Cuando los helicópteros aterrizan sobre tu cabeza

Un extra realiza acrobacias en un helicóptero sobre el Zócalo de la Ciudad de México durante la filmación de "Spectre" la más reciente película de James Bond en México, el lunes 30 de marzo de 2015. El gobierno de la Ciudad de México aseguró el jueves 2 de abril que la filmación de "Spectre", en el corazón de su centro histórico fue benéfica para la actividad económica local. (Foto AP/Sandra Stargardter)

Por ANDRÉS TAPIA

Llueve afuera. Es 28 de septiembre y pasan de las 15:00 horas, la hora tardía y acostumbrada del almuerzo en la Ciudad de México. La mesa contigua a la que yo me encuentro es un escenario inusual y feliz. Un hombre de entre 30 y 40 años, que porta un traje gris y una corbata roja de buena calidad, come con sus cuatro hijos: dos hembras y dos varones. Todos los chicos son rubios.

El más pequeño de ellos no debe de tener más de tres años. Su padre está a la izquierda y enfría a soplidos la sopa que, cucharada a cucharada, deposita en la boca del niño. Bajo la mesa hay tres mochilas infantiles, coloridas, y cada una de ellas porta el nombre de su propietario. Los chicos mayores, el varón y las dos hembras, no hacen aspavientos mientras una camarera deposita delante suyo tres cajas de cartón con la silueta de los ojos de un búho impresa en sus costados y un menú infantil compuesto de hamburguesas y papas fritas. Delante del hombre, un plato de paella se enfría.

No sé, soy el mayor de una familia de cuatro hermanos, dos varones y dos hembras. Acaso veo esa escena y recuerdo a mi familia. Diría que en este cuadro hace falta la madre, una mujer rusa. Sé que es rusa porque leo la tarjeta de identificación del que supongo es el hijo mayor, y su apellido materno es Volosnikov.

Del otro lado de la calle, frente al restaurante en el que me encuentro, se localiza la embajada rusa en México. La madre ausente, me digo, debe trabajar ahí y justo este día, por alguna razón, tuvo tanto trabajo que le fue imposible reunirse con su esposo y sus hijos. Haya sido así, o de otra manera, el hombre es responsable de cuatro niños a los que acaba de recoger en el colegio. Cuatro niños que, excepto por su silencio, orden y educación, no se hacen notar.

El padre presente y la madre ausente deben tener buenos empleos. Debe ser así para criar a cuatro hijos, para enviarlos a un colegio privado, para pagar la cuenta de un restaurante de clase media que no será menor a 1,200 pesos (60 dólares), para comprarles esas mochilas coloridas tan fancy, tan fashion. Para inculcar en sus hijos una cultura del silencio, el orden y la educación en el seno de una sociedad caótica, escandalosa, corrupta, desordenada, criminal e impune.

Tres horas antes, en ese mismo sitio, en el cruce de las avenidas Revolución y Benjamín Franklin, un helicóptero de la policía volaba en círculos a muy baja altura. Algo inusual. Como también inusual fue que, en medio de tal coreografía, otro helicóptero despegase minutos después del mismo lugar.

Algo anda mal –me dije.

El helicóptero despega, se va, y tres minutos después el tránsito vehicular se restablece. Una ambulancia enciende su sirena y sus bocinas. Y acelera. Al pasar por el sitio donde un helipuerto fue improvisado, advierto que, excepto el caos incierto, inexplicable y sempiterno de la Ciudad de México, nada parece haber pasado.

Pero algo está mal.

Cuando llego a mi oficina descubro qué es.

El pasado jueves 22 de septiembre, la hija de una amiga desapareció en el municipio de Naucalpan, en el Estado de México, la entidad que hace unos años gobernó el actual presidente del país, Enrique Peña Nieto. Dos, tres, cuatro días más tarde, la chica fue hallada muerta –su cuerpo contenido en una maleta– no muy lejos del sitio donde se la vio la última vez.

Karen Rebeca era su nombre. Tenía 19 años y era alumna de la Universidad Tecnológica de México (Unitec) campus Estado de México.

Era hija de Becky, la promotora, la label manager, la mujer entusiasta cuyos poros exudaban rock & roll al ritmo siempre melódico, rebelde y contestatario de su corazón.

Una chica, una mujer más, otra víctima con la que engrosar la cifra de mujeres asesinadas en el Estado de México, en México, en ese, en este país difuso y de mierda que gobierna un tal Enrique Peña Nieto. El mismo individuo que gobernó esa cloaca nauseabunda llamada Estado de México.

Karen Rebeca, otra víctima, pero no más, ni menos, que Bárbara Reyes Muñiz, una chica que no alcanzó a vivir más allá de 17 años y que fue secuestrada el 8 de agosto del año 2011 en el barrio de Cuautitlán Izcalli, en el Estado de México.

Karen Rebeca, otra mujer joven y hermosa asesinada, pero no más, ni menos, que Diana Castañeda Fuentes, una chica de 14 años que desapareció el 7 de septiembre del año 2013, en el municipio de Ecatepec, en el Estado de México.

Karen Rebeca, la hija de Becky, mi amiga, pero no por ello más ni menos que las miles de mujeres que en el Estado de México, en Chihuahua, en Veracruz, en Jalisco, en todo el país, han sido víctimas de hombres terribles y malvados, cercanos o no a ellas, por razones que los psicólogos, las feministas, los antropólogos, los sociólogos, los adventistas, los absurdos, los ignorantes y los periodistas no han podido explicar del todo.

No tengo hijos, pero siempre he querido tener una hija.

Estos días, la hija de dos de mis mejores amigos me ha citado en un café porque quiere hablarme de algún problema que no puede o no quiere hablar con sus padres. Pienso en ella. También pienso en mis sobrinas, las hijas de mis hermanas: Sofía, Marian y Melissa. Y en la hija de otro amigo, Jimena, y en las hijas de mi amiga Mary: Marisol y Laura. También en las hijas de Mónica: Joanna, Pamela y Mónica. Y en las hijas –y en los hijos– de cada padre y madre que cada mañana, en punto de las 5:00 horas, despiertan malhumorados e inciertos para tostar pan, calentar leche, preparar sándwiches y llevar a sus chicos al colegio.

El padre que recién recogió a sus cuatro hijos de la escuela le pega un bocado a su paella que después de diez minutos debe suponer un témpano o algo similar al engrudo. Los chicos mayores hablan entre sí mientras el más pequeño se halla hipnotizado mirando quién-sabe-qué-cosa en el iPhone de papá. Hace mucho tiempo no miraba una imagen tan feliz… y tan frágil.

En la pantalla de mi teléfono miro la fotografía de Becky y su hija, Karen Rebeca, y en mi cabeza suena “Sweet Child of Mine”, de Guns & Roses. Es una imagen feliz…

En otros tiempos, cuando un cuervo, un ruiseñor, una hada se postraban sobre tu ventana, sabías que los malos tiempos habían llegado.

Hoy las cosas son distintas y no son aves sino helicópteros los que aterrizan sobre tu cabeza.

Y tristemente anuncian la muerte. Pero también la revolución.

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