La niña que no existió jamás…

Por ANDRÉS TAPIA

Habían pasado todos los trenes de la historia y en el futuro pasarían muchos más, pero el tren que se detuvo el 28 de diciembre de 2016 en Palermo, no era sólo un tren más prefijado en el pasado ni tampoco sería uno al que olvidaría el futuro.

Provenía de otro siglo: locomotora de vapor, carbón como combustible. Quien conoce de trenes y nostalgias imaginará el ruido atronador y mítico de sus bielas, ruedas y engranes, sin dejar de lado la estela de humo negro que se esparció por toda la estación y provocó que el hombre que aguardaba en una banca situada justo a la mitad del andén, y la niña que descendió de la tercera puerta del quinto vagón del tren, tosieran a un mismo tiempo y casi imperceptiblemente.

Ella se alisó el vestido con el dorso de la mano, cual si estuviera acicalándose para una cita. Él encendió un cigarrillo con ritualidad y tristeza, como si hubiese caído en la cuenta que ese tren del pasado era cualquier otro tren del pasado y que al avanzar al futuro simplemente se desvanecería como el humo que despedía su chimenea.

–¿Puedo sentarme aquí? –preguntó la niña. El hombre apenas la miró y asintió con la cabeza.

El sol descendía con modorra, los viajantes se marchaban, un operario del tren se secaba el sudor con el dorso del brazo.

–No tardaré mucho, mis padres vienen por mí.

El hombre fijó la mirada en el suelo, en la punta de sus zapatos negros, en la ceniza de su cigarrillo que pareció demorar tres siglos antes de tocar el suelo.

–Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Y puedes irte cuando quieras.

–Será pronto…

–Cuando quieras.

Se dejó caer sobre la banca al tiempo que depositó una maleta gris en el suelo. Alisó de nuevo su vestido –un vestido azul con lunares blancos, tan simple y ordinario que enfatizaba su belleza–, se recolocó dos peinetas en el cabello, se miró las manos, se ajustó las correas de las zapatillas.

–¿Le parece que luzco bonita?

–¿Bonita? ¡Yo qué sé! Para tus padres siempre serás bonita, aunque no lo seas.

–Es que no los conozco, nunca los he visto, por eso le pregunto.

Se hizo un silencio extraño, demencial. De esa clase de silencios que ocurren cuando una muchedumbre inunda con su ruido todo el ambiente y, repentinamente, se percibe un zumbido, un silbido, un timbre agudo que como un huracán se lleva todo consigo.

–No soy bueno para hablar, niña, y me parece que me estás tomando el pelo…

–No es así, señor, no los conozco. Vine a Palermo a conocerlos. Hace tiempo me enviaron una carta y me pidieron esperarlos en este sitio. Mire, aquí la tengo…

De un bolso de mano pequeño cuya correa le cruzaba el pecho, extrajo un sobre blanco, derruido el contorno, y se lo extendió. El hombre lo miró como si fuese una afrenta, encendidos sus ojos de una pasión extraña, de una rabia impoluta e intensa. Dejó caer el cigarrillo y lo tomó con el pulgar y el índice. Leyó:

Carolina: si recibís esta carta es que has nacido. Y si naciste entonces nuestra historia no ha sido en vano. Debés tener hoy 12 años: la mirada triste, los pómulos erguidos y la inocencia completa. Inocencia que hoy perderás aunque te empeñés en resguardarla. Mi nombre es Gracia y soy tu madre, y debo decirte que escribir esto hoy no es fácil. Te perdí –y no quería perderte– en los recovecos de mi juventud, en la bendita y maldita inconsciencia de ser incapaz de imaginar el futuro, en el concepto sistemático de anclarse al presente porque el presente es lo único real y en apariencia lo único cierto. No es así. El futuro no es una ensoñación ni algo impredecible, es un acto deliberado: se planea, se bromea, se ignora. En uno u otro caso las consecuencias tienen lugar. Vos fuiste una de ellas. Y exististe, por un momento… Y luego al otro ya no. Y en realidad no existís, pero de algún modo debés y vas a existir. Hoy es 28 de diciembre. Cogé un tren por la mañana y vete para Palermo, llegarás a Buenos Aires entrada la tarde, a la mitad del andén hallarás una banca y en ella un flaco, un hombre viejo, no te querrá mirar para nada, pero él es tu padre. Esperáme ahí con él, todo el tiempo que haga falta. Yo llegaré y ambos te abrazaremos… aunque no existas.

Encendió otro cigarrillo. Una lágrima solitaria lo apagó. Entendía y no entendía nada. Y sabía que sabía. Y sabía que no. Dobló con tiento aquella carta mientras esa niña lo miraba y se alisaba el vestido, se recolocaba las peinetas, miraba a un extremo, y otro, del andén. Y esperaba.

–¿Vendrá mamá, papá? –le escuchó decir.

Alberto Cantini se puso en pie. Sus ojos se habían convertido en dos ríos.

Habían pasado todos los trenes de la historia y en el futuro pasarían muchos más. Pero de ninguno de aquellos y los otros había descendido Gracia Baricco.

Un fantasma azul, en cambio, una niña enfundada en un vestido azul con lunares blancos –el vestido más insípido y egregio de la historia– lo había devuelto a la verdad, a la estación de Palermo, al Buenos Aires eterno, a una banca situada en la Plaza de la República, a un adiós no dicho frente a la bandera albiceleste de la Argentina.

–Señor… ¿por qué llora?

–Porque ahí vienen tus padres, y me quedaré solo otra vez…

Habían pasado todos los trenes de la historia y en el futuro pasarían muchos más, pero el tren que se detuvo el 28 de diciembre de 2016 en Palermo, no era sólo un tren más prefijado en el pasado ni tampoco sería uno al que olvidaría el futuro.

Gracia Baricco aún vive en el barrio de Palermo, en Buenos Aires.

Alberto Cantini aún espera un tren en la estación de Palermo.

Carolina Cantini Baricco no existió jamás.

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