Creo que mamá se está volviendo loca…

Por ANDRÉS TAPIA

El día 25 de julio de 1980, en el contexto de los Juegos Olímpicos de Moscú –uno de los últimos estertores de la Guerra Fría–, el atleta mexicano Daniel Bautista, ganador de la medalla de oro en Montreal 1976, fue descalificado en la competencia de marcha de 20 kilómetros, a poco menos de 2,000 metros de llegar a la meta.

Han pasado casi 36 años de esa historia y mi madre me escribe desde Moscú. En un mensaje de Whatsapp que ingresa a mi celular a las 22:34 horas del 25 de mayo de 2016, me cuenta que ella y sus compañeros de viaje están hospedados cerca del estadio olímpico. Supongo que se refiere al Estadio Luzhnikí, en otro tiempo –el tiempo de la U.R.S.S.– conocido como Estadio Central Lenin, el sitio al que justa o injustamente no llegaría Daniel Bautista.

No existen las coincidencias: mi madre está recordando algo. Y en ese recuerdo inasible y emocional de su mente –algo que un neurólogo hípster-progresista podría definir como “neuro-retro-sensorial”– yo estoy presente.

La conexión literalmente física entre una madre y un hijo se rompe a los pocos segundos de que el último ha nacido. El cordón umbilical, un apéndice a un mismo tiempo natural y extraño en el cuerpo de una mujer, alimenta cual si fuese una manguera de oxígeno a un ser invasivo que de algún modo la está agrediendo. El crío nace, sus pulmones reciben por vez primera una bocanada de oxígeno, y la incomprensión de esa sensación, una circunstancia inédita, deviene en miedo: nueve meses ha recibido por ese conducto oxígeno líquido y repentinamente su nariz adquiere una función.

Abandonar el útero, la seguridad, el calor, para enfrentar un Mundo desconocido es, cuando menos, una experiencia de mierda. Y si a ello se suma el acto de que alguien va a desconectarte de tu madre, que va a tomar unas tijeras y con ellas va a romper el vínculo primigenio de la vida para que, en adelante, la vida pueda ser pero de otra manera, supone una agresión mayúscula. Una agresión que, sin embargo, debe ocurrir para que el ciclo de la vida se ponga en marcha.

El ciclo de la vida –una suerte de círculos concéntricos de acuerdo a una novela de Truman Capote, a los que hay que trepar una y otra vez para avanzar, crecer y ser–, no es precisamente una línea recta: a falta de dos kilómetros para llegar a tu destino, justo debajo de un puente del que nunca saldrás, alguien puede descalificarte porque piensa que eres un tramposo o porque verdaderamente eres un tramposo.

El año de 1980, cuando Daniel Bautista fue descalificado en los Juegos Olímpicos de Moscú y John Lennon fue asesinado, mi vida cambió, pero también la de mi madre. Separada de mi padre, tuvo que aprender a trabajar para mantener a cuatro hijos. Fue un empleo tras otro, una decepción tras otra, una idea inacabada del fracaso que siempre, irremediablemente, remitía al mito de Sísifo.

Al fin, después de muchos ensayos y errores, consiguió un trabajo en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Y trabajó en ese sitio por más de 30 años.

La mayoría de las leyes que existen en México no se cumplen, y cuando llegan a cumplirse suelen estar plagadas de errores e injusticias. Debo decir que no es el caso de mi madre.

Jubilada y pensionada, habiendo ignorado su propia vida en aras de la vida de sus hijos, decidió un día que la suya sería algo más que el barrio, los barrios, los kilómetros y colonias que recorría todas las mañanas –a eso de las 6:00 horas–, para ir al trabajo y volver por la tarde a casa. Tan pequeño era su mundo que decidió volverlo inmenso.

Se compró una computadora, un Ford Focus, comenzó a enviar E-mails y un día también mensajes a través de Whatsapp. Y decía: “Estoy en Perú, Andresito”; “en Panamá”, o “voy a viajar a Lituania”.

Como yo, como tú, como cualquier persona, mi madre aprendió a hablar los idiomas de la postmodernidad con tal de mantenerse presente en el Mundo. Pero lo hizo no para ser actual, o chic, o moderna, sino tan sólo para interactuar con sus hijos en un Mundo que cuando fue joven le resultaba incomprensible y al que en modo alguno podía acceder.

El último periplo de mi madre comenzó hace unos diez días y acabará en cinco más: Letonia, Lituania, Estonia, Rusia… Semanas antes llamó para preguntarme qué monedas se usaban en cada país. Y luego hoy, en medio de la nada, me envió un mensaje de Whatsapp para decir que en el sitio en el que se encontraba eran las 06:30 horas de la mañana y que se hospedaba cerca del estadio olímpico.

El 25 de julio de 1980, Daniel Bautista fue descalificado a menos de dos kilómetros de llegar a la meta en el Estadio Central Lenin; yo tenía 12 años. Ávido de héroes que no existían, que pocas veces han existido en México, hice un berrinche monumental. “¡Malditos rusos!”, grité. O creo recordar que grité.

Han pasado 36 años de eso y hoy sé que mi madre aún recuerda la maldición que proferí.

“Hola Andresito, ¿cómo estás? Aquí son las 6:30 A.M. Estamos hospedados cerca del estadio olímpico. Te mando besos. Cuídate. Te quiero”.

No sé cuántos kilómetros le faltan a mi madre para llegar a la meta, y no quiero saberlo. Pero la veo feliz.

Con eso me basta.

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