La carta de mi padre (una llamada del más allá)

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando mi padre murió empaqué en dos viejas maletas una gran parte de sus pertenencias. No eran muchas, ciertamente, de modo que tuve que hacer una suerte de curaduría para saber qué llevarme conmigo y qué dejar atrás.

No le había visto en muchos años, y lo que vi cuando lo vi fue un cadáver al que había que identificar para sacarlo de la morgue. “¿Es éste tu padre”, preguntó un forense. Dudé sin dudar, miré sin mirar: tenía la boca abierta, los ojos hundidos, los párpados abiertos. Mi imaginación exacerbada, mi inteligencia y los cientos de novelas de detectives que había leído hicieron el resto: el infarto fue instantáneo. Papá cayó de la cama con el corazón perforado. Quiso halar oxígeno, pero ya no lo consiguió. Fue tan brutal y repentino que sus ojos no pudieron cerrarse.

“Sí, es él”, respondí.

En aquellas dos maletas introduje pantalones, zapatos, un par de camisas, muchos libros. También su teléfono celular, un paquete de cigarrillos, una lupa y unos anteojos cuyos cristales estaban rotos y una de sus patillas remendada dolorosamente con cinta adhesiva. Y cientos de papeles, cientos: recibos de compra, cajas de medicinas, recetas médicas, cuadernos de notas, apuntes en hojas sueltas, tarjetas de presentación… Y dos cartas.

Con todo eso y una urna llena de cenizas, mi amigo Gustavo Moheno y yo viajamos de Guadalajara a la Ciudad de México una tarde de abril del año 2002.

Una de las cartas había sido escrita por mi padre. Nunca llegó a su destino. Papá había escrito el nombre y la dirección del destinatario, comprado y pegado las estampillas postales, pero no la envió. Era una carta de amor escrita para una mujer, una mujer a la que mi padre llamaba señora, una mujer de la que no sé si se enamoró, pero a la que él se quiso aferrar en medio de la tormenta y el naufragio que era su vida entonces.

La otra carta no la escribió él. Se la envió un amigo de la juventud, Julio Javier, a quien en el barrio de su infancia apodaban “Conejo”. Estaba fechada el 4 de enero de 1993.

Durante un tiempo, luego de aquel viaje triste a Guadalajara, por las noches contemplaba las pertenencias de mi padre, las leía, las tocaba. Lo único que pretendía era hacerme una idea cercana de lo que había sido su vida y comprender cómo fue que ocurrió su muerte. Quise escribir de ello, muchas veces lo intenté, pero jamás pude llegar a nada. Un día, sin más, me di por vencido y guardé las maletas en el armario.

Por ese entonces, mi amigo Iván Rivera se separó de su esposa y me pidió asilo. Vivimos dos, tres meses juntos, mientras él y su esposa intentaban superar su crisis matrimonial.

Una mañana Iván se marchó al trabajo y yo me fui a correr al Bosque de Chapultepec. Nos despedimos en la puerta del edificio en el que aún habito. Una hora y media más tarde, cuando regresé, descubrí que habían robado mi departamento. Mi computadora, una backpack y una chaqueta de Iván fueron las cosas que perdimos.

El robo lo perpetraron unos vecinos del edificio, un grupo de estudiantes que vivían en el primer piso. Lo supe porque acudí con un investigador privado, al que después de describirle los hechos, me dijo: “Son ladrones ocasionales, tienen entre 15 y 20 años, vieron la oportunidad y lo hicieron”, sentenció.

Lo que más dolió no fue la pérdida de los objetos materiales –los ladrones fueron tan imbéciles que no robaron dinero en efectivo que se hallaba prácticamente a la vista–, sino el hecho de que profanaran las cenizas de mi padre, las cuales en ese tiempo yo guardaba en mi mesilla de noche.

Aquel fue un tiempo malo. No tenía empleo, me estaba distanciando de mi pareja y, por si fuera poco, acababan de robarme. Atribulado por todo, creí que la presencia de mi padre en mi hogar, su falta de sepultura, su fantasma, estaban ocasionándome todos esos problemas. Llamé a mi hermano y le dije: “Ya no quiero tener a papá aquí, quizá está enojado, no sé, ayúdame a buscarle un lugar”.

