Por ANDRÉS TAPIA

Un hombre llamado Francisco Zea, teléfono móvil en mano, se videograba a sí mismo frente a un espejo. Zea trabaja para una empresa de medios de comunicación llamada Grupo Imagen. Es presentador en un programa de noticias y se dice periodista. Lo suyo es una rutina que realiza todos los días: mientras se prepara para ir al trabajo, graba un video de sí mismo mientras baila y ofrece un resumen con la información más relevante. El día anterior, en un sitio cercano a un pueblo llamado Bavispe perteneciente a un estado del norte de México, tres mujeres y seis niños fueron asesinados e incinerados por miembros de un cártel del narcotráfico que opera en esa zona. Zea no siente pudor alguno: tres mujeres y seis niños asesinados y él baila mientras habla no de una tragedia, sino de un acto brutal que retrata y define al país en el que vive. De fondo se escucha la canción “Sugar” del grupo estadounidense Maroon 5. Zea dice: “Mientras tanto, nosotros seguimos y tenemos que seguir con la actitud para construir un nuevo y mejor México todos los días”.

Por ANDRÉS TAPIA

Su nombre, dos palabras, no arroja nada en el motor de búsqueda de Google. Es necesario agregar dos o tres más para que el algoritmo se repliegue sobre sí mismo y encuentre seis referencias directas y dos indirectas. Y no habrá más. Y no tendría porqué. Ocurrió hace 30 años y fue una suerte de pequeño milagro que sólo unos cuantos pudimos escuchar.

Llegó a mí en forma de una cinta de audio llamada casete, un formato de grabación de sonido creado en la década de 1960 y cuya extinción tuvo lugar en los primeros años del siglo actual. Fue el regalo de un amiga, Rosario Valeriano, quien el año de 1988 trabajaba en el departamento de prensa de la discográfica EMI Capitol México.

Por ANDRÉS TAPIA

En el tercio final de la película The Shawshank Redemption (Frank Darabont, 1994), Andy Dufresne (Tim Robbins) pregunta a su amigo Red (Morgan Freeman) si cree que abandonará alguna vez la prisión de Shawshank en la que ambos están recluidos. Dufresne ha permanecido ahí 19 años por un doble asesinato que no cometió; Red, en cambio, es culpable de homicidio en primer grado y ha cumplido 39 años de una sentencia de cadena perpetua. Red, cuyo nombre completo es Ellis Boyd Redding, le responde que sí: “…un día, cuando tenga una larga barba blanca y dos o tres tornillos sueltos, me dejarán salir”.

Con una mueca que forcejea por convertirse en sonrisa, un visaje que se corresponde tras dos meses de estancia en solitario en “el hoyo”, Dufresne replica: “Te diré a donde iría yo… Zihuatanejo (…) está en México. Un lugar pequeño en el Océano Pacífico. ¿Sabes qué dicen los mexicanos del Pacífico?”.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando los hombres orinamos tenemos una inevitable propensión a mirar la pared, aunque eso sólo ocurre cuando se trata de un baño público. Es así porque los mingitorios están empotrados al muro, y a menos que se quiera mirar otra cosa o cerrar los ojos, no hay manera de evitarlo.

Se diría que poco hay que ver en una pared cuando la naturaleza nos hace un llamado, pero, aunque parezca absurdo, es más que cierto que la imaginación masculina es proclive a quitarse las cadenas en las circunstancias más impensables.

En lo personal, recuerdo con cierta insana fascinación haber descubierto en el mosaico del baño de un periódico en el que trabajé, a un hombre barbado, con un quepí en la cabeza, que miraba con indecible serenidad a las estrellas y que según mis desvaríos “micciosos” poseía la nacionalidad turca.

Por ANDRÉS TAPIA

Recorro la línea de tiempo de mi página de Facebook. Es domingo y pasa del mediodía. Busco reacciones a la escandalosa derrota sufrida por la Selección Mexicana de Fútbol frente a su similar de Chile. Pero no hay mucho, en realidad nada. El acento de ese día está en una celebración que yo he olvidado hace tiempo. Es el tercer domingo de junio y en una gran mayoría de los países del Mundo se celebra el Día del Padre.

El mío se marchó de casa un día de 1981. Volvería a encontrarme con él 14 años más tarde, en la ciudad de Guadalajara, un poco antes de que mis amigos Iván Rivera y Rocío Díaz contrajeran matrimonio; eso ocurrió en el verano de 1995. Transcurrirían siete años más para volver a verlo. Y cuando lo vi estaba muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando mi padre murió empaqué en dos viejas maletas una gran parte de sus pertenencias. No eran muchas, ciertamente, de modo que tuve que hacer una suerte de curaduría para saber qué llevarme conmigo y qué dejar atrás.

