El cementerio virtual de Facebook

Por ANDRÉS TAPIA

El 30 de junio pasado, Facebook hizo pública la última cifra de sus usuarios activos: 1,710 millones. Si se considera que al día de hoy la Tierra tiene alrededor de 7,452 millones de habitantes, la compañía que creó Mark Zuckerberg ha alcanzado a poco más de la cuarta parte de la población mundial.

Facebook, en tanto concepto, surgió primero en la mente de Zuckerberg como un programa que permitiría a sus usuarios elegir las clases que deseaban tomar a partir de las elecciones hechas por otros estudiantes, así como formar grupos de estudio. Esa idea se llamó CourseMatch. Más tarde, llevó la idea un poco más allá y le agregó un elemento lúdico: a partir de los álbumes escolares que incluían las fotos y los nombres de los estudiantes que vivían en la universidad, desarrolló FaceMash, un programa que exhibía las fotos de dos personas y los usuarios debían elegir a la mejor parecida con tal de crear un ranking.

Zuckerberg puso en funcionamiento el programa durante un fin de semana. Al siguiente lunes los visitantes ya habían hecho colapsar uno de los servidores de Harvard. La universidad ordenó bajar el sitio, y algunos estudiantes se quejaron de que sus fotografías hubiesen sido usadas sin su consentimiento. Zuckerberg, sabemos, se disculpó por el desaguisado, pero en la película The Social Network, vimos a su personaje riendo sardónicamente.

Si con eso bastó para que el concepto de Facebook germinara en el cerebro de Zuckerberg, o si como alegan Divya Narendra y los hermanos Cameron y Tyler Winklevoss la idea provino de ellos quienes buscaron a Zuckerberg para que desarrollase un programa y él literalmente se las robó, es un asunto que ya fue dirimido mediante el pago de 1.2 millones de acciones, que en el momento en que Facebook lanzó su IPO valían 300,000 dólares.

En cualquier caso, a la idea original de crear una red social que pudiese conectar a los estudiantes de Harvard, Zuckerberg la volvió más ambiciosa: ¿Y por qué no a otras universidades? ¿Y por qué no a todo el país? ¿Y por qué no al mundo entero?

El 4 de febrero de 2004, Mark Zuckerberg, desde su dormitorio en la universidad, subió a la red thefacebook.com. Lo que vino a continuación lo sabe muy bien todo el mundo.

En rigor estricto Facebook no es la primera red social, pero paulatinamente se convertiría en la red social. Una red que en sus comienzos servía para compartir aficiones, instantes, emociones, sentimientos, fotografías, videos… y en los últimos tiempos noticias, productos, burlas gráficas, opiniones fundamentadas o viscerales, efemérides, campañas sociales, personales, políticas… Y también la muerte.

A 12 años de haber sido creada, Facebook detenta 45 millones de perfiles de personas que han muerto. Hombres y mujeres que un día cedieron a la tentación de crear una suerte de carnet de identidad y decidieron hacerlo público. Un carnet que podía o no, por decisión de su creador, convertirse en una suerte de diario o autobiografía, en un currículum vitae, en un álbum de fotos repleto mayormente de momentos felices. Y un día, también, en una suerte de obituario, en la lápida de un cementerio virtual, en el sitio impensado en el que un amigo, familiar o visitante podría, llegado el caso, dejar una “rosa” en el entendimiento de que supiese que esa persona ha muerto, o un simple, lacónico y macabro “¡Feliz cumpleaños!”, si es que lo ignora.

Tengo conocimiento de que al menos dos personas de mi lista de contactos están muertas. Sus perfiles permanecen activos y en consecuencia es posible escribir algo en sus muros. Nunca lo he hecho, y creo que jamás lo haré. Sin embargo, en los últimos tiempos la práctica de escribir un mensaje en el muro de un muerto ha empezado a volverse tan común como lo fue en otro tiempo visitar un cementerio con un ramo de flores.

En el año 2012, Facebook superó la cifra de 1,000 millones de usuarios activos. Fue más o menos en ese tiempo cuando descubrieron, o al menos prestaron atención, que 30 millones de personas estaban muertas. Y decidieron actuar al respecto.

Una cuenta de Facebook de una persona muerta sólo puede ser desactivada por un familiar. Y para que eso ocurra debe exhibir evidencia contundente de que lo es. Sin embargo, Facebook ofrece un servicio de “memorialización”, el cual hace público en el perfil del usuario que ha fallecido y permite a sus contactos seguir escribiendo en su muro y marcarlo en fotografías. Una cuenta que se “memorializa”, empero, no puede volver a ser una cuenta común.

La costumbre de hablar con los muertos, es una idea que permea prácticamente a todas las culturas y sociedades del mundo. Y dicha práctica solía ocurrir mayormente en los cementerios, espacios creados para la memoria.

La revolución tecnológica de la era de Internet nos ha hecho cambiar de hábitos, de costumbres, de ideas. Portamos un smartphone en el bolsillo que contiene una buena parte de nuestra vida, pero a menudo hemos olvidado cómo vivirla. Perdemos el uso de nuestra memoria en tanto le cedemos ese poder a la memoria RAM de un dispositivo portátil. Perdemos nuestra capacidad de escribir a mano sujetando un bolígrafo con los dedos pulgar, índice y medio, pero sorprendentemente nuestros pulgares, los dedos que nos separan de los homínidos, adquieren una nueva capacidad. Nuestros ojos también se atrofian: hemos dejado de mirar únicamente con las pupilas en tanto les hemos agregado un filtro de una capacidad asombrosa que, sin embargo, nos constriñe la realidad a una pantalla de 4.7 pulgadas.

Pero no hay nada qué hacer. El mundo es ahora así y debemos aceptarlo. Aunque no del todo. Yo, por lo menos, me niego a aceptarlo del todo.

Es por ello que aún memorizo números telefónicos, escribo a mano en cuadernos de notas y de cuando en cuando dejo de tomar fotografías de un atardecer inolvidable para que sea mi memoria, y no la del teléfono, la que recuerde y registre para siempre el evento.

Mark Zuckerberg desarrolló una idea para unir y conectar a las personas, pero nunca imaginó que dicho concepto trascendería al grado de unir a vivos y muertos. De continuar con su actual tendencia de crecimiento, hacia el año 2130 los perfiles de personas muertas en Facebook superarán al de las vivas; por el contrario, de no hacerlo, el año en que los muertos superarán a los vivos será 2065. En cualquier caso, la nube será un cementerio virtual repleto de metadatos y almas en pena.

Si lo pienso, Facebook ofrece la infinita eternidad del ciberespacio. Y no es una mala idea.

Pero prefiero una tumba en la Tierra.

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