Por ANDRÉS TAPIA

En la obra de teatro Esperando a Godot, de Samuel Beckett, dos vagabundos, Vladimir y Estragon, aguardan a la sombra de un árbol por alguien a quien llaman Godot, con quien presumiblemente tienen una cita, pero esto no queda del todo claro. Mientras lo hacen, dos personajes más aparecen: Pozzo, un hombre cruel que afirma ser el dueño de la tierra en la que están postrados, y Lucky, su criado.

Tras sostener alguna interacción, Pozzo y Lucky se retiran, y Vladimir y Estragon permanecen a la espera de Godot, que jamás llega. En su lugar, aparece un chico que porta un mensaje del ausente. Llanamente les dice que Godot no ha podido presentarse, pero que “mañana seguramente lo hará”. Vladimir y Estragon, que han pasado largo tiempo a la espera de alguien que probablemente no existe, o quizá sí, deciden marcharse… pero al final no lo hacen.

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Por ANDRÉS TAPIA

Lo primero que eché de menos fueron tres fotografías: dos de Emily Ratajkowski y una de Emma Watson: las había robado en tiempos recientes de sus páginas de Facebook y las incorporé a mi cuenta de Instagram. A las primeras las titulé “Simply Emily”; a la segunda, “Emma forever”. Un poco más tarde noté que habían desaparecido muchas más.

Faltaban las imágenes de mi apartamento, recogidas una tarde soleada y aterrenal en la Ciudad de México: un caleidoscopio improbable de luces y sombras proyectado en el Parquet, producto de la interacción del sol con las persianas, las sillas y la mesa de cristal del comedor, que parecía haber sido extraído de la novela más optimista de Jane Austen.

No fue lo único.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: COMIC BOOK RESOURCES

Existe un libro llamado Whoever Fight Monsters. My Twenty Years Tracking Serial Killers for the FBI. La mitad del título está inspirado en un aforismo de Friedrich Nietzsche extraído de Así hablaba Zaratustra: “Quien combate con monstruos debería evitar convertirse en uno en el proceso. Cuando miras fijamente el abismo, él también mira dentro de ti”. El autor del libro (en coautoría con Tom Shachtman) es Robert K. Ressler, un ex agente del FBI que trabajó cerca de 20 años en el buró analizando escenas de crímenes, elaborando perfiles psicológicos de asesinos seriales y, en menor medida, negociando la liberación de rehenes. A él se le atribuye haber acuñado la expresión “asesino serial”.

Por ANDRÉS TAPIA

El día 25 de julio de 1980, en el contexto de los Juegos Olímpicos de Moscú –uno de los últimos estertores de la Guerra Fría–, el atleta mexicano Daniel Bautista, ganador de la medalla de oro en Montreal 1976, fue descalificado en la competencia de marcha de 20 kilómetros, a poco menos de 2,000 metros de llegar a la meta.

Han pasado casi 36 años de esa historia y mi madre me escribe desde Moscú. En un mensaje de Whatsapp que ingresa a mi celular a las 22:34 horas del 25 de mayo de 2016, me cuenta que ella y sus compañeros de viaje están hospedados cerca del estadio olímpico. Supongo que se refiere al Estadio Luzhnikí, en otro tiempo –el tiempo de la U.R.S.S.– conocido como Estadio Central Lenin, el sitio al que justa o injustamente no llegaría Daniel Bautista.

Por ANDRÉS TAPIA

Pasa de la medianoche y cedes al impulso de verificar el espacio restante en la memoria de tu computadora: te restan 100.21 gigabytes libres de 249.8 originales. Tu computadora, que hace dos horas frotaste con un paño y un líquido especial para mantenerla limpia, no serviría de gran cosa para albergar los 2.6 terabytes de metadatos que suponen el universo de la filtración, investigación periodística o estratagema política que hoy se conoce como The Panama Papers.

Por ANDRÉS TAPIA

En una vieja canción que habla de una ciudad “invivible pero insustituible”, Joaquín Sabina asegura: “Los pájaros visitan al psiquiatra, las estrellas se olvidan de salir…” En la imaginación (y también en la realidad) del cantautor español, esa ciudad es Madrid, un lugar sorprendentemente (aunque no azarosamente) parecido a la Ciudad de México.

Por ANDRÉS TAPIA

Hasta el año 2006 yo era un semi-analfabeta tecnológico. Tuve mi primer teléfono móvil ese año, un Razr de Motorola, y lo tuve por obligación: en la revista en la que trabajaba entonces me lo asignaron, si bien les plantee una condición: “Yo no quiero tener un teléfono móvil, tú quieres que lo tenga. Luego entonces, tú lo pagas”. Así ocurrió.

Por ANDRÉS TAPIA

Una noche ya perdida, mientras caminaba con un amigo, pasamos por la casa de quien entonces era su novia, más tarde sería su esposa y hoy solamente la madre de su hija. “Mira” –dijo, y extendió su brazo derecho para señalar orgulloso el balcón del piso número tres de un edificio de departamentos–, “ese rehilete yo se lo regalé a Adriana”.