yo no finjo faltas dentro del área grande, como ustedes y como Ronaldo, para conseguir tiros penales a favor.