No le había visto en muchos años, y lo que vi cuando lo vi fue un cadáver al que había que identificar para sacarlo de la morgue. “¿Es éste tu padre”, preguntó un forense. Dudé sin dudar, miré sin mirar: tenía la boca abierta, los ojos hundidos, los párpados abiertos. Mi imaginación exacerbada, mi inteligencia y los cientos de novelas de detectives que había leído hicieron el resto: el infarto fue instantáneo. Papá cayó de la cama con el corazón perforado. Quiso halar oxígeno, pero ya no lo consiguió. Fue tan brutal y repentino que sus ojos no pudieron cerrarse.

“Sí, es él”, respondí.

Por ANDRÉS TAPIA

Más de una vez, el periodista mexicano Carlos Puig ha asegurado que hay ocasiones en que las columnas se escriben solas.

Es martes, 29 de marzo, y en la Ciudad de México pasan de las 14:00 horas. La temperatura raya en los 27 grados Celsius. No soy feliz, pero hoy me siento feliz, y quizá por ello suelto en silencio una carcajada cuando me entero, a través del periódico Reforma de la Ciudad de México, que un hombre llamado Alexander Caviel –británico, 21 años, de profesión asesor financiero y oriundo de Chelmsford, Essex– se fue de juerga, bebió una docena de shots de un coctel llamado Jagerbombs –más unos cuantos tragos de champagne y Amaretto Disaronno– y terminó su borrachera a 1448 kilómetros de donde la inició: ¡en Barcelona, España, sin haber tenido conciencia de cómo llegó ahí!

Por ANDRÉS TAPIA

Dio una tacada magistral. Su tiradora pegó en la banda larga, golpeó a la roja y repitió dos veces en aquella antes de alcanzar a la blanca que yacía serena en una esquina como la cabeza decapitada de un guerrero japonés. Aplaudí. Detrás su barba albo grisácea desplegó una sonrisa que parecía la única vela de un barco mar adentro.

Bebió un sorbo pequeño de su Corona, impregnó de cosmético azul la punta del taco, describió con la mirada la trayectoria de la siguiente carambola. Tiró. Sus ojos azules, un relámpago lejano, se cerraron. Y se quedó en silencio hasta que escuchó el segundo choque de la tiradora.

Por ANDRÉS TAPIA

Una compañía de viajes (Sky Travel), una agencia de relaciones públicas (Porter Novelli) y un académico inglés caído en desgracia (Cliff Arnall), decidieron en el invierno de 2005 que el día más triste del año tendría que tener lugar en enero y ser lunes.

Por ANDRÉS TAPIA

Junio 5, 2009. En la ciudad mexicana de Hermosillo, Sonora, tiene lugar un incendio en la guardería infantil ABC. Mueren 49 niños y más de 70 resultan heridos. A poco más de cinco años de distancia, alrededor de 25 personas fueron procesadas por su probable responsabilidad, mayormente por omisiones (la estancia infantil no cumplía con los requisitos mínimos de seguridad en caso de un siniestro), pero ninguna fue juzgada ni condenada, todas se encuentran en libertad.

Por ANDRÉS TAPIA

La memoria no sólo es una “facultad psíquica por medio de la cual se recuerda y se retiene el pasado” (RAE dixit), es también el conjunto de archivos, información, imágenes u objetos que los seres humanos suelen guardar para retener al pasado. Es una fotografía, una escultura, una piedra tallada o un pétalo de rosa escondido entre las páginas de un libro. Es todo eso y también un álbum de cromos que alguna vez coleccionó tu padre.

Por ANDRÉS TAPIA

“Cuento las cosas con imágenes, así que tengo que atravesar por fuerza esos corredores llamados subjetividad”.

Federico Fellini

Conocí a Gustavo Moheno en la redacción del periódico El Sol de México el año de 1990. Yo había abandonado la universidad y buscaba trabajo desesperada y afanosamente. Él, por su parte, quería escribir de cine si bien su deseo era más un artilugio para convertirse en director de cine. Yo tenía 22 años; él, 17.

Por ANDRÉS TAPIA

Siendo niño conocí de la existencia de un pueblo mexicano llamado Paracho. Se localiza en el noroeste del estado de Michoacán, muy cerca de todo y de nada al mismo tiempo, pero especialmente de una cadena de colinas conocida como la Sierra de Paracho, a cuyas faldas yace cual si fuese uno de esas idílicas villas suizas que tantas veces hemos visto en postales.

Por ANDRÉS TAPIA

San Cristóbal es un barrio colonial al que recuerdo pintado en blanco y amarillo. Forma parte del municipio de Ecatepec y pertenece al Estado de México, una de las 32 entidades federativas en las que está dividido un país llamado México.