Unos días después, mi hermano se apersonó en casa y le entregué la urna con los restos de mi padre. La llevó a su oficina y hasta el día de hoy ahí permanece.

El tiempo pasó y lentamente las cosas comenzaron a mejorar. Conseguí un empleo, y luego otro, y más tarde uno mucho mejor. El fantasma de papá al fin se había marchado de mi vida. O al menos eso creí.

Algunos años más tarde conocí a una mujer, una mujer a la que Rafael Molano describió como La Maga, el personaje antagónico de la novela Rayuela de Julio Cortázar. “Ella está ahí”, me dijo. “Y luego no está. Te enloquece, te hace sentir que es tuya. Y luego, repentina, abrupta, violentamente se va”.

Esa mujer era exactamente así: una promesa cierta que siempre se postergaba, una amenaza no de lluvia sino de tormenta, un instante de felicidad por muchas horas de sinrazón. Iba y venía. Se acercaba y se marchaba. Sonreía y enseñaba los dientes. Besaba y golpeaba.

Una noche de domingo –hastiado, enfermo y sometido por su actitud– me inventé un exorcismo esquizofrénico. Abrí las maletas que guardaban las pertenencias de mi padre y cogí su teléfono celular. Necesitaba un consejo y tenía que provenir de él. “Papá –pronuncié en voz alta– ¿qué es lo que debo hacer?”.

Cinco días más tarde, luego de otro desencuentro, La Maga me dijo que vendría a mi casa, que beberíamos café, vino tinto y hablaríamos. Entramos juntos a mi apartamento, yo me sentía exultante, pero algo estaba mal. No lo percibí de inmediato, pero cuando por la razón que sea entré en mi habitación, descubrí que me habían robado otra vez. Mi pantalla de televisión, mi reproductor de DVD’s, una computadora nueva, mis películas, una gabardina que había comprado en París el año 2001, habían desaparecido. Y también una de las maletas en las que transporté las pertenencias de mi padre cuando murió: la utilizaron para llevarse una gran parte de mis cosas.

La cita con La Maga se arruinó. La despedí para quedarme solo y llamé a una pareja de buenos amigos que acudieron de inmediato.

Esa noche no quise dormir en mi cama y lo hice en el sillón del salón. A la mañana siguiente, el detective que me habita quiso reconstruir los hechos e inició una investigación. Mis hallazgos condujeron a un descuido imperdonable de la portera del edificio. Pero la evidencia más contundente la hallé sobre mi cama.

Los ladrones vaciaron la maleta en la que guardaba las pertenencias de mi padre por toda mi habitación. La carta que Julio Javier, “el Conejo”, le había escrito a mi padre 16 años antes y que yo en ese momento no recordaba, yacía cínica en mi almohada como la sangre de un crimen. Era una hoja simple, doblada en ocho partes. Leí:

Baltazar:

Mi hermano Joaquín me comentó que El Pollo le habló para preguntarle si yo sabía algo de ti, y sólo le dijo que cuando he llegado a estar en Guadalajara en ocasiones te he visto, pero que desconocía tu domicilio.

Al respecto, El Pollo le aclaró que deseaba saber cómo localizarte para darle los datos a tu hijo, porque al parecer quiere hablar contigo, así le entendió mi hermano. (…)

Esta noche, sin la intención de realizar un nuevo y esquizofrénico exorcismo, he extraído el teléfono celular de mi padre, sus anteojos, un paquete de cigarrillos de la marca Delicados y una carta que fue escrita hace poco más de 23 años, un tiempo dislocado y distante en el que necesitaba hablar con mi padre.

Quizá hoy también lo necesito, pero esta vez no pienso marcar a un número al más allá.

La carta de Julio Javier “Conejo”, el amigo de mi padre, la que hoy puedo leer sin lágrimas, concluye:

Si no logro saber de ti por alguna causa, tú tienes los medios para proceder.

Te deseo muchas felicidades para este año y, ante todo, no bebas más.

Quien te aprecia de corazón,

Julio Javier (Conejo)

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