El último día del último febrero bisiesto

Por ANDRÉS TAPIA

En la última página de El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad hace decir a Charlie Marlow, el protagonista y narrador de la historia, lo siguiente: “Me parecía que la casa iba a derrumbarse antes de que yo pudiera escapar, que los cielos caerían sobre mi cabeza. Pero nada ocurrió. Los cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías”. Conrad alude con esta frase a un aforismo en latín: Fiat justitia, ruat coelum (Que se haga justicia, aunque los cielos caigan).

Marlow la pronuncia tras escuchar los ruegos de la prometida del agente Kurtz, quien desea saber cuáles fueron las últimas palabras de éste antes de morir (“Repítalas”, murmuró con un tono desconsolado. “Quiero… algo… algo… para poder vivir”). Marlow le dice que la última palabra que pronunció fue el nombre de ella. Pero está mintiendo. Las últimas palabras de Kurtz fueron: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”.

La mañana del 29 de febrero pasado, a las puertas de un establecimiento de comida rápida que se localiza justo en una de las entradas de la estación del metro Oktyabrskoe Pole, situada en el distrito Shchukino, en el noroeste de la capital rusa, tuvo lugar una escena que bien podría haber inspirado las últimas palabras de Kurtz y la mentira de Marlow.

Debajo de la imagen del coronel Harland David Sanders, el empresario que fundó la cadena KFC y que hizo del prescindible e insípido estado de Kentucky una referencia mundial, una mujer llamada Gyulchekhra Bobokulova sostenía la cabeza de Nastya Meshcheryakova, una niña de cuatro años, mientras vociferaba consignas en las que las palabras “terrorista”, “democracia” y “dios” se repetían de manera constante.

Bobokulova –quien era nana de Nastya– asesinó y decapitó a la niña horas antes y, acto seguido, incendió el departamento en el que vivía con ella y sus padres, Ekaterina y Vladimir. Luego de eso, colocó la cabeza de Nastya en una bolsa de plástico y salió a la calle.

Gulya –como Ekaterina y Vladimir llamaban cariñosamente a Gyulchekhra– había viajado semanas atrás a la ciudad de Samarcanda, en Uzbekistán, para renovar su pasaporte y encontrarse con su familia. Pero no fue una visita feliz. Apenas llegar, se enteró que el hombre que amaba estaba casado y/o se había marchado con otra mujer.

Gyulchekhra, Gulya, Bobokulova –de todos modos y con cualquier nombre la niñera de Nastya–, tras ser detenida e interrogada, declaró a la policía que escuchó voces en su cabeza que le ordenaron asesinarla. Ataviada con un hijab de color negro, el atuendo común para las mujeres en la religión musulmana, exhibió la cabeza de Nastya del mismo modo en que Herodes mostró la cabeza de Juan el Bautista a los convidados a su fiesta.

Pero al Mundo no pareció importarle. Después de todo, los cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías.

La noticia del asesinato de Nastya Meshcheryakova, una niña que padecía una afectación a partir de su nacimiento, fue colocada en las cloacas de las páginas de la nota roja de prácticamente todos los diarios del Mundo. Que una mujer diagnosticada con esquizofrenia y psicosis progresiva, agravada por una decepción amorosa, hubiese decapitado a la niña que fervorosamente cuidaba, y luego hubiera exhibido su cabeza como si fuese un trofeo de guerra, mereció apenas la mención de un crimen común en prácticamente todos los medios de comunicación del Mundo.

Preocupados por el avance incontenible de Donald Trump –el grotesco contendiente a la candidatura a la presidencia del Partido Republicano en los Estados Unidos–, la imagen del horror prefigurada por Conrad 217 años atrás, no representó más que una nota de color. Pero el horror es el horror, aunque lo ocultes en la página 28 del periódico más reputado de la Tierra.

La obra insignia de Joseph Conrad, la cual fue publicada el año 1899, es en estricto rigor una crítica feroz al imperialismo occidental, pero también una alegoría de la locura, representada ésta por el agente Kurtz, un hombre que comercializa marfil y al que, a pesar de su paulatina degradación y sus siniestros excesos, los nativos africanos adoran como un dios.

Es una mañana fría en Moscú.

La gente va al trabajo.

Gyulchekhra Bobokulova, una mujer que tiene 38 años, tres hijos, un primer matrimonio infame y una idea retorcida de la esperanza, estrangula a una niña de cuatro años y luego la decapita. Su vida es tan insignificante que necesita publicitar su crimen para trascender un poco. Al menos un poco.

En una estación del metro de Moscú exhibe la cabeza del más inocente de los seres vivos de la Tierra.

La prometida del agente Kurtz, una mujer a la que Joseph Conrad no concede un nombre porque no le parece trascendente, musita exigiendo la verdad de las últimas palabras de un moribundo si bien no le importa sean una mentira: “Quiero… algo… algo… para poder vivir”.

“Estaba a punto de gritarle: ‘¿No las oye usted?’ La oscuridad las repetía en un susurro que parecía aumentar amenazadoramente como el primer silbido de un viento creciente. ‘¡Ah, el horror! ¡El horror!’”.

Es el último día del último febrero bisiesto. Gyulchekhra Bobokulova sostiene la cabeza de Nastya Meshcheryakova a las afueras de una de las entradas de la estación del metro Oktyabrskoe Pole en la ciudad de Moscú. Encima de ella, de ellas, en una marquesina, el coronel Sanders sonríe al tiempo que invita a degustar su receta secreta: el pollo Kentucky.

Hay algo de poesía en todo ello, por más macabra que sea.

Fiat justitia, ruat coelum.

Que se haga justicia, aunque los cielos caigan.

Pero los cielos no caen y una niña hoy está muerta.

Después de todo, los cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías.

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